/ sábado 14 de abril de 2018

¿Y si envenenaron al Presidente?

Por haber dado muerte a Maximiliano y a los simpatizadores de este monarca que fue traído desde la vieja Europa a iniciativa de una junta de notables que tenían un bajísimo concepto de sí mismos y que solo confiaban en la personalidad y perfil caucásico de los austriacos para gobernar este país, que en opinión de Diego Fernández de Cevallos, mejor conocido como "El Jefe Diego", era una nación de indios sin calzones.

Fue en una charla de sobremesa a finales de los años setenta en el Casino Tampiqueño, después de haber terminado una reunión del colegio de profesionales al cual pertenezco y ahí en compañía del maestro universitario, exalcalde y exrector de nuestra universidad, don Francisco A. Villarreal; el abogado Carlos Guzmán Azcárraga, quien fue un eficiente subprocurador cuando don Francisco A. Villarreal encabezó la Procuraduría de Justicia en el Estado, decir que al presidente Benito Juárez lo habían envenenado con una planta conocida como "la veintenilla", según don Carlos Guzmán Azcárraga, solo bastaban veintiún días después de tomarla para que el veneno hiciera efecto; de ahí el nombre de veintiunilla. El envenenamiento afectaba el corazón y no quedaba rastro alguno: la muerte parecía obra de la naturaleza y del fatal destino al que con frecuencia don Benito Juárez le hizo frente y lo venció.

Durante mucho tiempo consideré esta versión como una leyenda urbana, propia del imaginario colectivo que con frecuencia para hacer a un lado el hartazgo de sus días no aceptan nada de lo que les dicen las autoridades mirando en todos los actos de los que forman el poder político una conjura vil y cobarde. Recuerdo como si fuera ayer cuando Neil Armstrong hizo contacto con su pie en la superficie lunar una amiga de nombre Alicia, a quien nunca más he vuelto a ver, me dijo con un énfasis en el que ponía de por medio su vida que todo lo que está saliendo en la televisión era puro cuento.

Hojeando las páginas de El Federalista, uno de los periódicos más influyentes en la época juarista, leo la nota de un reportero sobre el padecimiento del presidente Juárez, quien era víctima de una simple angina de pecho que hoy en día con tratamiento y dieta hubiera superado fácilmente: "desde octubre de 1870, el presidente Juárez había dado muestras de que su salud menguaba; cayó en cama por una congestión cerebral", así lo escribe en El Federalista el cronista de Marx. Los médicos del presidente Juárez ofrecieron su diagnóstico como una "parálisis del gran simpático".

Sin embargo esta noticia creó un desconsuelo entre los simpatizadores y el pueblo de México que se alarmó, pero afortunadamente don Benito superó la crisis. El tema recurrente en su salud en desvarío se fue agravando después de la muerte de doña Margarita, que ocurrió en enero de 1871, a partir de ese momento Juárez no aceptó vivir más en la casa paterna ubicada en la calle de Serapio Rendón (donde hoy está la colonia Santa María la Rivera) y se fue a vivir en el ala norte de Palacio Nacional. Allí estableció su domicilio el presidente Benito Juárez. Por eso se comprende el leiv motiv de AMLO cuando anunció que cerraría Los Pinos y que de ganar la presidencia de México viviría en el mismo sitio donde murió el presidente Benito Juárez.

No transcurrió mucho tiempo de que volviera a dar muestras de que su salud era quebrantable de forma paulatina, porque en los primeros días de 1872 su corazón comenzó a fallar. Con todo y esto el presidente Juárez no interrumpió su agenda nacional y era muy común verlo caminar (presumo con un fuerte dolor en el pecho) por los pasillos de Palacio Nacional con alguno de sus ministros. Con levita negra, el semblante sereno y las manos a la espalda, el presidente conversaba pausadamente. En ocasiones al caer la tarde, cuando las actividades gubernamentales habían concluido, caminaba solo a sus habitaciones. Su sombra parecía que emanaba de las entrañas del más allá de la grandeza histórica por venir. Su rostro era impasible, sus enemigos opinaban, dice El Federalista: "Parece un alma en pena", pero lo cierto era que Benito Juárez cargaba con una gran pesadumbre sentimental porque extrañaba al amor de su vida, doña Margarita Maza de Juárez.

Hurgando en los apuntes de don Luis González y González, quien era o es uno de mis historiadores favoritos, autor de uno de los libros históricos que causaron revuelo en el viejo mundo: "Pueblo en vilo", que es una narrativa genial de la vida en Michoacán simbolizada en la población de San José Regla, donde describe con nitidez cómo para defender sus bienes de los bandidos los lugareños de San José se organizaron en autodefensas, tal y como sucede hoy mismo en la región conocida como Tierra Caliente, en donde hubo una confrontación armada entre el líder de los autodefensas contra los narcotraficantes.

Para fortalecer la leyenda urbana de que el presidente Juárez fue envenenado con la veintiunilla, encontré una información que pone los pelos de punta y que da por hecho que quien lo envenenó era una rencorosa y adolorida mujer apodada "La Caramba", a quien Juárez le había fusilado a su prometido por haber apoyado a Maximiliano y a la monarquía. Esta dama se llamaba Oliveria del Pozo, quien era una especie de patiño de la emperatriz Carlota, y que pesaba sobre ella, me refiero a "La Caramba", una pésima fama de que encabezaba una banda de salteadores de camino y que conservadora e imperialista como era, puso sus encantos al servicio del Segundo Imperio.

El amor fallido la condujo por el camino de la venganza, su prometido había sido ejecutado por los republicanos, a pesar de que ella, Oliveria del Pozo, solicitó el indulto ante el mismísimo presidente Juárez, quien estaba decidido, como debía ser, a no perdonar a nadie que hubiese atentado contra la república.

Entonces la inteligencia movió a "La Caramba" con el corazón roto, decidió romper el de don Benito. Gracias a sus encantos el 28 de junio de 1872 fue invitada por Guillermo Prieto a una cena en casa de Sebastián Lerdo de Tejada. A sabiendas de que el presidente Juárez sería el invitado de honor, preparó el veneno y cumplió su cometido. El 18 de julio de 1872, después de 21 días, don Benito falleció.

Hasta la víspera de su muerte, señala El Federalista, don Benito comió generosamente. Dos días antes de su partida a la eternidad, la cocinera de Palacio Nacional le preparó un suculento menú que incluía sopa de tallarines, arroz con huevos fritos, bistec con frijoles acompañado de una salsa de chile piquín, fruta y café. Por si fuera poco se tomó media copa de jerez y bebió algo de pulque. Al caer la noche no cenó. Pero se tomó una copita de rompope, después vino el encuentro con la parca, esa cita siniestra a la que según Woody Allen él no va a asistir. Veremos a lo mejor si es inmortal el genial cineasta neoyorquino.

mail: notario177@msn.com



Dos días antes de su partida a la eternidad, la cocinera le preparó un suculento menú: sopa de tallarines, arroz con huevos fritos, bistec con frijoles...

Por haber dado muerte a Maximiliano y a los simpatizadores de este monarca que fue traído desde la vieja Europa a iniciativa de una junta de notables que tenían un bajísimo concepto de sí mismos y que solo confiaban en la personalidad y perfil caucásico de los austriacos para gobernar este país, que en opinión de Diego Fernández de Cevallos, mejor conocido como "El Jefe Diego", era una nación de indios sin calzones.

Fue en una charla de sobremesa a finales de los años setenta en el Casino Tampiqueño, después de haber terminado una reunión del colegio de profesionales al cual pertenezco y ahí en compañía del maestro universitario, exalcalde y exrector de nuestra universidad, don Francisco A. Villarreal; el abogado Carlos Guzmán Azcárraga, quien fue un eficiente subprocurador cuando don Francisco A. Villarreal encabezó la Procuraduría de Justicia en el Estado, decir que al presidente Benito Juárez lo habían envenenado con una planta conocida como "la veintenilla", según don Carlos Guzmán Azcárraga, solo bastaban veintiún días después de tomarla para que el veneno hiciera efecto; de ahí el nombre de veintiunilla. El envenenamiento afectaba el corazón y no quedaba rastro alguno: la muerte parecía obra de la naturaleza y del fatal destino al que con frecuencia don Benito Juárez le hizo frente y lo venció.

Durante mucho tiempo consideré esta versión como una leyenda urbana, propia del imaginario colectivo que con frecuencia para hacer a un lado el hartazgo de sus días no aceptan nada de lo que les dicen las autoridades mirando en todos los actos de los que forman el poder político una conjura vil y cobarde. Recuerdo como si fuera ayer cuando Neil Armstrong hizo contacto con su pie en la superficie lunar una amiga de nombre Alicia, a quien nunca más he vuelto a ver, me dijo con un énfasis en el que ponía de por medio su vida que todo lo que está saliendo en la televisión era puro cuento.

Hojeando las páginas de El Federalista, uno de los periódicos más influyentes en la época juarista, leo la nota de un reportero sobre el padecimiento del presidente Juárez, quien era víctima de una simple angina de pecho que hoy en día con tratamiento y dieta hubiera superado fácilmente: "desde octubre de 1870, el presidente Juárez había dado muestras de que su salud menguaba; cayó en cama por una congestión cerebral", así lo escribe en El Federalista el cronista de Marx. Los médicos del presidente Juárez ofrecieron su diagnóstico como una "parálisis del gran simpático".

Sin embargo esta noticia creó un desconsuelo entre los simpatizadores y el pueblo de México que se alarmó, pero afortunadamente don Benito superó la crisis. El tema recurrente en su salud en desvarío se fue agravando después de la muerte de doña Margarita, que ocurrió en enero de 1871, a partir de ese momento Juárez no aceptó vivir más en la casa paterna ubicada en la calle de Serapio Rendón (donde hoy está la colonia Santa María la Rivera) y se fue a vivir en el ala norte de Palacio Nacional. Allí estableció su domicilio el presidente Benito Juárez. Por eso se comprende el leiv motiv de AMLO cuando anunció que cerraría Los Pinos y que de ganar la presidencia de México viviría en el mismo sitio donde murió el presidente Benito Juárez.

No transcurrió mucho tiempo de que volviera a dar muestras de que su salud era quebrantable de forma paulatina, porque en los primeros días de 1872 su corazón comenzó a fallar. Con todo y esto el presidente Juárez no interrumpió su agenda nacional y era muy común verlo caminar (presumo con un fuerte dolor en el pecho) por los pasillos de Palacio Nacional con alguno de sus ministros. Con levita negra, el semblante sereno y las manos a la espalda, el presidente conversaba pausadamente. En ocasiones al caer la tarde, cuando las actividades gubernamentales habían concluido, caminaba solo a sus habitaciones. Su sombra parecía que emanaba de las entrañas del más allá de la grandeza histórica por venir. Su rostro era impasible, sus enemigos opinaban, dice El Federalista: "Parece un alma en pena", pero lo cierto era que Benito Juárez cargaba con una gran pesadumbre sentimental porque extrañaba al amor de su vida, doña Margarita Maza de Juárez.

Hurgando en los apuntes de don Luis González y González, quien era o es uno de mis historiadores favoritos, autor de uno de los libros históricos que causaron revuelo en el viejo mundo: "Pueblo en vilo", que es una narrativa genial de la vida en Michoacán simbolizada en la población de San José Regla, donde describe con nitidez cómo para defender sus bienes de los bandidos los lugareños de San José se organizaron en autodefensas, tal y como sucede hoy mismo en la región conocida como Tierra Caliente, en donde hubo una confrontación armada entre el líder de los autodefensas contra los narcotraficantes.

Para fortalecer la leyenda urbana de que el presidente Juárez fue envenenado con la veintiunilla, encontré una información que pone los pelos de punta y que da por hecho que quien lo envenenó era una rencorosa y adolorida mujer apodada "La Caramba", a quien Juárez le había fusilado a su prometido por haber apoyado a Maximiliano y a la monarquía. Esta dama se llamaba Oliveria del Pozo, quien era una especie de patiño de la emperatriz Carlota, y que pesaba sobre ella, me refiero a "La Caramba", una pésima fama de que encabezaba una banda de salteadores de camino y que conservadora e imperialista como era, puso sus encantos al servicio del Segundo Imperio.

El amor fallido la condujo por el camino de la venganza, su prometido había sido ejecutado por los republicanos, a pesar de que ella, Oliveria del Pozo, solicitó el indulto ante el mismísimo presidente Juárez, quien estaba decidido, como debía ser, a no perdonar a nadie que hubiese atentado contra la república.

Entonces la inteligencia movió a "La Caramba" con el corazón roto, decidió romper el de don Benito. Gracias a sus encantos el 28 de junio de 1872 fue invitada por Guillermo Prieto a una cena en casa de Sebastián Lerdo de Tejada. A sabiendas de que el presidente Juárez sería el invitado de honor, preparó el veneno y cumplió su cometido. El 18 de julio de 1872, después de 21 días, don Benito falleció.

Hasta la víspera de su muerte, señala El Federalista, don Benito comió generosamente. Dos días antes de su partida a la eternidad, la cocinera de Palacio Nacional le preparó un suculento menú que incluía sopa de tallarines, arroz con huevos fritos, bistec con frijoles acompañado de una salsa de chile piquín, fruta y café. Por si fuera poco se tomó media copa de jerez y bebió algo de pulque. Al caer la noche no cenó. Pero se tomó una copita de rompope, después vino el encuentro con la parca, esa cita siniestra a la que según Woody Allen él no va a asistir. Veremos a lo mejor si es inmortal el genial cineasta neoyorquino.

mail: notario177@msn.com



Dos días antes de su partida a la eternidad, la cocinera le preparó un suculento menú: sopa de tallarines, arroz con huevos fritos, bistec con frijoles...

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