/ martes 4 de enero de 2022

Ocurrencias del futbol | Futbol a ritmo de samba

Si como en Berlín, se hubiera construido un muro para separar en dos a Río de Janeiro, habría obligatoriamente una puerta que por la mañana permitiera a la gente del oeste ir a la playa y por la tarde serviría a los cariocas del este para trasladarse al Maracaná. Esta reflexión, oída en las calles de Río, muestra perfectamente dos grandes preocupaciones del brasileño de la costa atlántica: playa y futbol. Sin olvidar la palabra mágica de Brasil, samba, que se encuentra por doquier.

¡¡¡Goooool!!! más de cien millones de brasileños viven perpetuamente pendientes de los rebotes de un balón. En Sao Paulo, como en Río de Janeiro, Bahía o Porto Alegre, el domingo 21 de junio de 1970 las calles estaban desiertas. Hecho excepcional en Brasail. La gente se había congregado alrededor del televisor, en su casa o en los cafés. Se hizo un silencio total durante noventa minutos. En el minauto noventa y uno una interminable serie de explosiones sacudió los barrios de todas las ciudades del país. Los brasileños con petardos en las manos bajaban por las calles para participar en el más fantástico de los carnavales. El domingo 21 de junio de 1970, en México, Brasil acababa de ganar su tercera Copa del Mundo de futbol.

El brasileño se parece al gato en que le encanta jugar con una pelota. Siempre se identifica con el nombre de su club de futbol o su escuela de samba. Yo soy Flamengo y Mangueira, dirán las más encantadoras de Río, lo que se debe entender como apoyo al equipo de futbol Flamengo y bailo con la escuela de samba Mangueira. El domingo se encuentran en el estadio vestidas con un fino pullover con el color de su equipo preferido, negro y blanco para el Botafogo, rojo y negro para el Flamengo, rojo, blanco y verde para el Fluminense. Alrededor de los cabellos no faltará seguramente una cinta que les dará un aire hippie con los colores del club y en la mano tendrán una bandera que agitarán durante todo el partido.

En el instante del gol se produce la explosión. Estallan los petardos, parten cohetes hacia el terreno de juego, se desencadenan los redobles de los tambores, los hinchas agitan las banderas. El autor del gol se precipita hacia su torcida, se arrodilla en el cesped y llevanta los brazos al cielo. ¡Cómo encontrar una definición a la palabra alegría que es lo que ocurre cuando un jugador brasileño marca un gol! Por quinta vez una veintena de reporteros gritan gooool a sus micrófonos, con el riesgo de quedarse sin voz para comentar el resto del partido. Tanto si a uno le gusta el futbol como si no, un encuentro en Brasil es un espectáculo que no debe perderse.

Este fervor colectivo es tanto más intenso cuanto que una buena parte de los espectadores ha jugado a la lotería deportiva, un concurso de pronósticos sobre el futbol. A la pasión sentimental se agrega la angustia del apostante. Cada semana, millones y millones de cruceiros se vuelcan en las taquillas de las Loterías.

En estas condiciones el futbol es un deporte, pero también una esperanza económica. Así es más fácil comprender que los clubes más ricos de Río y Sao Paulo se disputen a los divos del estadio a golpes de cientos de millones. Los artistas en cuestión (Rivelino, Jairzinho, Paulo César, por ejemplo) tenían en sus años de auge una retribución equivalente a cientos de miles de pesos mensuales, sin contar las primas por partido ganado. Rivelino, en aquel tiempo número uno en el hit parade, era propietario de una finca a la orilla del mar y a los 28 años ya tenía resuelto el futuro de sus dos hijos.

En Brasil, las estrellas del balón no están encerradas en estadios de marfil. Son accesibles al pueblo que les ha dado, Jairzinho y Paulo César, ídolos de Río, juegan al futbol en la playa con muchachos de catorce años varias veces por semana. Los mejores jugadores del mundo se convierten en profesores. Es una imagen típicamente brasileña. En Europa, una lección de un virtuoso del futbol, el tenis o el basquetbol es algo que se paga.

Eu so Pelé. ¡Yo soy Pelé! murmuran millones de pequeños brasileños que golpean con sus pies desnudos la bola de cuero. Algunos años más tarde, once de ellos llevarán una camiseta verde amarilla, despues de haberse fatigado las pantorrillas en los hoyos y ondulaciones de la arena en Copacabana, Ipanema o Leblon, encontrarán sus pies protegidos por cómodos zapatos sobre la hierba del Parque de los Príncipes, de Wembley o Maracaná... Dadas las implicaciones sociales y económicas el futbol se convierte obligatoriamente en un instrumento de la política. Tanto más cuando en Brasil, la mitad de la poblacióna tiene menos de 20 años. Los dirigentes del país piensan en esta juventud que mañana conducirá al país. De ahí que se dé prioridad absoluta al equipo nacional de futbol.

En 1973, la selección volvía de una gira por Europa. El señor Havelange, entonces presidente de la Confederación Brasileña de Deportes y un año más tarde de la FIFA, fue convocado a Brasilia por el presidente de la República. La entrevista que duró una hora y media comenzó con la siguiente pregunta: ¿Quiere explicarme por qué la selección perdió ante Suecia e Italia? el presidente Garrastazu Medici, aunque riograndense, era del Flamengo, y llamaba a los estadios de su país “Las marmitas del diablo”. No ignoraba que el Maracaná es el termómetro de Brasil. Si el jefe de estado entra en la tribuna presidencial bajo los silbidos del público, los problemas son graves.

Hasta pronto amigo.

Si como en Berlín, se hubiera construido un muro para separar en dos a Río de Janeiro, habría obligatoriamente una puerta que por la mañana permitiera a la gente del oeste ir a la playa y por la tarde serviría a los cariocas del este para trasladarse al Maracaná. Esta reflexión, oída en las calles de Río, muestra perfectamente dos grandes preocupaciones del brasileño de la costa atlántica: playa y futbol. Sin olvidar la palabra mágica de Brasil, samba, que se encuentra por doquier.

¡¡¡Goooool!!! más de cien millones de brasileños viven perpetuamente pendientes de los rebotes de un balón. En Sao Paulo, como en Río de Janeiro, Bahía o Porto Alegre, el domingo 21 de junio de 1970 las calles estaban desiertas. Hecho excepcional en Brasail. La gente se había congregado alrededor del televisor, en su casa o en los cafés. Se hizo un silencio total durante noventa minutos. En el minauto noventa y uno una interminable serie de explosiones sacudió los barrios de todas las ciudades del país. Los brasileños con petardos en las manos bajaban por las calles para participar en el más fantástico de los carnavales. El domingo 21 de junio de 1970, en México, Brasil acababa de ganar su tercera Copa del Mundo de futbol.

El brasileño se parece al gato en que le encanta jugar con una pelota. Siempre se identifica con el nombre de su club de futbol o su escuela de samba. Yo soy Flamengo y Mangueira, dirán las más encantadoras de Río, lo que se debe entender como apoyo al equipo de futbol Flamengo y bailo con la escuela de samba Mangueira. El domingo se encuentran en el estadio vestidas con un fino pullover con el color de su equipo preferido, negro y blanco para el Botafogo, rojo y negro para el Flamengo, rojo, blanco y verde para el Fluminense. Alrededor de los cabellos no faltará seguramente una cinta que les dará un aire hippie con los colores del club y en la mano tendrán una bandera que agitarán durante todo el partido.

En el instante del gol se produce la explosión. Estallan los petardos, parten cohetes hacia el terreno de juego, se desencadenan los redobles de los tambores, los hinchas agitan las banderas. El autor del gol se precipita hacia su torcida, se arrodilla en el cesped y llevanta los brazos al cielo. ¡Cómo encontrar una definición a la palabra alegría que es lo que ocurre cuando un jugador brasileño marca un gol! Por quinta vez una veintena de reporteros gritan gooool a sus micrófonos, con el riesgo de quedarse sin voz para comentar el resto del partido. Tanto si a uno le gusta el futbol como si no, un encuentro en Brasil es un espectáculo que no debe perderse.

Este fervor colectivo es tanto más intenso cuanto que una buena parte de los espectadores ha jugado a la lotería deportiva, un concurso de pronósticos sobre el futbol. A la pasión sentimental se agrega la angustia del apostante. Cada semana, millones y millones de cruceiros se vuelcan en las taquillas de las Loterías.

En estas condiciones el futbol es un deporte, pero también una esperanza económica. Así es más fácil comprender que los clubes más ricos de Río y Sao Paulo se disputen a los divos del estadio a golpes de cientos de millones. Los artistas en cuestión (Rivelino, Jairzinho, Paulo César, por ejemplo) tenían en sus años de auge una retribución equivalente a cientos de miles de pesos mensuales, sin contar las primas por partido ganado. Rivelino, en aquel tiempo número uno en el hit parade, era propietario de una finca a la orilla del mar y a los 28 años ya tenía resuelto el futuro de sus dos hijos.

En Brasil, las estrellas del balón no están encerradas en estadios de marfil. Son accesibles al pueblo que les ha dado, Jairzinho y Paulo César, ídolos de Río, juegan al futbol en la playa con muchachos de catorce años varias veces por semana. Los mejores jugadores del mundo se convierten en profesores. Es una imagen típicamente brasileña. En Europa, una lección de un virtuoso del futbol, el tenis o el basquetbol es algo que se paga.

Eu so Pelé. ¡Yo soy Pelé! murmuran millones de pequeños brasileños que golpean con sus pies desnudos la bola de cuero. Algunos años más tarde, once de ellos llevarán una camiseta verde amarilla, despues de haberse fatigado las pantorrillas en los hoyos y ondulaciones de la arena en Copacabana, Ipanema o Leblon, encontrarán sus pies protegidos por cómodos zapatos sobre la hierba del Parque de los Príncipes, de Wembley o Maracaná... Dadas las implicaciones sociales y económicas el futbol se convierte obligatoriamente en un instrumento de la política. Tanto más cuando en Brasil, la mitad de la poblacióna tiene menos de 20 años. Los dirigentes del país piensan en esta juventud que mañana conducirá al país. De ahí que se dé prioridad absoluta al equipo nacional de futbol.

En 1973, la selección volvía de una gira por Europa. El señor Havelange, entonces presidente de la Confederación Brasileña de Deportes y un año más tarde de la FIFA, fue convocado a Brasilia por el presidente de la República. La entrevista que duró una hora y media comenzó con la siguiente pregunta: ¿Quiere explicarme por qué la selección perdió ante Suecia e Italia? el presidente Garrastazu Medici, aunque riograndense, era del Flamengo, y llamaba a los estadios de su país “Las marmitas del diablo”. No ignoraba que el Maracaná es el termómetro de Brasil. Si el jefe de estado entra en la tribuna presidencial bajo los silbidos del público, los problemas son graves.

Hasta pronto amigo.