/ lunes 4 de marzo de 2019

Steven Spielberg Vs. Alfonso Cuarón

La película Roma, del charolastra mayor Alfonso Cuarón, fue un verdadero suceso no sólo cinematográfico

Zarandeó las formas de distribuir cine en el mundo y, especialmente, en Hollywood. Porque de Francia –vía el Festival de Cannes– ni hablar: no hay un ápice de cambio: cine es aquel que se exhibe en las salas de cine no en el streaming.

Durante su segundo Óscar obtenido, al de Mejor Director, Cuarón dio la impresión de entender que no iba a obtener la estatuilla dorada por Mejor Película si atendemos el discurso de resignación que dio en cuanto a alargar agradecimientos por el hecho de haberse fijado en un filme intimista en blanco y negro y hablado en español y mixteco.

Las declaraciones recientes del portavoz de Steven Spelberg donde el llamado Rey Midas de la Meca del cine aduce que retirar a Netflix de las premiaciones futuras fortalecen las especulaciones del por qué Roma no logró el Óscar a Mejor Película.

Spielberg pesa y es peso pesado. Sin embargo, la polémica no es de ahora es desde que el streaming abrió las posibilidades de exhibición de material fílmico no sólo series. Porque más que una historia para la pantalla grande y el streaming, Roma es una bella carta de amor a la nana de Cuarón, Libo, a quien está dedicada la película y que está ficcionada con el nombre de Cleo/ Yalitza Aparicio, y al país que él ha visto transitar hacia una modernidad cuestionada.

Roma es una película entrañable en el sentido que hurga en la memoria que no en el recuerdo. Y es que a la memoria se entra desarmado de exactitud y de aseo, incluso, moral. Recrear significa dejar cosas verdaderas fuera del campo de visualización. Y lo anterior es posible mediante el hálito, el pulso del cine. Es decir, un filme como Roma no era capaz de realizarse a través de la mirada del rectángulo de una tv, asunto por lo que Spielberg pide que los filmes de Netflix se presenten en competencia por el Emmy, galardón máximo a lo mejor de la televisión estadounidense.

Roma es el ajuste de cuentas de Alfonso Cuarón con el cine mexicano y la retahíla íntima de vivencias que lo conformaron desde temprana edad. Roma es un filme, un producto estético antes que nada, y así debe ser abordado. No es una rebeldía de Cuarón contra el sistema, es más bien una búsqueda de nuevas formas de contar y distribuir cine…

La película Roma, del charolastra mayor Alfonso Cuarón, fue un verdadero suceso no sólo cinematográfico

Zarandeó las formas de distribuir cine en el mundo y, especialmente, en Hollywood. Porque de Francia –vía el Festival de Cannes– ni hablar: no hay un ápice de cambio: cine es aquel que se exhibe en las salas de cine no en el streaming.

Durante su segundo Óscar obtenido, al de Mejor Director, Cuarón dio la impresión de entender que no iba a obtener la estatuilla dorada por Mejor Película si atendemos el discurso de resignación que dio en cuanto a alargar agradecimientos por el hecho de haberse fijado en un filme intimista en blanco y negro y hablado en español y mixteco.

Las declaraciones recientes del portavoz de Steven Spelberg donde el llamado Rey Midas de la Meca del cine aduce que retirar a Netflix de las premiaciones futuras fortalecen las especulaciones del por qué Roma no logró el Óscar a Mejor Película.

Spielberg pesa y es peso pesado. Sin embargo, la polémica no es de ahora es desde que el streaming abrió las posibilidades de exhibición de material fílmico no sólo series. Porque más que una historia para la pantalla grande y el streaming, Roma es una bella carta de amor a la nana de Cuarón, Libo, a quien está dedicada la película y que está ficcionada con el nombre de Cleo/ Yalitza Aparicio, y al país que él ha visto transitar hacia una modernidad cuestionada.

Roma es una película entrañable en el sentido que hurga en la memoria que no en el recuerdo. Y es que a la memoria se entra desarmado de exactitud y de aseo, incluso, moral. Recrear significa dejar cosas verdaderas fuera del campo de visualización. Y lo anterior es posible mediante el hálito, el pulso del cine. Es decir, un filme como Roma no era capaz de realizarse a través de la mirada del rectángulo de una tv, asunto por lo que Spielberg pide que los filmes de Netflix se presenten en competencia por el Emmy, galardón máximo a lo mejor de la televisión estadounidense.

Roma es el ajuste de cuentas de Alfonso Cuarón con el cine mexicano y la retahíla íntima de vivencias que lo conformaron desde temprana edad. Roma es un filme, un producto estético antes que nada, y así debe ser abordado. No es una rebeldía de Cuarón contra el sistema, es más bien una búsqueda de nuevas formas de contar y distribuir cine…

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