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Primera llamada

  • Agustín Jiménez

LOS cubos de hielo fueron apilándose uno sobre otro y, al chocar, de su cristalina forma se emitían chasquidos que evocaban la razón de su presencia en la copa transparente que los envolvía, como una madre lo hace con sus hijos. Dos, tres, cuatro dados de agua sólida se acomodaron para enfriar el amargo dulzor del líquido que enseguida ser vertía sobre ellos. La mesa redonda y arrinconada estaba diseñada para servir a una persona sola, tal vez acompañada de su alma y ya, muy apretados y algunos de pie, cortejada por sus recuerdos.

“El whisky siempre truena los hielos”, pensó mientras que, de la bolsa interior de su saco gris, sacó una baraja española. Por encima de todos los naipes, lucía garbosa la sota de copas.

Se le quedó viendo fijamente a la imagen de la pelirroja ninfa y casi podía jurar que era ella. ¡Sí, era ella! Completa. Con su cabello color de cobre, sus mejillas salpicadas de elegantes pecas y sus ojos intensamente verdes. La recorrió desde la vasija que tenía en la diestra hasta la punta de los pies envueltos en arlequinescas sandalias. Una lágrima hizo el intento de fugarse de la celda de sus pupilas, empero, su corazón, celador furioso y de rabiosa disciplina, la detuvo sin piedad.

Bebió un sorbo grande, profundo y rasposo del escocés color caoba. Respiró y apretó fuerte su mano como si quisiera extraer vida, voz, perfume y caricias de la figura acartonada que le representaba a la pérfida que días antes lo había dejado. ¡Cuánto dolor se anidaba en sus entrañas al saber que serían otras manos las que se posarían sobre aquellas formas que se desnudarían ante la lascivia de otra mirada”.

Mas recordó que, seguramente, ya había sido víctima de una trapera puñalada la otra noche en que la lluvia no le dejó cruzar el río y no tuvo mayor amparo que la luz de los relámpagos ni otra voz que lo arrullara, que el grito sordo y gutural de los truenos que le seguían a los instantes de luz que cortaba la espesura del horizonte. Con este pensamiento, un nuevo verdugo azotó su espíritu hasta hacerle sangrar su propia esencia.

Guardó las cartas en el bolsillo y tomó nuevamente del vaso que, irónico, sí se había permitido el lujo de lagrimar. Otro sorbo como el anterior bastó para dejar vacío el recipiente tan hueco como se sentía él mismo. La rigidez de su columna terminó por vencerse ante el peso de su pena y se desplomó por completo. Y, al hacerlo, extendió su brazo izquierdo y fue cuando la sintió.

Ahí estaba, acomodada, paciente, silenciosa hasta que él lo decidiera. Con su sensual silueta acinturada y de pronunciadas curvas. Se le quedaba mirando fijamente esperando ser ella la que pudiera sanar el dolor que le embriagaba más que el alcohol.

Sin pensarlo dos veces, el hombre tomó a su compañera por el brazo y la jaló hacía sí mismo hasta sentarla en sus piernas, con la sensual ternura que se lo merece puso su palma abierta sobre el centro de la femenina figura y ella lo recibió. Fue cuando ya no pudo más y la apretó tratando de ahogar un aullido que se perdía en el sollozo. Como lo hace una fiera herida que busca una guarida en la que pueda lamerse la llaga recién hecha.

Fue así como ella le susurró al oído una sola nota de su voz y así empezó la bohemia de aquella noche, en honor a la ingrata que partió. Con letras dolidas de otros caballeros que pasaron por el mismo pesar, pero se consolaron con diferentes pensamientos. La gran mayoría aduciendo al perdón en nombre del amor que se tenía.

“Aunque tú me has echado en el abandono, aunque ya han muerto todas mis ilusiones, en vez de maldecirte con justo encono en mis sueños te colmo de bendiciones”, fue lo primero que se escapó de su voz y, de su guitarra, voló la melodía acompañante cual gaviota sobre la playa de dorada arena.

Un apesadumbrado que compartía una tragedia similar, le arrimó una copa más y así se manifestó la siguiente dedicación: “Una copa más le brindo al despedirnos, una copa más que nos hará olvidar, una copa más tal vez un poco amarga, por nuestro gran cariño que nunca volverá, una copa más”.

Y en un acto de reclamo y resignación aquel bohemio requirió a la mujer diciéndole que “…se te olvida que me quieres a pesar de lo que dices pues llevamos en el alma cicatrices imposibles de borrar. Se te olvida que hasta puedo hacerte mal si me decido pues tu amor lo tengo muy comprometido, pero a fuerza no será…”

En ese vaivén de letras y de música, la botella se fue vaciando, tal vez porque todo se volvió vapor. Mas en el último trago, los tres o cuatro que ya lo rodeaban cantaron al unísono “…ya todo lo llenas tú, yo no soy nada en ti y te voy a dejar, al fin tú eres feliz y no lo vas a notar. Soy dolor que nunca te ha dolido, soy amor que a fuerza se ha metido, soy una simple comparsa y por eso me voy. No sufriré tu altivez, aunque puedas vivir con el mundo a tus pies, si mi más grande amor tan pequeño lo ves. Me haces menos y ese es mi coraje y si no te gusta lo que traje, adiós. De algún modo seguiré mi viaje”.

Guardó a su compañera en el estuche. Dejó un billete bajo la botella y con las primeras luces del sol emergiendo de la playa emprendió su marcha con rumbo incierto hasta que el dolor y la melancolía le pidan, nuevamente, detenerse para ver una baraja, trovar una canción y beber una copa de vino.

Ya se acerca el Festival del Bolero querido lector. Nuestro amigo Enrique Esqueda ya hizo la primera llamada. Piezas como las descritas de la inspiración de tantos autores podrá usted escuchar gracias a la interpretación de excelentes músicos de nuestra zona. Asista, es buen momento para la bohemia y para el amor.

¡Hasta la próxima!
Escríbame a licajimenezmcc@hotmail.com y recuerde, para mañana ¡Despierte, no se duerma que será un gran día!