/ domingo 30 de junio de 2019

Hojas de Papel Volando | ¡Pásele! ¡Pásele! ¡Aquí no le cuesta nada comprar!

Para muchos es toda una fiesta ir a la compra en los lugares abiertos y con vista a los alimentos que están a la mano y poder tocarlos, poder escoger lo que uno quiere y poder oler y decir que esto es para mí

No me diga que usted no ha ido a un mercado mexicano: ya tianguis, ya mercado público, ya plaza… en donde lo mismo conviven naranjas dulces, limón partido...con jitomates, cebollas, chiles de todos los picores, que hacen mirar al infierno y sus diablillos, hierbas finas, carne-comida-sustento… y aromas a delicias del campo y delicias de lo que habrá de ser el alimento nuestro de cada día… ¡El olor de las guayabas, los mangos, las guanábanas! ¡Y sus colores! Todo el universo cromático ahí mismo, a ojos vista.

Y no me diga que si va al tianguis-mercado público-plaza no se anima su corazón al paso de: “¡Pásale, pásele, marchanta! ¡Güerita, güerita, pásele, pásele! ¡Por preguntar no se cobra! ¡Bara, bara, bara que sí! ¡Sí hay, sí hay… y bien! ¡Ahí le va su pilón! ¡¡Llévele, llévele, jefecito, llévele! ¡Pruebe, sin compromiso! ¡¡Aquí está su rorro con todo bueno, bonito y barato! ¡Chécale carnal-carnala!… ¡Ese güerito de los lentes… mire-mire…!...” Toda una sinfonía de palabras, frases, cordialidad y hasta picardía, porque de eso se trata en un tianguis hecho con la más histórica alegría mexicana.

Para muchos es toda una fiesta ir a la compra en los lugares abiertos y con vista a los alimentos que están a la mano y poder tocarlos, poder escoger lo que uno quiere y poder oler y decir que esto es para mí, para mi familia para la mesa de amigos y porque aquí está lo que nos llega del campo o de la granja o de los pastizales y del mar: todo junto en unos cuantos metros cuadrados de idas y vueltas y de pararse acá o allá para ver-tocar (no tocar), preguntar, regatear y guardar en la bolsa del mandado y así pasear por esa galería de arte, color y música.

Foto: Cuartoscuro

José Moreno Villa, el escritor español que llegó al país con el exilio republicano,escribió en su “Cornucopia mexicana” que a México se le conoce y se le quiere por sus mercados:

“La vendedora nos ofreció unos banquillos muy bajos para poder examinar sus géneros extendidos en el suelo. Y [Pedro] Salinas exclamaba a cada momento: “¿No es un encanto comprar así, en plena calle, sentado bajo un toldo y sin prisas ni abusos?” (...)“Entre los puestos andan o duermen los perros. Despachan mujeres de abundantes carnes, que mientras no tienen parroquianos, amamantan a sus chamacos. El colorido de los puestos es variado pero, por si no bastan los colores de los dulces, cuelgan de las paredes abigarrados cartones de lotería con premios en juguetes entre tiras de plata y oro”

Y qué tal Pablo Neruda que afirma: “Fui de mercado en mercado por años enteros, porque México está en sus mercados” ... O Katherine Ann Porter (la de “La nave de los tontos”) que se perdía el día entero en “los tianguis mexicanos” ya en la Ciudad de México como también en Oaxaca... Y muchos más que llegan “de fuera” y lo primero que buscan es ir a los mercados mexicanos, porque ahí está el espejo nuestro de cada día, lo que nos distingue, nos hace cultura e historia...

Antes de que llegaran por acá los españoles había en lo que era el Valle de Anáhuac unos ‘tianguiztli’, hoy tianguis, en los que gente de distintos lugares intercambiaba distintos productos y oficios.

Foto: Cuartoscuro

Por entonces predominaba el “trueque” que era el cambalache de un producto por otro necesario; o la venta a cambio de ‘xiquipiles’ de cacao (equivalían a unos 8 mil granos de cacao) o ‘quachtli’ que eran mantas de algodón también utilizadas como pago.

Había mercados en Tenochtitlan con productos que llegaban por los canales desde Xochimilco, o bien el enorme y admirado mercado de Tlatelolco: En la “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” Bernal Díaz del Castillo describe:

“Y desde que llegamos a la gran plaza, que se dice el Tatelulco, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en ella había y del gran concierto y regimiento que en todo tenían ... Tenían situados y señalados sus asientos... Vendía ropa de algodón y cosas de hilo torcido, y cacahuteros que vendían cacao, o frijoles y chía y otras legumbres y yerbas de otra parte. Vendía gallinas, gallos de papada, conejos, liebres, venados y anadones, perrillos y otras cosas de este arte...“

El mercado de Tlatelolco estaba al noroeste del Templo Mayor de Tenochtitlan; pero también había vendimia en la plaza mayor. Con el paso del tiempo y para regular estas ventas, los españoles concentraron este intercambio en tendajones –en donde se tendían los productos, ya bajo techo— o estanquillos con bienes y servicios, o bien el gobierno virreinal concentraba productos, como el maíz, que vendía luego por su propia cuenta...

Poco a poco, para organizar este comercio indispensable, se dio forma a los mercados. Espacios ya cerrados en los que se vendían todos los productos bajo cierto orden y con precios regulados, lo cual no era extraño porque en los mercados prehispánicos existía en los tianguis la figura del juez que resolvía sobre conflictos de precios, calidad de bienes y castigaba abusos...

Los portales de las plazas eran dispuestos para la venta de productos al modo de tianguis y de mercado. Se concentraron vendedores en centros de acopio y venta como el de “El Volador” que estaba a un costado del Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional. O ElParián...

Los tianguis y mercados eran casi lo mismo, como ‘las plazas’, que se tendían en ellas, en las plazas de todo el país, con productos y servicios. Todavía hoy.

Durante el siglo XX la idea de los tianguis prevaleció –como hoy mismo-, pero éstos preferentemente fueron regulados y puestos bajo controles de gobierno en mercados públicos, construidos sobre todo después de 1930, uno de ellos, cuya estructura y composición es una obra de arte arquitectónica y artística –por los murales que contiene aun- es el Mercado Abelardo Rodríguez en el centro de la Ciudad de México.

Proliferaron a mediados del siglo pasado la construcción de mercados públicos en distintas capitales del país, aunque prevalecía la idea de la venta directa a cielo abierto, como es el caso de mercados en Chiapas y muy especialmente en Oaxaca...

... Cuyos ‘días de plaza’ son marcados para la llegada de compradores locales, como también para la visita de turistas nacionales o extranjeros para acercarse y ver ese intercambio no sólo de mercancías, sino lingüístico y cultural como humano e histórico: como debe ser, y es, un ‘día de plaza’ mexicano y oaxaqueño:

Los viernes en Ocotlán; los sábados en Oaxaca de Juárez, los domingos en Tlacolula, a donde llega, en multitudes, gente de las comunidades rurales para ofrecer sus productos recién cortados, recién elaborados y a precios ‘que ni los supermercados tienen’: flores de mil colores y frescas; frutas de la región, semillas como cacao, frijol, garbanzo, yerbas aromáticas como el albahaca que todo lo impregna, el orégano que da sabor, la yerbabuena, el romero... gallos, gallinas, pollos, cerdos ‘en pie, o en canal’, sandalias de piel, mantas de colores, ropa de todos los días y para domingo y alimentos que sólo ahí se saben cocinar ‘como Dios manda’: todo dispuesto ahí.

Foto: Especial

Ir al tianguis, al mercado público, a la plaza, es un día de fiesta es un viaje insospechado por todo lo que se ve y se prueba, se toca y no se toca. Es, sí, el encuentro entre seres humanos que no pueden vivir sin acercarse y platicar mientras se discute con la ‘marchanta’ (que viene de ‘mercante’) para que le baje un poco al precio de su producto. Ella, antemano, lo había subido a sabiendas de que habría negociación. Y al final, todos felices.

Luego, a finales de los cuarenta en México, aparecieron los “supermercados”, las tiendas de “autoservicio” los espacios asépticos y sin aromas; en donde la pulcritud y la facilidad de la compra están a la mano... Si. Pero esa es otra historia...

Así que mientras son peras o perones, pásele a la barrido para conocer a esa mexicana que fruta vendía, ‘ciruela, chabacano, melón o sandía’ en el tianguis, mercado sobre ruedas, mercado público o a la plaza del lugar: ahí está México y todos juntos al grito de: “¡ese güerito de lentes -¿güerito?- pásele, pásele, aquí no le cuesta nada comprar...!”.

No me diga que usted no ha ido a un mercado mexicano: ya tianguis, ya mercado público, ya plaza… en donde lo mismo conviven naranjas dulces, limón partido...con jitomates, cebollas, chiles de todos los picores, que hacen mirar al infierno y sus diablillos, hierbas finas, carne-comida-sustento… y aromas a delicias del campo y delicias de lo que habrá de ser el alimento nuestro de cada día… ¡El olor de las guayabas, los mangos, las guanábanas! ¡Y sus colores! Todo el universo cromático ahí mismo, a ojos vista.

Y no me diga que si va al tianguis-mercado público-plaza no se anima su corazón al paso de: “¡Pásale, pásele, marchanta! ¡Güerita, güerita, pásele, pásele! ¡Por preguntar no se cobra! ¡Bara, bara, bara que sí! ¡Sí hay, sí hay… y bien! ¡Ahí le va su pilón! ¡¡Llévele, llévele, jefecito, llévele! ¡Pruebe, sin compromiso! ¡¡Aquí está su rorro con todo bueno, bonito y barato! ¡Chécale carnal-carnala!… ¡Ese güerito de los lentes… mire-mire…!...” Toda una sinfonía de palabras, frases, cordialidad y hasta picardía, porque de eso se trata en un tianguis hecho con la más histórica alegría mexicana.

Para muchos es toda una fiesta ir a la compra en los lugares abiertos y con vista a los alimentos que están a la mano y poder tocarlos, poder escoger lo que uno quiere y poder oler y decir que esto es para mí, para mi familia para la mesa de amigos y porque aquí está lo que nos llega del campo o de la granja o de los pastizales y del mar: todo junto en unos cuantos metros cuadrados de idas y vueltas y de pararse acá o allá para ver-tocar (no tocar), preguntar, regatear y guardar en la bolsa del mandado y así pasear por esa galería de arte, color y música.

Foto: Cuartoscuro

José Moreno Villa, el escritor español que llegó al país con el exilio republicano,escribió en su “Cornucopia mexicana” que a México se le conoce y se le quiere por sus mercados:

“La vendedora nos ofreció unos banquillos muy bajos para poder examinar sus géneros extendidos en el suelo. Y [Pedro] Salinas exclamaba a cada momento: “¿No es un encanto comprar así, en plena calle, sentado bajo un toldo y sin prisas ni abusos?” (...)“Entre los puestos andan o duermen los perros. Despachan mujeres de abundantes carnes, que mientras no tienen parroquianos, amamantan a sus chamacos. El colorido de los puestos es variado pero, por si no bastan los colores de los dulces, cuelgan de las paredes abigarrados cartones de lotería con premios en juguetes entre tiras de plata y oro”

Y qué tal Pablo Neruda que afirma: “Fui de mercado en mercado por años enteros, porque México está en sus mercados” ... O Katherine Ann Porter (la de “La nave de los tontos”) que se perdía el día entero en “los tianguis mexicanos” ya en la Ciudad de México como también en Oaxaca... Y muchos más que llegan “de fuera” y lo primero que buscan es ir a los mercados mexicanos, porque ahí está el espejo nuestro de cada día, lo que nos distingue, nos hace cultura e historia...

Antes de que llegaran por acá los españoles había en lo que era el Valle de Anáhuac unos ‘tianguiztli’, hoy tianguis, en los que gente de distintos lugares intercambiaba distintos productos y oficios.

Foto: Cuartoscuro

Por entonces predominaba el “trueque” que era el cambalache de un producto por otro necesario; o la venta a cambio de ‘xiquipiles’ de cacao (equivalían a unos 8 mil granos de cacao) o ‘quachtli’ que eran mantas de algodón también utilizadas como pago.

Había mercados en Tenochtitlan con productos que llegaban por los canales desde Xochimilco, o bien el enorme y admirado mercado de Tlatelolco: En la “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” Bernal Díaz del Castillo describe:

“Y desde que llegamos a la gran plaza, que se dice el Tatelulco, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en ella había y del gran concierto y regimiento que en todo tenían ... Tenían situados y señalados sus asientos... Vendía ropa de algodón y cosas de hilo torcido, y cacahuteros que vendían cacao, o frijoles y chía y otras legumbres y yerbas de otra parte. Vendía gallinas, gallos de papada, conejos, liebres, venados y anadones, perrillos y otras cosas de este arte...“

El mercado de Tlatelolco estaba al noroeste del Templo Mayor de Tenochtitlan; pero también había vendimia en la plaza mayor. Con el paso del tiempo y para regular estas ventas, los españoles concentraron este intercambio en tendajones –en donde se tendían los productos, ya bajo techo— o estanquillos con bienes y servicios, o bien el gobierno virreinal concentraba productos, como el maíz, que vendía luego por su propia cuenta...

Poco a poco, para organizar este comercio indispensable, se dio forma a los mercados. Espacios ya cerrados en los que se vendían todos los productos bajo cierto orden y con precios regulados, lo cual no era extraño porque en los mercados prehispánicos existía en los tianguis la figura del juez que resolvía sobre conflictos de precios, calidad de bienes y castigaba abusos...

Los portales de las plazas eran dispuestos para la venta de productos al modo de tianguis y de mercado. Se concentraron vendedores en centros de acopio y venta como el de “El Volador” que estaba a un costado del Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional. O ElParián...

Los tianguis y mercados eran casi lo mismo, como ‘las plazas’, que se tendían en ellas, en las plazas de todo el país, con productos y servicios. Todavía hoy.

Durante el siglo XX la idea de los tianguis prevaleció –como hoy mismo-, pero éstos preferentemente fueron regulados y puestos bajo controles de gobierno en mercados públicos, construidos sobre todo después de 1930, uno de ellos, cuya estructura y composición es una obra de arte arquitectónica y artística –por los murales que contiene aun- es el Mercado Abelardo Rodríguez en el centro de la Ciudad de México.

Proliferaron a mediados del siglo pasado la construcción de mercados públicos en distintas capitales del país, aunque prevalecía la idea de la venta directa a cielo abierto, como es el caso de mercados en Chiapas y muy especialmente en Oaxaca...

... Cuyos ‘días de plaza’ son marcados para la llegada de compradores locales, como también para la visita de turistas nacionales o extranjeros para acercarse y ver ese intercambio no sólo de mercancías, sino lingüístico y cultural como humano e histórico: como debe ser, y es, un ‘día de plaza’ mexicano y oaxaqueño:

Los viernes en Ocotlán; los sábados en Oaxaca de Juárez, los domingos en Tlacolula, a donde llega, en multitudes, gente de las comunidades rurales para ofrecer sus productos recién cortados, recién elaborados y a precios ‘que ni los supermercados tienen’: flores de mil colores y frescas; frutas de la región, semillas como cacao, frijol, garbanzo, yerbas aromáticas como el albahaca que todo lo impregna, el orégano que da sabor, la yerbabuena, el romero... gallos, gallinas, pollos, cerdos ‘en pie, o en canal’, sandalias de piel, mantas de colores, ropa de todos los días y para domingo y alimentos que sólo ahí se saben cocinar ‘como Dios manda’: todo dispuesto ahí.

Foto: Especial

Ir al tianguis, al mercado público, a la plaza, es un día de fiesta es un viaje insospechado por todo lo que se ve y se prueba, se toca y no se toca. Es, sí, el encuentro entre seres humanos que no pueden vivir sin acercarse y platicar mientras se discute con la ‘marchanta’ (que viene de ‘mercante’) para que le baje un poco al precio de su producto. Ella, antemano, lo había subido a sabiendas de que habría negociación. Y al final, todos felices.

Luego, a finales de los cuarenta en México, aparecieron los “supermercados”, las tiendas de “autoservicio” los espacios asépticos y sin aromas; en donde la pulcritud y la facilidad de la compra están a la mano... Si. Pero esa es otra historia...

Así que mientras son peras o perones, pásele a la barrido para conocer a esa mexicana que fruta vendía, ‘ciruela, chabacano, melón o sandía’ en el tianguis, mercado sobre ruedas, mercado público o a la plaza del lugar: ahí está México y todos juntos al grito de: “¡ese güerito de lentes -¿güerito?- pásele, pásele, aquí no le cuesta nada comprar...!”.

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