/ sábado 22 de diciembre de 2018

Texto sobre Bolívar

Mi vida ha cambiado desde que Bolívar llegó a la casa, todo es un remolino con él y con su descontrolada hiperactividad que indudablemente padece.

Hace diez años que Napoleón era un cachorrito, recuerdo que los primeros dos meses los pasó en la casa de Marisela, porque el perrito anterior que tenía había muerto de Parvovirus y la recomendación del veterinario fue desinfectar la casa y que el poeta Napoleón entrara en casa cuando ya sus vacunas las había recibido. Con esto les quiero decir que ya no recuerdo si Napoleón era insoportable como a veces me parece que Bolívar lo es.

En ocasiones pienso que a lo mejor ya estoy viejo para educar a un pequeñito que la mera verdad me desquicia por momentos. Primero yo hacía las cosas como creo que se debe educar a los hijos, dándole mucho amor, y creo que el ser humano que recibe la dosis suficiente de amor en su infancia lo transforma en un hombre feliz en un futuro, recuerden: infancia es destino.

Siempre permití que Bolívar me mordiera la mano derecha -me la dejó totalmente marcadano exagero; en una ocasión yo tenía mi mano llena de sangre. Un día entré como siempre a mi recámara muy fatigado, Bolívar brincó para recibirme, y sus filosos dientecitos se encajaron en la yema del dedo pulgar derecho y me lo cercenó prácticamente que tuve que recibir atención médica; en otra ocasión empecé a sentir que la parte baja de una de mis piernas tenía laceraciones que me dolían bastante, yo pensé que era por lo apretado de los calcetines y llegué a creer que ya la diabetes había invadido mi organismo; me preocupé y me hice análisis y todo salió bien, gracias a Dios. Después caí en la cuenta de que era la dentadura de Bolívar que me pegaba a los tobillos cuando yo caminaba por la casa, y yo no le daba importancia, aunque a veces lo apartaba por lo doloroso de sus mordidas en mis tobillos.

Muñeca está a punto de la histeria. Bolívar ya no la soporta, cuando ella se acerca a darme un beso, aquél salta sobre ella como si fuera un feroz tigre de bengala de los que cuidan los monjes budistas en la India. No la deja comer en paz, es envidioso, abusivo y tacaño, porque le quita la comida a Muñeca y no permite que alguien le toque su plato cuando el está comiendo. Luego se pone a realizar una corrida de alta velocidad por toda la casa como si fuera una pista de hipódromo -donde vuelan los corceles que compiten por el primer lugardestruyendo todo lo que encuentre en su loca y desenfrenada carrera.

Se sienta sin rubor alguno en mis muebles preferidos, donde nunca lo ha hecho Muñeca y jamás el poeta Napoleón imaginó esa posibilidad. Ha mordido todas las patas de los muebles y se ha comido infinidad de rollos de papel sanitario, así como ha destruido un pequeño jardín que hay en el interior de mi casa, que era mi orgullo de que participo en el fenómeno ecológico de proteger la flora para combatir el calentamiento del planeta.

El colmo fue hoy: tuve un día de negros en mi oficina, una clienta me habló por teléfono y me gritó y yo también le levanté la voz, olvidando el apotegma que dice que: los clientes siempre tienen la razón; y que en el mundo de los negocios por pequeños que éstos sean: el que paga manda. La señora llorando como una loca dijo a su marido que yo la había ofendido, y éste presto y decidido como un hidalgo español se presentó en mis oficinas para defender el supuesto honor mancillado de su joven esposa. Lo calmé; le dije que todo había sido una confusión, que yo había estado casado y que muchas veces mi mujer quería que yo fuera y me golpeara con un vendedor que según ella en su neurosis crónica pensaba la había ofendido.

El joven entendió, y todo quedó en paz, en santa paz. Pero hay una cosa que no les había contado, el día de ayer una señora generosa que me canta por teléfono canciones populares, me regaló un bellísimo suéter de color rojo de la marca Polo, nada más -dijo la encantadora dama- (que puede expresarse perfectamente en francés e italiano, negándose a hablar en inglés porque lo considera un idioma vulgar para negociantes a diferencia del francés que lo considera culto y refinado) que lo hacía por el gusto de hacerme pasar un buen día.

FELIZ NAVIDAD.

Mi vida ha cambiado desde que Bolívar llegó a la casa, todo es un remolino con él y con su descontrolada hiperactividad que indudablemente padece.

Hace diez años que Napoleón era un cachorrito, recuerdo que los primeros dos meses los pasó en la casa de Marisela, porque el perrito anterior que tenía había muerto de Parvovirus y la recomendación del veterinario fue desinfectar la casa y que el poeta Napoleón entrara en casa cuando ya sus vacunas las había recibido. Con esto les quiero decir que ya no recuerdo si Napoleón era insoportable como a veces me parece que Bolívar lo es.

En ocasiones pienso que a lo mejor ya estoy viejo para educar a un pequeñito que la mera verdad me desquicia por momentos. Primero yo hacía las cosas como creo que se debe educar a los hijos, dándole mucho amor, y creo que el ser humano que recibe la dosis suficiente de amor en su infancia lo transforma en un hombre feliz en un futuro, recuerden: infancia es destino.

Siempre permití que Bolívar me mordiera la mano derecha -me la dejó totalmente marcadano exagero; en una ocasión yo tenía mi mano llena de sangre. Un día entré como siempre a mi recámara muy fatigado, Bolívar brincó para recibirme, y sus filosos dientecitos se encajaron en la yema del dedo pulgar derecho y me lo cercenó prácticamente que tuve que recibir atención médica; en otra ocasión empecé a sentir que la parte baja de una de mis piernas tenía laceraciones que me dolían bastante, yo pensé que era por lo apretado de los calcetines y llegué a creer que ya la diabetes había invadido mi organismo; me preocupé y me hice análisis y todo salió bien, gracias a Dios. Después caí en la cuenta de que era la dentadura de Bolívar que me pegaba a los tobillos cuando yo caminaba por la casa, y yo no le daba importancia, aunque a veces lo apartaba por lo doloroso de sus mordidas en mis tobillos.

Muñeca está a punto de la histeria. Bolívar ya no la soporta, cuando ella se acerca a darme un beso, aquél salta sobre ella como si fuera un feroz tigre de bengala de los que cuidan los monjes budistas en la India. No la deja comer en paz, es envidioso, abusivo y tacaño, porque le quita la comida a Muñeca y no permite que alguien le toque su plato cuando el está comiendo. Luego se pone a realizar una corrida de alta velocidad por toda la casa como si fuera una pista de hipódromo -donde vuelan los corceles que compiten por el primer lugardestruyendo todo lo que encuentre en su loca y desenfrenada carrera.

Se sienta sin rubor alguno en mis muebles preferidos, donde nunca lo ha hecho Muñeca y jamás el poeta Napoleón imaginó esa posibilidad. Ha mordido todas las patas de los muebles y se ha comido infinidad de rollos de papel sanitario, así como ha destruido un pequeño jardín que hay en el interior de mi casa, que era mi orgullo de que participo en el fenómeno ecológico de proteger la flora para combatir el calentamiento del planeta.

El colmo fue hoy: tuve un día de negros en mi oficina, una clienta me habló por teléfono y me gritó y yo también le levanté la voz, olvidando el apotegma que dice que: los clientes siempre tienen la razón; y que en el mundo de los negocios por pequeños que éstos sean: el que paga manda. La señora llorando como una loca dijo a su marido que yo la había ofendido, y éste presto y decidido como un hidalgo español se presentó en mis oficinas para defender el supuesto honor mancillado de su joven esposa. Lo calmé; le dije que todo había sido una confusión, que yo había estado casado y que muchas veces mi mujer quería que yo fuera y me golpeara con un vendedor que según ella en su neurosis crónica pensaba la había ofendido.

El joven entendió, y todo quedó en paz, en santa paz. Pero hay una cosa que no les había contado, el día de ayer una señora generosa que me canta por teléfono canciones populares, me regaló un bellísimo suéter de color rojo de la marca Polo, nada más -dijo la encantadora dama- (que puede expresarse perfectamente en francés e italiano, negándose a hablar en inglés porque lo considera un idioma vulgar para negociantes a diferencia del francés que lo considera culto y refinado) que lo hacía por el gusto de hacerme pasar un buen día.

FELIZ NAVIDAD.

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