/ jueves 6 de junio de 2019

De la demencia por aprender

A los doce admiraba a Einstein, a Napoleón, a Camus, a Shakespeare y a José Ingenieros, cada uno representaba la inteligencia, la valentía y estrategia, el análisis de la belleza de las letras y la sabiduría de la vida.

Dejaba en aquellos tiempos que mi mente se inundara de las ideas e ideales que otros habían logrado, ellos eran mis ídolos en 1983 cuando seguía viendo con ojos niños al mundo.

Al cumplir 12 años una nueva puerta se abrió ante mí, el análisis y el razonamiento tomaron su lugar haciendo a un lado la mera especulación visual y así pude absorber y entender lo que implicaba la llegada de las computadoras, la aplicación de los primeros lenguajes de aquellas máquinas que debí estudiar a instancia de mi madre, sin dejar a un lado mi gusto infantil por “El Gordo” y “El Flaco”, pero cómo dejar a un lado la serie “Cosmos” con el gran científico Carl Sagan; me recuerdo apuntar en una pequeña libreta todo lo que podía y absorbía de aquel programa, recuerdo que si me iba a la cama sin haber aprendido algo ese día me sentía fatal.

El hambre por el conocimiento, por el simple hecho de descubrir, es el ímpetu mismo de la ciencia, es lo que sostiene el desarrollo de los pueblos, es la utilización del pensar en pro de la expansión cultural propia.

La instrucción básica que se recibe en la escuela debería ser el detonante de desear aprender y seguir aprendiendo… harta estoy de escuchar necedades como “chango viejo no aprende maroma nueva”, “para aprender están los nuevos, uno ya va de salida, ya para qué”, frases lamentables que denotan el cansancio prematuro, el hastío por la existencia misma ocasionado por la falta de conocimiento y la renuencia al aprendizaje, que provoca la disminución de nuestro deseo de expander nuestra mente convirtiendo nuestra vida en un círculo vicioso rutinario y vacío.

Pensar implica un proceso deductivo, una búsqueda consciente de un por qué y un para qué de las cosas por el simple hecho de desear hacerlo y no para que los demás lo aplaudan o para superarlos, sino para enriquecer nuestra mente por el placer de hacerlo.

Comprobado está que el aprendizaje continuo evita el deterioro de las neuronas, el mirar con los ojos niños al mundo todos los días nos despierta la curiosidad que alguna vez tuvimos y que hoy yace dormida en un rincón de nuestra mente por el temor a que nos llamen dementes.

A los doce admiraba a Einstein, a Napoleón, a Camus, a Shakespeare y a José Ingenieros, cada uno representaba la inteligencia, la valentía y estrategia, el análisis de la belleza de las letras y la sabiduría de la vida.

Dejaba en aquellos tiempos que mi mente se inundara de las ideas e ideales que otros habían logrado, ellos eran mis ídolos en 1983 cuando seguía viendo con ojos niños al mundo.

Al cumplir 12 años una nueva puerta se abrió ante mí, el análisis y el razonamiento tomaron su lugar haciendo a un lado la mera especulación visual y así pude absorber y entender lo que implicaba la llegada de las computadoras, la aplicación de los primeros lenguajes de aquellas máquinas que debí estudiar a instancia de mi madre, sin dejar a un lado mi gusto infantil por “El Gordo” y “El Flaco”, pero cómo dejar a un lado la serie “Cosmos” con el gran científico Carl Sagan; me recuerdo apuntar en una pequeña libreta todo lo que podía y absorbía de aquel programa, recuerdo que si me iba a la cama sin haber aprendido algo ese día me sentía fatal.

El hambre por el conocimiento, por el simple hecho de descubrir, es el ímpetu mismo de la ciencia, es lo que sostiene el desarrollo de los pueblos, es la utilización del pensar en pro de la expansión cultural propia.

La instrucción básica que se recibe en la escuela debería ser el detonante de desear aprender y seguir aprendiendo… harta estoy de escuchar necedades como “chango viejo no aprende maroma nueva”, “para aprender están los nuevos, uno ya va de salida, ya para qué”, frases lamentables que denotan el cansancio prematuro, el hastío por la existencia misma ocasionado por la falta de conocimiento y la renuencia al aprendizaje, que provoca la disminución de nuestro deseo de expander nuestra mente convirtiendo nuestra vida en un círculo vicioso rutinario y vacío.

Pensar implica un proceso deductivo, una búsqueda consciente de un por qué y un para qué de las cosas por el simple hecho de desear hacerlo y no para que los demás lo aplaudan o para superarlos, sino para enriquecer nuestra mente por el placer de hacerlo.

Comprobado está que el aprendizaje continuo evita el deterioro de las neuronas, el mirar con los ojos niños al mundo todos los días nos despierta la curiosidad que alguna vez tuvimos y que hoy yace dormida en un rincón de nuestra mente por el temor a que nos llamen dementes.

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