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El segundo sexo

  • Amparo Berumen

A propósito del atuendo negro

en la reciente entrega de los Globos de Oro.          

                                                                         

Hace tres noches leía en un ejemplar que conservo de la Revista Proceso publicado en enero de 2008, un texto deleitable que relata el viaje realizado por Simone de Beauvoir a nuestro país, en compañía de su entonces pareja, el escritor Nelson Algren. Animada por esa lectura, y por haberse cumplido el pasado martes nueve de enero, ciento diez años del nacimiento de esta singular mujer, será oportuno recordar que el 24 de mayo de 1949, vio la luz El Segundo Sexo, páginas de “escándalo y persignaciones conjuradoras” de Simone de Beauvoir, que en las primeras semanas vendiera veinte mil ejemplares, quizá porque en esta obra escrita se dio la “buena noticia” de que ser mujer no es una esencia ni un destino, y que la opresión tiene un estatus contingente.

Aún hoy –¿y aún mañana?– este ensayo extensísimo sigue provocando ácidas reacciones porque aún hoy, no se puede afirmar que las oportunidades son para todos, empezando por decir que OPORTUNIDAD no significa lo mismo que CONCESIÓN. ¿Cómo pretender que las leyes diseñadas por criterios de un solo género sean igualitarias? ¿Cuántos entre luces han tenido que pasar para que la humanidad haya empezado a marchar sus rumbos en línea recta, sin distingos? Aún hoy, muchas mujeres siguen enfrentando diversos obstáculos a fin de “merecer” posiciones determinadas. Esta falta de oportunidades ha ocasionado que un gran número de ellas piense que no les corresponde compensar la injusticia social, y que no habrá una razón de peso que las obligue a hacerlo.

Ya lo escribió en su tiempo Simone de Beauvoir: “La mujer aparece como el negativo, ya que toda determinación le es imputada como limitación, sin reciprocidad. A veces, en el curso de discusiones abstractas me ha irritado oír que los hombres me decían: ‘Usted piensa tal cosa porque es mujer’. Pero yo sabía que mi única defensa consistía en replicar: ‘Lo pienso así porque es verdad’. No era cosa de contestar: ‘Y usted piensa lo contrario porque es hombre’, ya que se entiende que el hecho de ser hombre no es una singularidad…”

Pocos ignoran que filósofos, satíricos y moralistas se han gozado dibujando el paisaje de las “flaquezas” femeninas. El primer beneficio que Platón agradecía a los dioses era que lo hubiesen creado libre y no esclavo; y el segundo, que lo hubiesen creado hombre y no mujer. Para la posteridad, aquí el pensamiento de Pitágoras: Existe un principio bueno que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, las tinieblas y la mujer”. Santo Tomás decreta, cual reflejo del Génesis en que Eva fue extraída de un hueso de Adán, que la mujer es un hombre fallido, un ser ocasional. He aquí las palabras del buen Aristóteles: “La mujer es mujer en virtud de cierta falta de cualidades. Y debemos de considerar el carácter de las mujeres como adoleciente de una imperfección natural”. Y recomienda este filósofo que hay que tocar prudente y severamente a la mujer, para que un cosquilleo demasiado lascivo no le cause un placer que la haga salir de los goznes de la razón. Y ya encaminada en los vericuetos de las citas citables, vendrá a bien mencionar el pensamiento de Jean-Paul Sartre: “Mitad víctimas, mitad cómplices, como todo el mundo”. Pero leamos ahora al dulce Montaigne: “Las mujeres no dejan de tener razón cuando rechazan las normas de vida que se han introducido en el mundo, tanto más cuanto que han sido los hombres quienes las han elaborado sin ellas (…) Después de saber que, sin punto de comparación, son más capaces y ardientes que nosotros en las cosas del amor, hemos ido a darles la continencia como su parte…”

No pretende esta columna sugerir, sino apenas retomar un tema profundo y controvertido, y por sus aristas, hasta entretenido. Jamás se pretenderá que los textos de Simone de Beauvoir, quien se adelantó veinte años al movimiento feminista, encuadren concluyentemente en la mentalidad de las mujeres de hoy. Sin embargo, una encuesta realizada en Francia en los años noventa, revela que tras preguntar a las mujeres qué había significado para ellas Simone de Beauvoir, la respuesta de “mayor plenitud” fue “una alabanza generalizada”.  De esta obra, reeditada en Argentina, tomo en conclusión algunas líneas de la prologuista María Moreno: ‘Quizás no se puede esperar hoy un efecto similar entre las jóvenes que lean por primera vez El Segundo Sexo, pero es deseable que éste se convierta en un libro talismán como lo fue para varias generaciones de mujeres’.

mag_berumen@cafecostenito.com.mx