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La más difícil

  • Agustín Jiménez

Hace mucho los padres justificaban los errores sobre la educación de sus hijos con dos frases que, por las condiciones de la evolución social, se han vuelto anacrónicas e inaplicables en nuestros tiempos, y me refiero a “nadie nos enseña a ser padres” y “cuando tengan hijos me comprenderán”. Esos dos argumentos, difundidos ampliamente por la gran filósofa mexicana contemporánea y multimediática, doña Sara García, deberían ser replanteados para evitar que nuestra sociedad continúe como hasta ahora.

Cabe hacer mención que hay un tercer adoctrinamiento de carácter económico que vino a unificar los dos anteriores en una ecuación que busca salvar de cualquier responsabilidad educativa a la gran mayoría de los padres modernos, dejándole todo el peso a los docentes de los diferentes niveles educativos y es la consabida frase: “Ambos tenemos que salir a trabajar”. Esto es indiscutible e incuestionable. El poder adquisitivo de la moneda en el mercado interno es cada vez menor y ambos progenitores deben salir a buscar el sustento para satisfacer las necesidades de su prole.

Por ello, esperan que los docentes asuman no sólo la obligación de formar académicamente a niños y jóvenes, sino también que adquieran el papel de impartir la educación que, se supone, se debe recibir en el seno familiar del menor, mismo que puede estar soportado por estructuras de convivencia alternativas, diferentes y hasta impropias, viciando así la perspectiva de cualquier información o tutoría que pueda aportar el profesor.

Como le decía al inicio de la entrega de este día, algunos padres amparan la mala crianza en el discurso de “Nadie me dijo cómo educarlo”, y terminan dejando que el chamaco haga lo que se le viene en gana en su casa y esperan que las condiciones sean las mismas en cualquier otro entorno: la escuela, la iglesia, en algún hogar ajeno, centro comercial, espacio cultural, o lo que sea. Y lo que es peor, los terminan justificando con pretextos como: “Es que son niños”, “Aún no saben”, “Sólo está jugando”. Mientras que el mocoso, heredero de la piel de Judas, continúa con sus desmanes.

Y cuando se tiene la confianza de hacerle ver el error al señor o señora, o bien el docente quiere hacer uso de la autoridad que el mismo padre de familia le otorgó, aparece el otro absurdo eslabón en esta cadena de evasivas: “Cuando tenga un hijo como el mío, me comprenderá”.

Ahí es cuando de verdad se recrudece el problema. Planteémoslo en el siguiente orden: El padre de familia no sabe cómo educar, le preocupa no atinar en la sanción, apela a la justificación de la mala conducta, le cede la estafeta al maestro, le exige que cumpla con su labor “educativa” (no con la formadora), y cuando el maestro corresponde a esa inquietud ¡El progenitor se ofende por la reprimenda que ha sufrido su vástago! Decían los abuelos: “Como el perro del hortelano”.

Es cuando vemos a madres que, ofendidas, van hasta la dirección del plantel a exigirle al titular del mismo a que tome cartas en el asunto.

Aquí permítame abrir un paréntesis. Ya que hasta cierto punto este fenómeno de la presencia de las madres lo puedo entender en primaria, e incluso hasta secundaria, en preparatoria es muy extraño. Pero ver que ocurre a nivel universitario cuando el profesor le retiró el derecho a examen a un chamaco o chamaca de más de veinte años de edad, porque este último le lanzó un recordatorio familiar, es, no sólo sorpresivo, sino hasta decepcionante.

Más triste es cuando la progenitora se presenta en el instituto para justificar la conducta de su hijo, diciendo que el alumno en su vida personal ha sufrido mucho y que el destino no ha sido justo para él o ella y que “ese problemita ya no se repetirá, pues como buena madre ya habló con el estudiante”.

Sin embargo, el joven nunca acudió a dar la cara ante el maestro, no ofreció disculpas, jamás reconoció su error. En pocas palabras, a pesar de que ya es un adulto y tuvo la capacidad para generar un conflicto, sigue siendo un menor para afrontarlo y pedir una nueva oportunidad.

Si esto es a nivel profesional, ¿puede usted imaginar lo que viven los maestros de nivel básico? Claro, me refiero a los maestros que aman su profesión, que se preocupan por su grupo, que trabajan los fines de semana en alistar sus clases para los cinco días subsecuentes. Hablo de aquellos que se esfuerzan día con día para que las tablas de multiplicar se aprendan, se entiendan y se apliquen. A ellos mi admiración y respeto.

El acelerado ritmo de nuestra existencia está obligando a padres y maestros a trabajar en conjunto para el beneficio del alumno. Asumir que habrá castigos y reprimendas por ambas partes y entender que son con el fin de hacer y formar mejores ciudadanos que tendrán la obligación de reconstruir nuestro tejido social en un futuro que se antoja a “la vuelta de la esquina”.

Y para concluir, amigo lector, como respuesta a tan inefables excusas debo traer a mi columna la postura de un gran amigo y maestro de vocación y profesión, Lic. Guillermo Bravo quien, también en un par frases despeja cualquier duda o inconveniente: “Educa a tus hijos como ajenos y a los ajenos como propios” y “Educa a tus hijos en la casa antes de que alguien te los reprenda en la calle”.
A todos los maestros ¡Muchas felicidades!
¡Hasta la próxima!

Escríbame a licajimenezmcc@hotmail.com y recuerde, para mañana ¡Despierte, no se duerma que será un gran día!