/ jueves 23 de mayo de 2019

Recordando a Pluto

Existe una formidable película inglesa interpretada por John Malcovich y Andie MacDowell, que trata de la vida de una pareja que vive siempre en primera clase; en los mejores hoteles, excelentes restaurantes, rodeados de antigüedades, vestidos con joyas y relojes de marca, viajando por el mundo donde habitan hoteles de cinco estrellas, como queriendo evadirse de todo aquello que signifique la terrible realidad que representa el mundo de los negocios; son, en una palabra, una pareja de exquisitos y refinados londinenses que se dan una vida de lujo y de gran señor.

Sin embargo, de repente todo cambia, sus empresas entran en franca bancarrota y ya no reciben las cantidades de dinero que les permitía vivir con gran lujo. Es entonces cuando la película empieza a girar en torno de una obra de arte: una escultura de Henry Moore. Que es el objeto preferido de Andie y que naturalmente, usted ya lo adivinó, vale una fortuna.

La polémica entre la pareja se inicia porque ella se resiste a venderla, ese objeto inanimado en el que dejó caer todo su arte Henry Moore, es para ella una pieza inseparable de su vida, la lleva a todas partes, “es como mi amuleto”, le dijo a John, cuando éste la presionó por última vez para convencerla de que era necesario venderla para pagar la cuenta del hotel. Es entonces cuando sucede lo inesperado, la escultura se pierde de la habitación del hotel en que viven, llenando de sospechas el ambiente que antes era de amor y de lujo. Andie cree que John hurtó la obra de arte para hacerle frente a los acreedores, “nunca te lo perdonaré”, le dijo con los ojos llenos de lágrimas a John, “esa escultura me daba vida”.

La investigación del robo la inició la compañía que tenía asegurada la obra de arte, encontrando como responsable del robo de la escultura a una recamarera que se encargaba de arreglar la habitación donde vivía la pareja. Esta recamarera era de clase baja, vivía en los suburbios más pobres de Londres, y era sordomuda. La escultura la tenía debajo de la almohada de su cama, allí la tuvo durante 15 días. Extrañados, los investigadores le preguntaban la causa que la llevó a robar. Ella, después de muchas presiones, pidió una hoja y un lápiz y escribió: “Ella me hablaba, yo la oía”.

Traer a relación ante ustedes esta historia de una sordomuda inculta y pobre que pudo establecer una relación con una pequeña estatua realizada por un gran artista, es con la finalidad de poder explicarles a ustedes la pena que hemos sentido por la muerte de nuestra adorada mascota “Pluto”, quien con nuestro trato se humanizó y nos comprendió.

Pluto era un Cocker Ssaniel de un color negro bello como la vida, que vivió doce años; ofreciéndonos siempre su corazón, su lealtad y su solidaridad. Dios lo puso en nuestro destino, porque él llegó cuando nuestra vida atravesaba por un episodio crítico, y él se fue cuando, gracias a Dios, en nuestra vida hay mucha luz. Nunca la familia podrá pagarle con nada el amor que a todos ilimitadamente nos dio. Imposible olvidarse de cuando uno llegaba a la casa y él se enredaba entre las piernas manifestándonos su ale-gría y felicidad por haber llegado bien al hogar. Lupita, mi sobrina, me dijo: “Tío, no hay problema, Pluto está en el cielo con mi abuelita”, yo le pido a Dios que ojalá y esto sea cierto, porque la que saldría ganando sería mamá y papá que desde hace tiempo partieron al infinito y que con toda seguridad cuando se encuentren con Pluto encontrarán en él la misma compañía y el amor infinito que nos proporcionó mientras vivió con nosotros.

Correo:

notario177@msn.com

Existe una formidable película inglesa interpretada por John Malcovich y Andie MacDowell, que trata de la vida de una pareja que vive siempre en primera clase; en los mejores hoteles, excelentes restaurantes, rodeados de antigüedades, vestidos con joyas y relojes de marca, viajando por el mundo donde habitan hoteles de cinco estrellas, como queriendo evadirse de todo aquello que signifique la terrible realidad que representa el mundo de los negocios; son, en una palabra, una pareja de exquisitos y refinados londinenses que se dan una vida de lujo y de gran señor.

Sin embargo, de repente todo cambia, sus empresas entran en franca bancarrota y ya no reciben las cantidades de dinero que les permitía vivir con gran lujo. Es entonces cuando la película empieza a girar en torno de una obra de arte: una escultura de Henry Moore. Que es el objeto preferido de Andie y que naturalmente, usted ya lo adivinó, vale una fortuna.

La polémica entre la pareja se inicia porque ella se resiste a venderla, ese objeto inanimado en el que dejó caer todo su arte Henry Moore, es para ella una pieza inseparable de su vida, la lleva a todas partes, “es como mi amuleto”, le dijo a John, cuando éste la presionó por última vez para convencerla de que era necesario venderla para pagar la cuenta del hotel. Es entonces cuando sucede lo inesperado, la escultura se pierde de la habitación del hotel en que viven, llenando de sospechas el ambiente que antes era de amor y de lujo. Andie cree que John hurtó la obra de arte para hacerle frente a los acreedores, “nunca te lo perdonaré”, le dijo con los ojos llenos de lágrimas a John, “esa escultura me daba vida”.

La investigación del robo la inició la compañía que tenía asegurada la obra de arte, encontrando como responsable del robo de la escultura a una recamarera que se encargaba de arreglar la habitación donde vivía la pareja. Esta recamarera era de clase baja, vivía en los suburbios más pobres de Londres, y era sordomuda. La escultura la tenía debajo de la almohada de su cama, allí la tuvo durante 15 días. Extrañados, los investigadores le preguntaban la causa que la llevó a robar. Ella, después de muchas presiones, pidió una hoja y un lápiz y escribió: “Ella me hablaba, yo la oía”.

Traer a relación ante ustedes esta historia de una sordomuda inculta y pobre que pudo establecer una relación con una pequeña estatua realizada por un gran artista, es con la finalidad de poder explicarles a ustedes la pena que hemos sentido por la muerte de nuestra adorada mascota “Pluto”, quien con nuestro trato se humanizó y nos comprendió.

Pluto era un Cocker Ssaniel de un color negro bello como la vida, que vivió doce años; ofreciéndonos siempre su corazón, su lealtad y su solidaridad. Dios lo puso en nuestro destino, porque él llegó cuando nuestra vida atravesaba por un episodio crítico, y él se fue cuando, gracias a Dios, en nuestra vida hay mucha luz. Nunca la familia podrá pagarle con nada el amor que a todos ilimitadamente nos dio. Imposible olvidarse de cuando uno llegaba a la casa y él se enredaba entre las piernas manifestándonos su ale-gría y felicidad por haber llegado bien al hogar. Lupita, mi sobrina, me dijo: “Tío, no hay problema, Pluto está en el cielo con mi abuelita”, yo le pido a Dios que ojalá y esto sea cierto, porque la que saldría ganando sería mamá y papá que desde hace tiempo partieron al infinito y que con toda seguridad cuando se encuentren con Pluto encontrarán en él la misma compañía y el amor infinito que nos proporcionó mientras vivió con nosotros.

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notario177@msn.com

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