/ viernes 19 de abril de 2019

Muerte o vida, esa es la cuestión

A propósito de la conmemoración de la muerte de Jesús, quien por nuestra salvación perdonó los pecados del mundo, hace un año escribí el siguiente artículo y creo que vale la pena recordarlo:

El odio, sentimiento contrario al amor, es el cáncer del alma, es enfermedad que corroe al hombre por dentro sin lesionarle ningún órgano vital, es furor del espíritu que termina por hacerle daño al que lo siente y que, como cruel paradoja, en nada afecta a quien va dirigido.

Es quizá el odio la forma más pronta para acelerar la inestabilidad de quien lo aplica, porque es éste como un volcán en plena erupción y cuya lava corre por todas las venas del que odia, llevándolo irremisiblemente a las peores crisis de ira y de coraje que pueden arrastrarlo hasta la muerte.

Quien odia no es feliz, pero además, no se da cuenta de que entre más fuerte es su insidia, más cae en el rechazo de la gente, porque nadie desea estar cerca de aquello que le puede contagiar y el odio es altamente contaminante.

Las causantes del odio pudieran ser razones válidas para quien lo proyecta, pero éste no se da cuenta de que es tan dañino para sí mismo, que en lugar de victimario, se convierte en víctima, pues le daña más a él, que a la persona que va dirigido.

Existe un antídoto eficaz para acabar con el odio, claro, pero para muchos es como tomar una medicina amarga, difícil de tragar y de asimilar: Ese remedio se llama “el perdón”.

Y si el odio es lo contrario al amor, el perdón es precisamente la expresión más pura de éste, es la antítesis de la aversión y la repulsa, es el camino más expedito para allanar los desencuentros que conducen a la desintegración social o familiar.

El sentimiento de un alma buena nos acerca más al perdón que al odio, alguien que está en paz consigo mismo, seguro que estará en paz con los demás y de una manera natural se inclinará más a la conciliación que hacia la enemistad.

Cuando alguien recibe un daño, tiene por lo tanto dos caminos: el odio que es perversidad, o el perdón que es amor.

Cierto, no es fácil perdonar, pero el perdón conlleva al encuentro con Dios, nos acerca a los dinteles del reino prometido y nos aligera la carga que de otra manera podría estar muy pesada.

En todo caso, la ausencia del odio en nuestras almas, mantiene la asepsia espiritual necesaria para presentarse al juicio final, sin el temor de ser rechazado por el juez de nuestra propia existencia.

Odio o perdón, angustia o paz interior, condena o salvación, muerte o vida, esa es la cuestión.

armando_juarezbecerra@hotmail.com

P.D.- Y como estamos en plena campaña electoral, comentaré que Azael Portillo Alejo va con todo por el PT en busca de la diputación por el Distrito 20 y ya en plena labor proselitista visitó la Colonia Lucio Blanco, sector Benito Juárez, donde dialogó frente a frente con los habitantes de ese populoso barrio maderense. Azael Portillo goza de gran popularidad política en Ciudad Madero, factor que lo coloca en el dintel del triunfo el próximo 2 de Junio.

A propósito de la conmemoración de la muerte de Jesús, quien por nuestra salvación perdonó los pecados del mundo, hace un año escribí el siguiente artículo y creo que vale la pena recordarlo:

El odio, sentimiento contrario al amor, es el cáncer del alma, es enfermedad que corroe al hombre por dentro sin lesionarle ningún órgano vital, es furor del espíritu que termina por hacerle daño al que lo siente y que, como cruel paradoja, en nada afecta a quien va dirigido.

Es quizá el odio la forma más pronta para acelerar la inestabilidad de quien lo aplica, porque es éste como un volcán en plena erupción y cuya lava corre por todas las venas del que odia, llevándolo irremisiblemente a las peores crisis de ira y de coraje que pueden arrastrarlo hasta la muerte.

Quien odia no es feliz, pero además, no se da cuenta de que entre más fuerte es su insidia, más cae en el rechazo de la gente, porque nadie desea estar cerca de aquello que le puede contagiar y el odio es altamente contaminante.

Las causantes del odio pudieran ser razones válidas para quien lo proyecta, pero éste no se da cuenta de que es tan dañino para sí mismo, que en lugar de victimario, se convierte en víctima, pues le daña más a él, que a la persona que va dirigido.

Existe un antídoto eficaz para acabar con el odio, claro, pero para muchos es como tomar una medicina amarga, difícil de tragar y de asimilar: Ese remedio se llama “el perdón”.

Y si el odio es lo contrario al amor, el perdón es precisamente la expresión más pura de éste, es la antítesis de la aversión y la repulsa, es el camino más expedito para allanar los desencuentros que conducen a la desintegración social o familiar.

El sentimiento de un alma buena nos acerca más al perdón que al odio, alguien que está en paz consigo mismo, seguro que estará en paz con los demás y de una manera natural se inclinará más a la conciliación que hacia la enemistad.

Cuando alguien recibe un daño, tiene por lo tanto dos caminos: el odio que es perversidad, o el perdón que es amor.

Cierto, no es fácil perdonar, pero el perdón conlleva al encuentro con Dios, nos acerca a los dinteles del reino prometido y nos aligera la carga que de otra manera podría estar muy pesada.

En todo caso, la ausencia del odio en nuestras almas, mantiene la asepsia espiritual necesaria para presentarse al juicio final, sin el temor de ser rechazado por el juez de nuestra propia existencia.

Odio o perdón, angustia o paz interior, condena o salvación, muerte o vida, esa es la cuestión.

armando_juarezbecerra@hotmail.com

P.D.- Y como estamos en plena campaña electoral, comentaré que Azael Portillo Alejo va con todo por el PT en busca de la diputación por el Distrito 20 y ya en plena labor proselitista visitó la Colonia Lucio Blanco, sector Benito Juárez, donde dialogó frente a frente con los habitantes de ese populoso barrio maderense. Azael Portillo goza de gran popularidad política en Ciudad Madero, factor que lo coloca en el dintel del triunfo el próximo 2 de Junio.

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