/ domingo 12 de mayo de 2019

Mujer fuerte


En el Libro de los Proverbios, se hace un encendido elogio de la “mujer fuerte”: “Vale más que el oro y las perlas”, dice el Libro Santo.

Por las bellas descripciones que ahí se hacen sobre tal mujer, podríamos sin duda relacionar ese texto con la figura de una madre. “Nadie en su casa tiene frío, pues a todos ha hecho vestidos dobles”…”vigila la marcha de su casa…y sus hijos la llaman bienaventurada…”

Cuando Dios, con su insondable sabiduría, grabó en el corazón de la mujer la ley del amor y quiso hacerla partícipe en el maravilloso don de la transmisión de la vida, puso al mismo tiempo sobre sus hombros la fortaleza suficiente para que enfrentara con valentía sus afanes y los hiciera gratificantes. El valor de una madre está en la naturaleza esencial de su maternidad, por la cual la vida se le multiplica de repente. Por eso, cuando una mujer nace, la promesa de la vida se repite. En sus frágiles entrañas empieza a latir ya la intuición de que, por ese hecho, ella se convertirá en un milagro vivo.

Apenas tiene uso de razón, ya abraza esperanzada la muñeca que preludia o lo que dará sentido a su vida futura. En el profundo gozo de su maternidad a distancia, empieza ya a reflejarse el horizonte de su sufrimiento junto con la ale-gría desbordante del que ama sin esperar como recompensa nada que no sea el amor mismo. Y ya para entonces el Buen Señor empieza también a ceñir con vigor sus espaldas y a dar fortaleza a sus brazos para la tarea que más adelante le esperará.

Un día decide abandonar la casa paterna -palabra de Dios- para seguir el sueño y el arcoiris de otro. Abdica de su libertad para conjuntarla con la del hombre que eligió, aun sabiendo que las circunstancias de la vida puedan llegar a hacerla creer que quizás el amor sea sólo una promesa que no puede mantenerse. Pero aun así, lo hace y es como el pájaro de la historia que clava su corazón en la espina, aunque en ello le vaya la vida…. pero a pesar de eso canta tan dulcemente que Dios mismo se asoma a contemplarlo… sólo que ella lo hace conscientemente.

Cuando decide florecer, entregará su voluntad y su cuerpo para que alguien más los fecunde y crezca como lirio temprano en la aurora malva y rosa, aun sabiendo que ese perfume que ahora exhala aromará un día el corazón de otro, porque es cierto lo que dice el poeta: “cuando se abre una flor, al olor de la flor se le olvida la flor”.

Pero afortunadamente su fortaleza se acrecentará el día que nacerá su hijo y el dolor y la alegría se harán presente al mismo tiempo, cuando se haga patente ante ella el maravilloso don del cual ha sido hecha partícipe. Deberá ser fuerte cuando ese pedazo de su corazón vaya primera vez a la escuela para aprender a compartir con los demás; deberá ser fuerte cuando el hijo enferme; fuerte cuando la adolescencia su corazón se angustie ante la soledad que su hijo le construirá el día en que decida ir en busca de su propio horizonte. Y se hará más fuerte aún cuando se enfrente también a la necesidad de vigilar la marcha de su casa, ante el trabajo que parece jamás terminar, la noche que parece no llegar nunca y el amanecer que siempre llega demasiado pronto.

Deberá seguir siendo fuerte cuando las inevitables vicisitudes de la vida le acechen a veces inesperadamente; cuando con valentía y fortaleza deba superar el infortunio que cruel se ponga en sus espaldas y cuando, como nave bien construida resista los embates de las olas del mar embravecido ante la ausencia del esposo por su a veces asfixiante trabajo y el paso inexorable de los años empiece a marchitar su cuerpo, antes esbelto y florecido. Y será fuerte cuando dé gracias al Señor por todo ello, porque le ayudó a crecer como persona y como madre. Y al cabo de todo eso aún se dé tiempo para agradecer a Dios por un día más en que pudo servir y amar.

En el Libro Santo también se lee, que “engañosa es gracia y vana la hermosura; la mujer fuerte es la que merece ser alabada”. Y la mujer fuerte por antonomasia es ella, la madre que a menudo da más de lo que recibe; la que abre su boca con sabiduría para corregir la marcha de su hogar; la que inscribe la ley de la bondad en su corazón. La que oye antes de hablar, es lenta a la ira; la que experimenta el dulce sentimiento de la auténtica ganancia; y además se da tiempo para tender su mano al desvalido y al menesteroso. Y la que ante el dolor que le representa ver que un día su hijo decide perseguir los sueños irisados de su propio destino, se reviste de fortaleza y ve sin recelo cómo esa vida, dolorosa pero dulcemente se desprende de la suya para iniciar su propio vueio.

“Algo debe haber en el hecho de ser madre, que hasta Dios quiso tener una”, dijo el poeta. Tal vez por eso, en esta fecha en que las festejamos, nos inclinamos reverentes ante la excelsitud que sólo a ellas se proporcionó, mientras decimos: “Sean todas ellas benditas en todas las lenguas, de todos los hombres, de toda la Tierra”.

Brandon Lee

Para María y Lydia Arminda

Madre es el nombre con el que los corazones y los labios de los niños llaman a Dios…”


En el Libro de los Proverbios, se hace un encendido elogio de la “mujer fuerte”: “Vale más que el oro y las perlas”, dice el Libro Santo.

Por las bellas descripciones que ahí se hacen sobre tal mujer, podríamos sin duda relacionar ese texto con la figura de una madre. “Nadie en su casa tiene frío, pues a todos ha hecho vestidos dobles”…”vigila la marcha de su casa…y sus hijos la llaman bienaventurada…”

Cuando Dios, con su insondable sabiduría, grabó en el corazón de la mujer la ley del amor y quiso hacerla partícipe en el maravilloso don de la transmisión de la vida, puso al mismo tiempo sobre sus hombros la fortaleza suficiente para que enfrentara con valentía sus afanes y los hiciera gratificantes. El valor de una madre está en la naturaleza esencial de su maternidad, por la cual la vida se le multiplica de repente. Por eso, cuando una mujer nace, la promesa de la vida se repite. En sus frágiles entrañas empieza a latir ya la intuición de que, por ese hecho, ella se convertirá en un milagro vivo.

Apenas tiene uso de razón, ya abraza esperanzada la muñeca que preludia o lo que dará sentido a su vida futura. En el profundo gozo de su maternidad a distancia, empieza ya a reflejarse el horizonte de su sufrimiento junto con la ale-gría desbordante del que ama sin esperar como recompensa nada que no sea el amor mismo. Y ya para entonces el Buen Señor empieza también a ceñir con vigor sus espaldas y a dar fortaleza a sus brazos para la tarea que más adelante le esperará.

Un día decide abandonar la casa paterna -palabra de Dios- para seguir el sueño y el arcoiris de otro. Abdica de su libertad para conjuntarla con la del hombre que eligió, aun sabiendo que las circunstancias de la vida puedan llegar a hacerla creer que quizás el amor sea sólo una promesa que no puede mantenerse. Pero aun así, lo hace y es como el pájaro de la historia que clava su corazón en la espina, aunque en ello le vaya la vida…. pero a pesar de eso canta tan dulcemente que Dios mismo se asoma a contemplarlo… sólo que ella lo hace conscientemente.

Cuando decide florecer, entregará su voluntad y su cuerpo para que alguien más los fecunde y crezca como lirio temprano en la aurora malva y rosa, aun sabiendo que ese perfume que ahora exhala aromará un día el corazón de otro, porque es cierto lo que dice el poeta: “cuando se abre una flor, al olor de la flor se le olvida la flor”.

Pero afortunadamente su fortaleza se acrecentará el día que nacerá su hijo y el dolor y la alegría se harán presente al mismo tiempo, cuando se haga patente ante ella el maravilloso don del cual ha sido hecha partícipe. Deberá ser fuerte cuando ese pedazo de su corazón vaya primera vez a la escuela para aprender a compartir con los demás; deberá ser fuerte cuando el hijo enferme; fuerte cuando la adolescencia su corazón se angustie ante la soledad que su hijo le construirá el día en que decida ir en busca de su propio horizonte. Y se hará más fuerte aún cuando se enfrente también a la necesidad de vigilar la marcha de su casa, ante el trabajo que parece jamás terminar, la noche que parece no llegar nunca y el amanecer que siempre llega demasiado pronto.

Deberá seguir siendo fuerte cuando las inevitables vicisitudes de la vida le acechen a veces inesperadamente; cuando con valentía y fortaleza deba superar el infortunio que cruel se ponga en sus espaldas y cuando, como nave bien construida resista los embates de las olas del mar embravecido ante la ausencia del esposo por su a veces asfixiante trabajo y el paso inexorable de los años empiece a marchitar su cuerpo, antes esbelto y florecido. Y será fuerte cuando dé gracias al Señor por todo ello, porque le ayudó a crecer como persona y como madre. Y al cabo de todo eso aún se dé tiempo para agradecer a Dios por un día más en que pudo servir y amar.

En el Libro Santo también se lee, que “engañosa es gracia y vana la hermosura; la mujer fuerte es la que merece ser alabada”. Y la mujer fuerte por antonomasia es ella, la madre que a menudo da más de lo que recibe; la que abre su boca con sabiduría para corregir la marcha de su hogar; la que inscribe la ley de la bondad en su corazón. La que oye antes de hablar, es lenta a la ira; la que experimenta el dulce sentimiento de la auténtica ganancia; y además se da tiempo para tender su mano al desvalido y al menesteroso. Y la que ante el dolor que le representa ver que un día su hijo decide perseguir los sueños irisados de su propio destino, se reviste de fortaleza y ve sin recelo cómo esa vida, dolorosa pero dulcemente se desprende de la suya para iniciar su propio vueio.

“Algo debe haber en el hecho de ser madre, que hasta Dios quiso tener una”, dijo el poeta. Tal vez por eso, en esta fecha en que las festejamos, nos inclinamos reverentes ante la excelsitud que sólo a ellas se proporcionó, mientras decimos: “Sean todas ellas benditas en todas las lenguas, de todos los hombres, de toda la Tierra”.

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