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Amparo María

  • Rodolfo Salazar González

La primera vez que la vi, -lo recuerdo como si fuera ayer-, fue cuando ella entró acompañada de sus dos pequeños hijos y una mochila en la espalda a la cafetería de la UNAM. Me llamó poderosamente la atención que ésta mujer se encontrara en un lugar como en el que yo terminaba mi especialidad en Ciencias Políticas y gran parte de ese aprendizaje consistía en las horas discursivas que pasaba conversando con otros compañeros del curso en tal sitio.

Se sentó casi enfrente de nosotros, y lo primero que hizo fue acomodar a sus hijos, al más pequeño nunca lo apartó de su regazo, y el mayor, que tendría seis años, se sentó como si fuera un adulto en la silla a un lado de ella. Pude mirarla de frente sin que se diera cuenta y percibí en sus ojos el mismo impacto que me causa en el corazón cuando en las películas miro los ojos de Meg Ryan cuando filmó aquella película donde Nicolás Cage es un ángel que se convierte en humano y Meg es una doctora que se enamora de él.

Como pude traté de acercarme, pero ella tenía sus ojos fijos en la entrada de la cafetería. Sin duda esperaba a alguien, ¿Su esposo?, ¿Su amante?, ¿Su novio? no lo sé; media hora después entró un hombre joven, blanco, alto, de perfil gerencial, lo cual incrementaba mi curiosidad de la estancia de los dos en el Campus universitario, se dirigió a ellos y lo primero que hizo fue tomar al niño más pequeño del regazo de su madre y llevarlo cariñosamente a su pecho; lo abrazó con amor. Yo pensé: Sin duda es el padre.

Cuando me encontraba pagando en la caja mi café, el hijo mayor de esta pareja se acercó a la puerta de la cafetería, yo fingí protegerlo, pidiéndole que no saliera porque se podía perder; me acerqué al menor y le pregunté el nombre de su mamá; me dijo: “Se llama Amparo María”.

De esto que les platico hace más de veintiséis años, y si lo recuerdo en éste día es por qué nunca he podido olvidar aquellos ojos de Amparo María en todo el tiempo que ha transcurrido desde aquel instante cuando la encontré en la cafetería de Filosofía y Ciencias Políticas.

Por eso, ahora que nuevamente la tengo frente de mí, se me vienen a la cabeza millones de conjeturas y preguntas para saber: qué hace aquí en Sanborns platicando con un hombre evidentemente mayor que ella.

Sigue siendo la misma: Alta, delgada, ojos bellísimos, rubia, con el pelo lacio y desparpajado, solamente sostenido con una liga en la parte de atrás; se ve triste, ajena al sitio donde se encuentra, sin prestar atención a la conversación fluida del hombre mayor que está enfrente de ella tomando café.

No tengo la menor duda: No se siente a gusto en compañía de la persona con quién habla. Solo está por pasar el tiempo, y quizá por conocer Tampico, salió con este hombre mucho mayor que ella, (que hasta podría ser su padre, pienso yo) a tomar algo antes de cenar.

Volví a clavar la mirada sin que ella se diera cuenta, sus ojos siguen siendo los mismos: Es Meg Ryan, me digo, embelesado con la misma sensación de que si la veo de frente y muy cerca pudiera irme por sus ojos. La única diferencia que percibo es que Amparo María no proyecta la misma plenitud de felicidad que irradiaba hace veintiséis años cuando la vi por primera vez rodeada de sus hijos y de aquel hombre con personalidad de financiero globalizador.

Yo pensé en aquella ocasión que: era igual a la Meg Ryan que trabajó con Tom Hanks en “Sintonía de Amor”; ahora parece ser la Meg Ryan que interpretó -ya cuarentona- a una representante de boxeadores que permutó su felicidad por el éxito.

Está inquieta y se nota distraída, presiento que es víctima de un estado de ansiedad, como los que yo he vivido constantemente, (afortunadamente me he repuesto), pero infiero que Josefina carga en éste momento sobre sus espaldas y su corazón la pesada loza del desamor y el desencanto.

Me decido abordarla para saber qué hace aquí, y qué fue lo que hizo con su vida en estos 26 años que la dejé de ver. Antes de hacerlo me dirijo al baño para darme una peinadita y tener mejor presencia; lo hago y regreso a la mesa donde me encuentro para llevarme la espantosa sorpresa de que Amparo María ya no está.

Pago inmediatamente, y bajo al área de los libros y los regalos para encontrarla, pero no la veo; la busco por toda la tienda, y no está en ningún sitio. Me detengo y pienso: ¿Me la imaginaría?

Por eso escribo éstas letras para dedicárselas a Amparo María a quién vi por primera vez hace 26 años en la cafetería de la Universidad acompañada de sus dos hijos y de un hombre alto y brillante como ella, y porque tengo la convicción de que hoy la volví a ver aquí en Sanborns con los mismos ojos pero ya sin las mismas ilusiones que tenían cuando la vi por primera vez.