/ martes 2 de mayo de 2023

Mauro Prosperi, el italiano que se perdió en el desierto por nueve días, ¿cómo sobrevivió?

Mauro Prosperi se perdió durante diez días en el desierto del Sahara marroquí mientras participaba en “El Maratón de las Arenas”. Descubre cómo logró sobrevivir diez días solo en esta extraña y peligrosa odisea

En 1994, Mauro Prosperi tenía 39 años, era un policía italiano, esposo y padre de familia, además de un antiguo atleta profesional. Movido por la curiosidad, decidió participar en “El Maratón de las Arenas”, un recorrido de 250 km en el desierto de Marruecos y se perdió. Durante cerca de diez días comió murciélagos y tomó su propia orina para sobrevivir.

El comienzo de la aventura

Cuando Prosperi le comentó por primera vez sobre “El Maratón de las Arenas” a su esposa Cinzia, ella pensó que él había perdido la cordura. Así lo relata en entrevista para la BBC.

Prosperi insistió en participar y comenzó el entrenamiento necesario, corría 40 kilómetros diarios y limitó su consumo de agua al mínimo para hacer frente a las condiciones extremas del desierto. El 11 de abril de 1994 estaba en la línea de salida bajo el Sol del Sahara, en Marruecos, junto a 79 competidores más.

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El Maratón de las Arenas, también conocido como “El Maratón des Sables”, es uno de los eventos deportivos más extremos de la época actual. Consiste en andar 250 kilómetros en medio del desierto. El trayecto se divide en 6 etapas, cada una de diferente extensión y duración.

La primera etapa consiste en un trayecto de 29 km; la segunda la comprenden 40 km y la tercera se conforma de 30 km. La cuarta etapa, considerada la más difícil de todas, equivale a caminar 85 km en el Sahara, teniendo un límite de tiempo de 36 horas. Fue aquí cuando Mauro Prosperi se extravió.

En medio de la cuarta etapa, el antiguo reserva de la delegación olímpica de pentatlón en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 no supo identificar cuál era el camino a seguir. Una tormenta de arena azotó durante aproximadamente ocho horas sobre el Sahari, Prosperi caminó a ciegas durante ese período.

Cuando las condiciones climáticas volvieron a la normalidad, el hombre comprendió que estaba en un serio problema. Por más que subía a las dunas intentando ver a alguien o algo, el paisaje solo ofrecía desolación. Lo cual representaba un inconveniente mayor, sin un punto de referencia, los mapas y la brújula eran inservibles.

Como pudo se orientó, por supuesto, erro los cálculos, en lugar de dirigirse hacia el nordeste, tomó rumbo hacia el este. Durante el segundo día en el desierto, desorientado, Prosperi alcanzó a ver un avión, lanzó una pequeña bengala, pero el piloto no alcanzó a percibirla.

En el tercer día, decidió beber su orina para ahorrar los suministros de agua potable. En el cuarto día, llegó a un morabito, una pequeña ermita edificada en medio de aquel paraje. Aquello le dio ánimo, por lo menos sabía que alguien algún día lo encontraría.

Permaneció en el morabito durante algún tiempo, descanso de los incandescentes rayos ultravioleta, de la temperatura por encima de los 45 °C, comió y bebió la sangre y la carne de los murciélagos que encontró. Después, al borde de la desesperación, se cortó las venas, cerró los ojos y espero el final.

Morir no es una opción

La muerte no llegó. Mauro Prosperi volvió a abrir los ojos en medio de la ermita. Entonces, decidió seguir su camino. Las provisiones se habían agotado, pero él tenía que intentarlo. Bebió su orina hasta que dejo de evacuar a causa de la deshidratación. Comió ratones y serpientes que encontró en el camino.

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Por las noches, para resistir el frío, improvisaba una tumba en el Sahara, escarbaba un hoyo y se cubría con la arena. Al octavo día encontró un oasis, pero su estómago era incapaz de dirigir alimento o bebidas. Tomó pequeños sorbos de agua, uno tras otro, hasta recobrar un poco de fuerzas y continuar.

Después de vagar por el desierto siguiendo un rastro de excremento de cabra, Prosperi se topó con una niña, quien corrió asustada al verlo. Por suerte para el hombre, ella le platicó lo sucedido a su abuela, fue así como la tribu nómada Taureg lo socorrió. Le brindaron leche de cabra y té de menta antes de llevarlo con las autoridades.

La fiebre del desierto

La odisea todavía no había finalizado. Mauro Prosperi inició “El Maratón de las Arenas” en Marruecos, pero fue encontrado en Argelia, donde lo confundieron con un espía y fue sujeto a un exhaustivo interrogatorio. Le cubrieron la cabeza y lo acusaron de enemigo de la nación, hasta que entendieron que se trataba del deportista perdido que se buscaba en el país vecino.

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Fue trasladado de la base militar donde era retenido hasta un hospital. El informe médico reveló que en los diez días del peregrinaje de Prosperi por el Sahara, él adelgazó 16 kilos y perdió cerca del 20% de masa muscular. En sus palabras a la BBC, le costó dos años recuperar un buen estado de salud.

Solo queda un pequeño detalle por agregar: Mauro Prosperi, el italiano que se perdió en el desierto y sobrevivió, el hombre que comió murciélagos y tomó su propia orina, regresó en 1998 al Sahara marroquí para participar (y ahora sí finalizar) el Maratón de las Arenas. No solo eso, ha realizado el recorrido ocho veces más. Él adjudica la decisión a la “fiebre del desierto”.

En 1994, Mauro Prosperi tenía 39 años, era un policía italiano, esposo y padre de familia, además de un antiguo atleta profesional. Movido por la curiosidad, decidió participar en “El Maratón de las Arenas”, un recorrido de 250 km en el desierto de Marruecos y se perdió. Durante cerca de diez días comió murciélagos y tomó su propia orina para sobrevivir.

El comienzo de la aventura

Cuando Prosperi le comentó por primera vez sobre “El Maratón de las Arenas” a su esposa Cinzia, ella pensó que él había perdido la cordura. Así lo relata en entrevista para la BBC.

Prosperi insistió en participar y comenzó el entrenamiento necesario, corría 40 kilómetros diarios y limitó su consumo de agua al mínimo para hacer frente a las condiciones extremas del desierto. El 11 de abril de 1994 estaba en la línea de salida bajo el Sol del Sahara, en Marruecos, junto a 79 competidores más.

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El Maratón de las Arenas, también conocido como “El Maratón des Sables”, es uno de los eventos deportivos más extremos de la época actual. Consiste en andar 250 kilómetros en medio del desierto. El trayecto se divide en 6 etapas, cada una de diferente extensión y duración.

La primera etapa consiste en un trayecto de 29 km; la segunda la comprenden 40 km y la tercera se conforma de 30 km. La cuarta etapa, considerada la más difícil de todas, equivale a caminar 85 km en el Sahara, teniendo un límite de tiempo de 36 horas. Fue aquí cuando Mauro Prosperi se extravió.

En medio de la cuarta etapa, el antiguo reserva de la delegación olímpica de pentatlón en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984 no supo identificar cuál era el camino a seguir. Una tormenta de arena azotó durante aproximadamente ocho horas sobre el Sahari, Prosperi caminó a ciegas durante ese período.

Cuando las condiciones climáticas volvieron a la normalidad, el hombre comprendió que estaba en un serio problema. Por más que subía a las dunas intentando ver a alguien o algo, el paisaje solo ofrecía desolación. Lo cual representaba un inconveniente mayor, sin un punto de referencia, los mapas y la brújula eran inservibles.

Como pudo se orientó, por supuesto, erro los cálculos, en lugar de dirigirse hacia el nordeste, tomó rumbo hacia el este. Durante el segundo día en el desierto, desorientado, Prosperi alcanzó a ver un avión, lanzó una pequeña bengala, pero el piloto no alcanzó a percibirla.

En el tercer día, decidió beber su orina para ahorrar los suministros de agua potable. En el cuarto día, llegó a un morabito, una pequeña ermita edificada en medio de aquel paraje. Aquello le dio ánimo, por lo menos sabía que alguien algún día lo encontraría.

Permaneció en el morabito durante algún tiempo, descanso de los incandescentes rayos ultravioleta, de la temperatura por encima de los 45 °C, comió y bebió la sangre y la carne de los murciélagos que encontró. Después, al borde de la desesperación, se cortó las venas, cerró los ojos y espero el final.

Morir no es una opción

La muerte no llegó. Mauro Prosperi volvió a abrir los ojos en medio de la ermita. Entonces, decidió seguir su camino. Las provisiones se habían agotado, pero él tenía que intentarlo. Bebió su orina hasta que dejo de evacuar a causa de la deshidratación. Comió ratones y serpientes que encontró en el camino.

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Por las noches, para resistir el frío, improvisaba una tumba en el Sahara, escarbaba un hoyo y se cubría con la arena. Al octavo día encontró un oasis, pero su estómago era incapaz de dirigir alimento o bebidas. Tomó pequeños sorbos de agua, uno tras otro, hasta recobrar un poco de fuerzas y continuar.

Después de vagar por el desierto siguiendo un rastro de excremento de cabra, Prosperi se topó con una niña, quien corrió asustada al verlo. Por suerte para el hombre, ella le platicó lo sucedido a su abuela, fue así como la tribu nómada Taureg lo socorrió. Le brindaron leche de cabra y té de menta antes de llevarlo con las autoridades.

La fiebre del desierto

La odisea todavía no había finalizado. Mauro Prosperi inició “El Maratón de las Arenas” en Marruecos, pero fue encontrado en Argelia, donde lo confundieron con un espía y fue sujeto a un exhaustivo interrogatorio. Le cubrieron la cabeza y lo acusaron de enemigo de la nación, hasta que entendieron que se trataba del deportista perdido que se buscaba en el país vecino.

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Fue trasladado de la base militar donde era retenido hasta un hospital. El informe médico reveló que en los diez días del peregrinaje de Prosperi por el Sahara, él adelgazó 16 kilos y perdió cerca del 20% de masa muscular. En sus palabras a la BBC, le costó dos años recuperar un buen estado de salud.

Solo queda un pequeño detalle por agregar: Mauro Prosperi, el italiano que se perdió en el desierto y sobrevivió, el hombre que comió murciélagos y tomó su propia orina, regresó en 1998 al Sahara marroquí para participar (y ahora sí finalizar) el Maratón de las Arenas. No solo eso, ha realizado el recorrido ocho veces más. Él adjudica la decisión a la “fiebre del desierto”.

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