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Todo menosprecio implica un desdén, incluso un desprecio

  • Raúl J. Nava Gutiérrez

Ayer me refería al desdén que nuestros equipos mexicanos muestran por su cantera. Y al hablar de eso, me vino a la memoria el caso de Jesús Manuel Corona, el famoso “Tecatito”, a quien su hada madrina lo rescató de la ignominia en que se encontraba con el Monterrey. Y sin querer, apareció la otra cara de la moneda, la de los Tigres. ¡Oh! coincidencia. Tengo en mis manos el reportaje aquel, alusivo al debut de un chaparro de apariencia inofensiva, que vio cumplido su sueño más grande de su vida, debutar en el futbol profesional, pero miren de qué manera, pues el juego de su debut era el número 87 del clásico regiomontano.

Apenas con 20 años, cuando se jugaba el minuto 63, el cuarto oficial comunicaba al árbitro central el ingreso de Francisco Acuña en sustitución de Julio Aguilar. Esto jamás lo hubiera hecho “El Tuca” Ferreti, pero para fortuna de Acuña, el equipo era dirigido por Manuel Lapuente, quien le preguntó al muchacho si se sentía apto para responder bien en un enfrentamiento tan importante. Ya antes de salir a la banca, Lapuente le adviretió: “Si entras, ¿vas a hacer lo mismo que en Dallas?”, ya que en un juego amistoso en esa ciudad lo había hecho muy bien. El joven respondió: Sí señor, déme la oportunidad.

27 minutos fueron suficientes para que el irreverente y jacarandoso juvenil, para entrar por la puerta grande a la máxima categoría, generó dos tiros libres y un penalti que terminaron en gol y, cuando terminaba el partido marcó el primer gol de su incipiente carrera. Este fue el premio a su larga espera de tres años de su llegada al club, desde su natal Hermosillo, una ciudad que fue pareja a repartir sus bienes, uno para Rayados, otro para Tigres, uno con una “Hada” que lo amadrinó y, el otro huérfano del que ya no he sabido nada de su carrera futbolística. Dos equipos gloriosos, dos padres irresponsables.

Yo, rayado de corazón, me quedé helado cuando vi que aquella insignificante figura destrozaba facilmente a toda la defensa rayada, que hasta ese momento se había mantenido insuperable, pero luego por ahí en los límites del área, intentando detenerlo lo faulean, para que de ahí se origine un gol, muy pronto, el chaparro vuelve a incurrir en sus diabólicas gambetas, para que nuevamente los Rayados lo detengan con una carga que dada la diferencia de carrocerías, lucía criminal, penal para otro gol felino. Y el acabóse llegó igual que las estrepitosas evoluciones del violín de Igor o, su hermano David Oiztrach en el “Verano” de las Cuatro Estaciones de Antonio Vivaldi. Y todo esto en el inolvidable Estadio Tecnológico, casa de los Rayados de Monterrey.

Acostumbrado a ver partidos completos, mi visión rayada dolía tanto como suele suceder después de una de mis largas desveladas pensando en cómo pagar mis deudas. Pero aquello era una realidad, ante los ojos de todos, aparecía la figura pequeña de una gigantesca promesa, que amarilla o rayada, era producto de la formación de jugadores mexicanos, que por aquel tiempo prometiera tanto al futbol merxicano y, que tanto desdeña el “Tuca”, recordemos los casos de Pulido, Espiricueta y Briseño, que tanto molestaron al “Tuca” al cometer la irreverencia de irse a Europa, molestia que tocó igual a la directiva felina.

A Pepe Treviño, en aquel tiempo técnico de la filial de Tigres en Primera “A”, no le extrañó la actuación de su pupilo en aquel clásico norteño, detallando así las condiciones del chico: destacando su habilidad para desequilibrar a las defensas opositoras, cuenta con mucha rapidez y, su conducción con la pelota pegada al pie nos hace recordar al “Cabrito” Rodríguez y al tampiqueño Mundo Marón, ejecutando cambios de dirección complicadísimos para cualquier defensiva.

Acuña, igual que Espiricueta, Briseño y Pulido, salió de Tigres ante la falta de oportunidades, llegando a Toluca, en donde Gallegos (Tolo) le dio buen uso, pasando luego a Peckerman, a quien también fue de utilidad. Entonces “Tuca” llegó a Toluca y Acuña fue a la banca para dar cabida a Danilinho, paisano de Ferreti y, ahi va el “Jicamita” para el San Luis, Atlante, Morelia, Puebla, Lobos BUAP y nuevamente a Puebla, conservando aún sus cualidades, pero muy lejos de los reflectores de otros, como Jesús Molina, que supo sacudirse la influencia de Tigres para irse al América, Santos y, quién lo dijera, Monterrey, rival en turno de Tigres, situación tan distinta, que siendo suplente en Rayados, continúa presente en la nominación de Juan Carlos Osorio.

Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León, con dinero suficiente para costear al más calificado cuerpo de formación de jugadores, llega a esta su enésima final sin tener en su alineación a un solo jugador de su rica cantera, como si tuvieran un acuerdo con sus antagónicos coterráneos, los Rayados de Monterrey, que les prohibiera hacer uso de jugadores producidos por sus canteras… Contradictorio, muy contradictorio, ¿no les parece así?

Hasta pronto amigo.