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“Por el Día del Padre”

  • Agustín Jiménez

Fue un grito el que me despertó en aquella madrugada de octubre. Cuando reaccioné la vi sentada en la orilla de la cama apretándose el vientre y no necesitó decirme más. Mi corazón se aceleró tanto que aún hoy, después de ocho meses sigo recordando cómo los latidos se sentían hasta mi cabeza. “Ya viene”, fueron sus únicas palabras. Tomé el teléfono e hice unas cuantas llamadas y, en instantes, estaba en un hospital de la localidad esperando la llegada del doctor.

Fue una revisión muy rápida que se suspendió por una contracción que confirmó en un escalofrío color esmeralda lo que el médico estaba a punto de decir: el momento había llegado y la espera estaba a punto de terminar. Me tomó por las manos y me miró directo a los ojos, “por ningún motivo vayas a dejar que sea cesárea”, me dijo con una extraña mezcla en su voz de súplica y reproche. Solo me limité a asentir con la cabeza. Le di un beso y se la llevaron en una silla de ruedas al interior del sanatorio.

Minutos después nos condujeron a la habitación y apenas me había instalado cuando una enfermera entró sin avisar y me pidió que la siguiera. Llegué hasta otro cuarto en el que la vi acostada de lado y en un pequeño espacio de colchón que quedaba libre, me senté. Le acaricié su pelo y me sonrió. “¿Tienes miedo?”, le pregunté. “No”, fue su única respuesta. La asistente volvió a acercarse para colocar un cinturón en el abultado vientre que parecía estar más debajo de lo acostumbrado.

Después de varios esfuerzos, el infantil pulso del corazón era imperceptible para el aparato, que no reflejaba algún atisbo de vida. La mujer no dijo nada y su gesto cambió. Sus ojos eran lo suficientemente expresivos y yo clavé mi mirada en la de ella reclamando una respuesta sobre lo que estaba ocurriendo, mas, de repente, el signo vital se escuchó en el artefacto y la dama por fin respiró.

“Será muy traviesa”, aseguró. “Le acaba de jugar una buena broma a esta enfermera”. Todos reímos. Me pidieron que me retirara y que en un momento me hablarían. Eran las dos de la mañana y el reloj parecía no avanzar. Simplemente apreté mis ojos y mis manos para empezar a lanzar una plegaria al cielo.

Así se dieron las tres, en lo que las cuatro llegaron y con burlona pausa las siete se marcaron en el reloj.

La puerta se abrió y la misma mujer me dijo que por fin yo podría ingresar al quirófano. Me condujeron hasta la sala gris donde me puse la bata y el resto de los aditamentos. Algo en mi interior empezó a temblar desde el centro de mi abdomen y se esparcía como hormigas por mis extremidades. La sensación llegaba hasta las palmas de mis manos como a la planta de los pies.

Marché hasta una puerta blanca que, al abrirse, descubrió una escena impresionante. Mi mujer en la plancha hacía esfuerzos enormes para traer a este mundo a mi primera hija. Solo escuché al médico que le repetía “¡Vamos, tú puedes!”. Con una seña me indicó que le diera la vuelta al lugar en el que reposaba mi esposa y así lo hice hasta sentarme a un lado de su cabecera.

Doctor y enfermera quedaron frente a mí. Una nueva frase del facultativo me conmocionó: “Si para las siete y media no nace hay que abrir”. Volteé a ver el reloj y faltaban cinco minutos para ese momento. La mujer me miró y nuevamente negó con la cabeza. En los cristales de las gafas de ambos podía ver el reflejo angustiante de un ser que no podía terminar su nacimiento.

En eso, mi esposa le hizo una seña al anestesiólogo y éste le acercó un recipiente a su boca. Ella vomitó y por un instante perdió el conocimiento. El ginecólogo levantó la cabeza y pidió los fórceps. Pensé que para extraer al producto y no, era para poder abrir el canal de parto de mi mujer. En su rostro se reflejó el gesto de fuerza que imprimió en su movimiento. Con voz firme me dijo, despiértala. Al mismo tiempo él dijo “Ánimo, mi hijita, ya te ayudé. Ahora todo depende de ti”.

Mi mujer me tomó de la mano, se levantó y un grito de esfuerzo se mezcló con el llanto de la más hermosa niña que mis ojos hayan visto. De inmediato el pediatra la estimuló y la chiquilla llenó de aire sus pulmones para lanzar el grito de vida que alivió mis pesares. “Esta no es una niña prematura, es una niña de término”, indicó el especialista en infantes, despejando cualquier duda sobre un posible adelanto del parto.

Me tomó por la muñeca y me preguntó “¿Puedes cortar el cordón?”. Creo que en ese momento nació en mi alma el sentimiento de padre. Ese hombre me preguntaba que si yo era capaz de terminar con la labor que había iniciado mi esposa, ¡claro que podía! Es más, podía dar mi vida a partir de ese momento sin dudarlo si así era necesario.

Cogí las pinzas y corté el ombligo de mi niña.

Así fue la cita que tuve con la mujer más bella que he tenido entre mis brazos, que llegó desnuda de prendas y vestida de inocencia. Un ángel que me ha enseñado que el mundo se puede descubrir y redescubrir todos los días con cada amanecer y que no hay momento más maravilloso que el despertar, ni más satisfactorio que cuando un par de perlas negras se cierran para empezar el dulce reposo.

Entre tantas felicitaciones por ser mi primer Día del Padre, le tengo que dar gracias a Dios, a mi esposa y a mi hija por escogerme para poder ser ejemplo, guía y mentor de un ser que puso el destino bajo mi responsabilidad.

¡Hasta la próxima!

Escríbame a licajimenezmcc@hotmail.com y recuerde, para mañana ¡Despierte, no se duerma que será u