/ lunes 30 de diciembre de 2019

Texto para terminar el año

Vislumbre de enero, y la neblina es una capa de nostalgias. Tras de ella hay rostros fantasmas, remedos de rutinas con horarios muertos. Caminar en la neblina es cruzar –a cada paso- fronteras que nos ponen frente a la memoria.

La humedad es muda, cual filme de Buster Keaton. No debería haber lágrimas a la hora de recordar.

Aquí es un puerto. Y yo estoy en otra parte, en otra nave hacia nuevos horizontes. Viajar es un acto de renovación. En las estaciones de autobuses se perpetra el crimen más lento y silencioso: el adiós.

Siempre estoy listo para realizar el otro viaje, yo, que escribí en las piedras de alguna montaña, el nombre conspicuo de mi dolor mientras el viento húmedo silbaba un fado remoto.

Aquí ya no habita nadie. La noche enviudó hace siglos y yo, celoso vigía, quedé con las manos llenas de color vacui. Me escondo. No busco. Caigo –desde la colonia Campbell-. Duermo. En lo alto hay abismos de aire. Un día pasa. En mí estalla.

Aquí es Tampico. Camino las mismas calles desde hace mucho tiempo. Nadie me ha dicho que el mundo va en sentido contrario a mis pasos. Alzo la vista y los pájaros siguen su éxodo. Acá, abajo, el tiempo moja mis pies con el agua fría de la edad.

Me reconstruiré, no de barro ni de música arrumbada en casa de locos. Mi constitución será del barrio agrio donde creí y del tufo de los días sin nombre cuando vagaba en busca de la sílaba que me señalara un rumbo. El material que me forme tendrá la espesura de la duda, el color de la esperanza pudriéndose en levante. Y ya formado saldré a las calles a decirle a todos que nada vale la pena, que las sirenas en Miramar están hartas de tantas fábulas, que los abedules de las veredas ya no me reconocen.

No son estos años los que he querido vivir. Me he conformado con ver tormentas que no provoqué. Hasta el suelo que piso no es mío. En las manos se me durmieron los más negros jacintos. Los sueños se petrificaron cuando quise arrancarles un pétalo de cristal. La espada del valiente no fue fabricada para mí. Nunca tendré alma de mirmidón. Quizá me equivoqué de mundo. O de cuerpo o de tiempo.

Si mi rostro es el mismo mi voz canta otra canción, mis pasos acumulan el polvo del desencanto. Diré las mismas palabras porque tendré los mismos recuerdos que me perseguirán hasta los siglos de mi siglo.

Si no hubiese cielo, ni nubes, ni el azul perpetuo de la estratósfera. Si no hubiese mar, ni horizonte, ni historias de marineros y tritones. Si no hubiese lágrimas, ni amores, ni adioses. Y si no hubiese el aroma del día que comienza, entonces no habría poesía…

Vislumbre de enero, y la neblina es una capa de nostalgias. Tras de ella hay rostros fantasmas, remedos de rutinas con horarios muertos. Caminar en la neblina es cruzar –a cada paso- fronteras que nos ponen frente a la memoria.

La humedad es muda, cual filme de Buster Keaton. No debería haber lágrimas a la hora de recordar.

Aquí es un puerto. Y yo estoy en otra parte, en otra nave hacia nuevos horizontes. Viajar es un acto de renovación. En las estaciones de autobuses se perpetra el crimen más lento y silencioso: el adiós.

Siempre estoy listo para realizar el otro viaje, yo, que escribí en las piedras de alguna montaña, el nombre conspicuo de mi dolor mientras el viento húmedo silbaba un fado remoto.

Aquí ya no habita nadie. La noche enviudó hace siglos y yo, celoso vigía, quedé con las manos llenas de color vacui. Me escondo. No busco. Caigo –desde la colonia Campbell-. Duermo. En lo alto hay abismos de aire. Un día pasa. En mí estalla.

Aquí es Tampico. Camino las mismas calles desde hace mucho tiempo. Nadie me ha dicho que el mundo va en sentido contrario a mis pasos. Alzo la vista y los pájaros siguen su éxodo. Acá, abajo, el tiempo moja mis pies con el agua fría de la edad.

Me reconstruiré, no de barro ni de música arrumbada en casa de locos. Mi constitución será del barrio agrio donde creí y del tufo de los días sin nombre cuando vagaba en busca de la sílaba que me señalara un rumbo. El material que me forme tendrá la espesura de la duda, el color de la esperanza pudriéndose en levante. Y ya formado saldré a las calles a decirle a todos que nada vale la pena, que las sirenas en Miramar están hartas de tantas fábulas, que los abedules de las veredas ya no me reconocen.

No son estos años los que he querido vivir. Me he conformado con ver tormentas que no provoqué. Hasta el suelo que piso no es mío. En las manos se me durmieron los más negros jacintos. Los sueños se petrificaron cuando quise arrancarles un pétalo de cristal. La espada del valiente no fue fabricada para mí. Nunca tendré alma de mirmidón. Quizá me equivoqué de mundo. O de cuerpo o de tiempo.

Si mi rostro es el mismo mi voz canta otra canción, mis pasos acumulan el polvo del desencanto. Diré las mismas palabras porque tendré los mismos recuerdos que me perseguirán hasta los siglos de mi siglo.

Si no hubiese cielo, ni nubes, ni el azul perpetuo de la estratósfera. Si no hubiese mar, ni horizonte, ni historias de marineros y tritones. Si no hubiese lágrimas, ni amores, ni adioses. Y si no hubiese el aroma del día que comienza, entonces no habría poesía…