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Genética o requisito

  • Agustín Jiménez

EL día de ayer, mientras me arreglaba para partir rumbo a mi trabajo, un “carro” de notas periodísticas llamó mi atención, pues mientras realizo el trajín de calzarme los zapatos y abotonarme la camisa, trato de escuchar uno de los noticiarios de mayor popularidad a nivel nacional, seguramente usted vive lo mismo cada mañana a razón de la agitada vida que llevamos.

Pues bien, como le decía, empecé a oír un listado bastante amplio de exgobernadores de diferentes entidades de nuestro país quienes, derivado de las acciones cometidas durante sus mandatos, hoy se encuentran cuestionados por las leyes mexicanas y de otras naciones en el mundo. Algunos capturados, otros prófugos. Pero todos ellos “salpicados” por temas impropios para el quehacer de un servidor público.

Con este último párrafo me permito hacer un paréntesis para hacer hincapié en el uso de la palabra “servidor” y omitir la de funcionario, ya que, sin importar el nivel del cargo que ostente, aquel que se encuentra en una dependencia pública debe saberse a sí mismo como un ente cuya ocupación es la de tratar de mantener el orden, la cohesión y la salud, en todos sus aspectos, del pueblo del cual está emanado a través de su actividad burocrática.

Sin embargo, el precepto que acabo de describir y que, aclaro, no está amparado en algún normativo, legislación u oficio, se olvida paulatinamente por quienes llegan a sentirse con el poder en sus manos. Curiosamente es un proceso inversamente proporcional a la potestad conferida. A mayor autoridad, menor razón de su deuda para con la población que lo colocó allí.

Volviendo al tema central de este día, los nombres de los extitulares del poder ejecutivo de los estados provenían de diferentes lares. Del norte, sur, costa del Golfo de México y Océano Pacífico y, pasmosamente, extraídos de distintos escaparates políticos. Perdone la expresión, pero, como en “la canasta de la tamalera”, los había de “dulce, chile y de manteca”. Comparación que hago refiriéndome a los colores con los que identifican a sus respectivas facciones.

Con ello, surgió en mí una pregunta: “¿Este comportamiento inadecuado será, acaso, una condición escondida en los genes de algunos políticos y se activa de manera inesperada cuando se encuentra en el ambiente idóneo para desarrollarse en un mal posterior que difícilmente será erradicado por el sistema inmunológico de la sociedad a la que pertenece? ¿Son inoculados por un extraño virus social que más adelante se tornará en un lamentable padecimiento que minará la salud del tejido de la comunidad? O quizá nos enfrentamos a situaciones más lúgubres dignas de una historia de terror ficcionario en el que seres de otra dimensión dominan las mentes de los altos funcionarios a través de un artilugio y los obligan a participar de manera indirecta en la comisión de varias irregularidades.

Por cierto, si lee con frialdad la última frase, no está tan lejos de la realidad.

Dejé de fantasear con la genética de estos hombres y mujeres que se apoderaron de grandes cantidades de efectivo, según dicen los doctos en la materia, de diversas formas, todas indebidas y traté de poner los pies sobre la tierra al empezar a considerar la posibilidad de que la actitud ya descrita sea un requisito indispensable que se vuelve necesario cubrir en un formulario al momento de expresar el deseo de desempeñarse como titular de un cargo público.

Sin embargo y después de darle muchas vueltas al asunto comprendí que es una extraña compilación de factores entre los que se destacan aquellos que ya mencioné y que son imbuidos en el posible candidato desde muy temprana edad.

Algunos fueron inoculados por el comportamiento de sus padres y mentores; otros fueron presionados por intereses de sectores económicos; unos más vieron vencida la nobleza de espíritu cuando, al estar en campaña, tuvieron que asentir al infinito listado de promesas por cumplir para algún personaje que, en su momento, aportó el capital necesitado.

En fin, los elementos en la ecuación son muchos y el resultado, el mismo. Ahora queda esperar que las nuevas generaciones de la clase política observen con cuidado estos casos y enderecen el camino y beneficien al mexicano común que sigue empobreciéndose en tanto que, los pocos, continúan acaparando el efectivo en sus bolsillos.

¡Hasta la próxima!

Escríbame a licajimenezmcc@hotmail.com y recuerde, para mañana ¡Despierte, no se duerma que será un gran día!