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La promesa

  • Raúl J. Nava Gutiérrez

Igual a la promesa que yo hice a mi hijo aquel día último del año, Pelé la hizo a su padre en 1950.

En el libro de Pelé, “Mi legado”, Pelé explica… Un recuerdo me acechaba desde mi debut contra la Unión Soviética. Al principio difuso, fue ganando claridad a medida que transcurrían los partidos y avanzábamos hacia la definición del Mundial. Hasta que por último cayó sobre mí, vívido y patente, horas antes de la final contra Suecia. Los hechos habían ocurrido cuando yo era todavía un niño, y aunque había pasado casi una década, mientras ibámos rumbo al Solna Stadium podía revivir la escena como si huibiese ocurrido el día anterior.

Estamos jugando a la pelota con los otros niños del vecindario, despreocupadmente, como casi todas las tardes. Pero no es un día cualquiera del año 1950. Nos damos cuenta porque desde la mañana no dejan de sonar petardos y música a todo volumen. En eso sale Dondinho, mi padre, y me dice: -Dico, adentro ya, que va a empezar la final. -¿Qué final, pa? ¿Cómo “qué final”? ¿No escuchas los festejos? La final de la Copa del Mundo: Brasil vs. Uruguay… -¿Dónde juegan? – En el Maracaná, en Río, el estadio más grande del mundo… ¿Y qué festejamos, pa?… Que vamos a ganar.

Varios amigos de papá estaban reunidos en la cocina desde temprano, pendientes de la radio portátil. A mi y a Zoca, mi hermano menor, nos encantaba el futbol, pero no tanto como para quedarnos sentados junto a un aparato que hablaba. Preferimos, entonces, jugar un partido en el piso, con tapitas de gaseosa. Mi hermano se toma revancha en la calle con la pelota de trapo, yo le gano por goleada, pero Zoca domina como nadie el futbol de mesa. La radio comenta que Maracaná está colmado. El estadio tiene una capacidad máxima de 183,354 espectadores; pero las autoridades calculan que han venido al festejo unos 203,000 aficionados, informó el locutor. Seguimos jugando un poco ausentes de lo que dicen por la radio, pero mi casa estalla. Acaba de empezar el partido y Fiaca marca el uno a cero. No recuerdo haber visto semejante alegría ni en casa ni en el barrio. Al rato, de golpe, la algarabía se convierte en silencio. El locutor relata el gol de un tal Schiaffino, que no es de los nuestros… 1-1. Pasan unos minutos y el clima festivo regresa. La alegría sigue porque el empate consagra campeón a Brasil, aunque en el relato surge cada vez más el nombre de otro rival: Obdulio Varela.

Un poco más tarde se vuelve a hacer un terrible silencio… un silencio en el que solamente se escucha al relator, diciendo con tono de pésame: “Alcides Ghiggia, gol de Uruguay…”. El desconcierto es total, así como antes la alegría era algo nunca visto, ahora las lágrimas llenan el rostro de mi padre y de sus amigos. Veo a todos esos hombres grandes llorando y no entiendo nada… (claro, los niños no compiten)… ¿Qué pasa, papá? -Perdimos, Dico… dice entre el llanto, como avergonzado-, perdimos 1 a 2… Es la primera vez que veo llorar a Dondinho. No sé por qué, tal vez sea una de esas cosas de niños, pero a pesar de que mi mundo parece sacudirse, me invade una gran calma y desde el fondo del alma me sale una respuesta: -No llore, papá. Yo voy a ganar una Copa del Mundo para usted, se lo prometo.