/ viernes 21 de febrero de 2020

La juventud de su rostro y de su cuerpo enmascaraban varios siglos de misterio (Tercera parte)

De súbito, se hizo presente el técnico responsable de dar mantenimiento a los famosos murcielaguitos voladores

De súbito, se hizo presente el técnico responsable de dar mantenimiento a los famosos murcielaguitos voladores. Con paso marcial, el sujeto aquel, con uniforme de trabajo y con una gran caja de herramientas, se trasladó al sitio indicado. Por fin quedaría solucionado el problema y el retraso generado en la filmación.

Veloz, se dirigió al área en donde se filmarían las escenas de sala, en que la protagonista de la película, la muchacha buena, aparecería tocando Claro de Luna al piano, mientras se le aparecía la diosa de las vampiras.

Con el apoyo de dos personas, colocó las piezas de metal que se transformaría en una especie riel invisible de pared a pared. Con un equipo inventado por un ingeniero de Coyoacán, se desplazaría y movería, un poco de forma burda por cierto, sus alas. De esta forma crearía el efecto de “levitación” del quiróptero, antes de mutar en un infrahumano muerto viviente, con el apoyo de un efecto de transición durante el proceso final de la película.

Hicieron las pruebas y todo quedó listo. A la perfección. Se reanudaría la filmación. El tiempo en el cine es oro. Representa un gasto importante para los productores, por lo que era imperativo terminar.

Callados, todos observaron la forma en que el escenario quedó listo para la acción. María Duval, que sí sabía tocar el piano, se apoderó del instrumento musical. Comenzaron los acordes, Todos expectantes. Javier Loya, su novio en la película, escuchaba en silencio la interpretación. La escena fue espectacular. De pronto, sobre una ventana entreabierta, apareció el perfil regio, belleza imponente de Thundra. La soberana de las mujeres vampiro.

Con su cabello oscuro, sus grandes ojos esmeraldinos y su magistral actuación, Lorena dio cátedra de actuación.

Con un solo barrido de su mirada, hipnotizó a Javier y poco faltó para que Augusto Benedico perdiera la vida entre sus colmillos, pero alcanzó a proferir la letanía más recordada de la película:

“En el nombre de Dios yo te conjuro a que desaparezcas”

¿Quién era Thundra, Lorena o cual fuera su nombre real? ¿Qué poder tenía entre sus manos para mantener a todo el mundo expectante, ido, boquiabierto, con los ojos desorbitados y hasta las manos temblorosas?

-Se queda la toma-, dijo el director de escena al concluir ese ejercicio actoral.

-Bravo Lorena, eres única-, coincidió Fernando Osés, el español que era actor y guionista.

“Demuestras otra vez que eres la auténtica emperatriz del cine de horror mexicano. Por ti se llenan las salas de España, Cuba, Líbano, Inglaterra. Eres la diosa del terror”.

Así, llenándola de epítetos y elogios, el actor español avecindado en México, rendía un homenaje hasta cierto punto, harto empalagoso para doña vampira.

-Le agradezco desde lo más profundo de mi corazón sus comentarios, don Augusto. La amabilidad es sin duda, lo que le caracteriza a usted, mi distinguido y admirado señor -respondió Lorena-, ante la mirada del histrión que permanecía en silencio, inmóvil, como queriendo capturar cada instante en su memoria.

-No es para menos, Lorena—, respondió unos segundos después.

Mientras eso ocurría, un airecillo helado comenzó a sentirse al interior del foro. No era el frío típico de la época. Aunque era aún invierno, la temperatura había sido agradable.

De repente, una de las puertas del calabozo, en donde el héroe enmascarado fue capturado en escenas finales, antes de amanecer y masacrar a los pobres monstruos, se cerró intempestivamente.

El ruido sobresaltó a la inmensa mayoría. Menos a Lorena. Giró su rostro lentamente a su derecha, arqueó la ceja y dirigió su mirada al segundo piso de la locación.

-No ocurrió nada extraordinario- exclamó con su voz misteriosa y profunda, mirando a todos desde el verde de sus pupilas, que parecían contraídas, como las de un gato en medio de la oscuridad.

Faltaba muy poco para terminar la filmación. Varios de los actores y actrices se habían ido ya a sus camerinos para quitarse los vestuarios y desmaquillarse.

Los días fueron arduos. Los llamados a escena constantes y tuvieron que repetir una gran cantidad de tomas. El santito era un tipo perfeccionista hasta exagerar.

Las grabaciones se prolongaron a lo largo de varias semanas. La mayor parte de ellas fueron en las instalaciones del estudio, pero también tuvieron en exteriores.

- Lorena, en realidad ¿quién es usted?- finalmente se atrevió Augusto a preguntarle a la artista, mientras se quitaba el maquillaje con una crema humectante que anunciaba en televisión otra gloria de cine nacional.

Ella seguía en su ritual de belleza. Con un pañuelo se despojó de los restos de maquillaje, se lavó la cara con un poco de agua y enseguida, con extrema delicadeza, secó con una toalla suave de color blanco, su rostro, esa cara que tenía a todos obnubilados.

- Soy sólo una actriz. Interpreto papeles, trato de ganarme la vida y hago lo que me gusta, -contestó retadora, viéndolo a los ojos, de frente, como queriendo taladrarlo con la mirada, quizás enojada por el cuestionamiento.

A esa hora, todos se habían ido. Muchos sin despedirse, con la prisa y el cansancio acumulado del trabajo arduo que representa el séptimo arte.

El cielo se puso gris de pronto. Comenzó a llover a cántaros. Los torreones del castillo de los abedules lucían imponentes. Un rayo se reflejó en la atalaya, y las murallas parecían desgranarse con el temporal. Quizás no podría competir con la fuerza de la naturaleza.

Y sin embargo, pese a todo, Lorena lucía impasible. Ni el frío, ni el viento ni las gotas de lluvia parecían molestarle. Miraba al cielo como si fuera un sitio familiar. A juzgar por su sonrisa, los truenos parecían gustarle.

-Es usted una mujer muy extraña. Su historia me parece muy particular, llena de interrogantes, que quizás los demás no se atrevieron a plantear, pero yo sí –dijo él.

¿Estás preparado para conocer quién soy en realidad? ¿No caerás fulminado al suelo, como ha ocurrido con otros cuando supieron mi historia? ¿Estás seguro? ¿No tienes miedo? -advirtió Lorena o Thundra, al viejecito temerario que osó interrogarla-

-¡Dímelo ya! –gritó- perdiendo la compostura y tuteándola, como si se conocieran de mucho tiempo.

Al instante, Lorena levantó su rostro, altiva, bella, retadora. Sonrió. Mostró al principio una sonrisa nívea y perfecta. Manipuladora, observó con desprecio el rostro del avejentado actor. Lo envolvió con la mirada como una fiera rabiosa a su presa.

Y sí, era una vampira real, que había hallado la manera de vivir extrayendo la sangre de los humanos durante cientos de años. Había ¿vivido? más de lo que aparentaba. Su edad era incalculable. La juventud de su rostro y de su cuerpo enmascaraban varios siglos de vivir con el estigma de ser una no viva.

Con ella las cruces no servían, ni tampoco las balas de plata ni las estacas. Eran solo recursos heroicos para minimizar la trascendencia y poderío de su raza poderosa, vital, que había hallado la manera de perpetuarse a lo largo de los tiempos.

-Has sido un privilegiado. Te he dado la oportunidad de poder dialogar, convivir, incluso hasta de actuar con una auténtica vampira. Has demostrado tener valor al confrontarme. Pocos lo han hecho en la historia. No beberé de tu sangre porque es vieja y además te perdono. Solo dejaré que me veas volar. Regresaré al sitio que ocupo en la noche desde tiempos inmemoriales.

Y emprendió el vuelo, agitando de forma acompasada sus alas, que reflejaban la luz de la luna. Bella y majestuosa le dijo adiós desde lo alto.

Mientras, Augusto, seguía fijamente la silueta que surcaba el cielo, la de Lorena, la mujer vampira que lo perdonó, a pesar der haber descubierto su secreto.

Era una vampira real, que había hallado la manera de vivir extrayendo la sangre de los humanos durante cientos de años. Había ¿vivido? más de lo que aparentaba. Su edad era incalculable. La juventud de su rostro y de su cuerpo enmascaraban varios siglos de vivir con el estigma de ser una no viva.

De súbito, se hizo presente el técnico responsable de dar mantenimiento a los famosos murcielaguitos voladores. Con paso marcial, el sujeto aquel, con uniforme de trabajo y con una gran caja de herramientas, se trasladó al sitio indicado. Por fin quedaría solucionado el problema y el retraso generado en la filmación.

Veloz, se dirigió al área en donde se filmarían las escenas de sala, en que la protagonista de la película, la muchacha buena, aparecería tocando Claro de Luna al piano, mientras se le aparecía la diosa de las vampiras.

Con el apoyo de dos personas, colocó las piezas de metal que se transformaría en una especie riel invisible de pared a pared. Con un equipo inventado por un ingeniero de Coyoacán, se desplazaría y movería, un poco de forma burda por cierto, sus alas. De esta forma crearía el efecto de “levitación” del quiróptero, antes de mutar en un infrahumano muerto viviente, con el apoyo de un efecto de transición durante el proceso final de la película.

Hicieron las pruebas y todo quedó listo. A la perfección. Se reanudaría la filmación. El tiempo en el cine es oro. Representa un gasto importante para los productores, por lo que era imperativo terminar.

Callados, todos observaron la forma en que el escenario quedó listo para la acción. María Duval, que sí sabía tocar el piano, se apoderó del instrumento musical. Comenzaron los acordes, Todos expectantes. Javier Loya, su novio en la película, escuchaba en silencio la interpretación. La escena fue espectacular. De pronto, sobre una ventana entreabierta, apareció el perfil regio, belleza imponente de Thundra. La soberana de las mujeres vampiro.

Con su cabello oscuro, sus grandes ojos esmeraldinos y su magistral actuación, Lorena dio cátedra de actuación.

Con un solo barrido de su mirada, hipnotizó a Javier y poco faltó para que Augusto Benedico perdiera la vida entre sus colmillos, pero alcanzó a proferir la letanía más recordada de la película:

“En el nombre de Dios yo te conjuro a que desaparezcas”

¿Quién era Thundra, Lorena o cual fuera su nombre real? ¿Qué poder tenía entre sus manos para mantener a todo el mundo expectante, ido, boquiabierto, con los ojos desorbitados y hasta las manos temblorosas?

-Se queda la toma-, dijo el director de escena al concluir ese ejercicio actoral.

-Bravo Lorena, eres única-, coincidió Fernando Osés, el español que era actor y guionista.

“Demuestras otra vez que eres la auténtica emperatriz del cine de horror mexicano. Por ti se llenan las salas de España, Cuba, Líbano, Inglaterra. Eres la diosa del terror”.

Así, llenándola de epítetos y elogios, el actor español avecindado en México, rendía un homenaje hasta cierto punto, harto empalagoso para doña vampira.

-Le agradezco desde lo más profundo de mi corazón sus comentarios, don Augusto. La amabilidad es sin duda, lo que le caracteriza a usted, mi distinguido y admirado señor -respondió Lorena-, ante la mirada del histrión que permanecía en silencio, inmóvil, como queriendo capturar cada instante en su memoria.

-No es para menos, Lorena—, respondió unos segundos después.

Mientras eso ocurría, un airecillo helado comenzó a sentirse al interior del foro. No era el frío típico de la época. Aunque era aún invierno, la temperatura había sido agradable.

De repente, una de las puertas del calabozo, en donde el héroe enmascarado fue capturado en escenas finales, antes de amanecer y masacrar a los pobres monstruos, se cerró intempestivamente.

El ruido sobresaltó a la inmensa mayoría. Menos a Lorena. Giró su rostro lentamente a su derecha, arqueó la ceja y dirigió su mirada al segundo piso de la locación.

-No ocurrió nada extraordinario- exclamó con su voz misteriosa y profunda, mirando a todos desde el verde de sus pupilas, que parecían contraídas, como las de un gato en medio de la oscuridad.

Faltaba muy poco para terminar la filmación. Varios de los actores y actrices se habían ido ya a sus camerinos para quitarse los vestuarios y desmaquillarse.

Los días fueron arduos. Los llamados a escena constantes y tuvieron que repetir una gran cantidad de tomas. El santito era un tipo perfeccionista hasta exagerar.

Las grabaciones se prolongaron a lo largo de varias semanas. La mayor parte de ellas fueron en las instalaciones del estudio, pero también tuvieron en exteriores.

- Lorena, en realidad ¿quién es usted?- finalmente se atrevió Augusto a preguntarle a la artista, mientras se quitaba el maquillaje con una crema humectante que anunciaba en televisión otra gloria de cine nacional.

Ella seguía en su ritual de belleza. Con un pañuelo se despojó de los restos de maquillaje, se lavó la cara con un poco de agua y enseguida, con extrema delicadeza, secó con una toalla suave de color blanco, su rostro, esa cara que tenía a todos obnubilados.

- Soy sólo una actriz. Interpreto papeles, trato de ganarme la vida y hago lo que me gusta, -contestó retadora, viéndolo a los ojos, de frente, como queriendo taladrarlo con la mirada, quizás enojada por el cuestionamiento.

A esa hora, todos se habían ido. Muchos sin despedirse, con la prisa y el cansancio acumulado del trabajo arduo que representa el séptimo arte.

El cielo se puso gris de pronto. Comenzó a llover a cántaros. Los torreones del castillo de los abedules lucían imponentes. Un rayo se reflejó en la atalaya, y las murallas parecían desgranarse con el temporal. Quizás no podría competir con la fuerza de la naturaleza.

Y sin embargo, pese a todo, Lorena lucía impasible. Ni el frío, ni el viento ni las gotas de lluvia parecían molestarle. Miraba al cielo como si fuera un sitio familiar. A juzgar por su sonrisa, los truenos parecían gustarle.

-Es usted una mujer muy extraña. Su historia me parece muy particular, llena de interrogantes, que quizás los demás no se atrevieron a plantear, pero yo sí –dijo él.

¿Estás preparado para conocer quién soy en realidad? ¿No caerás fulminado al suelo, como ha ocurrido con otros cuando supieron mi historia? ¿Estás seguro? ¿No tienes miedo? -advirtió Lorena o Thundra, al viejecito temerario que osó interrogarla-

-¡Dímelo ya! –gritó- perdiendo la compostura y tuteándola, como si se conocieran de mucho tiempo.

Al instante, Lorena levantó su rostro, altiva, bella, retadora. Sonrió. Mostró al principio una sonrisa nívea y perfecta. Manipuladora, observó con desprecio el rostro del avejentado actor. Lo envolvió con la mirada como una fiera rabiosa a su presa.

Y sí, era una vampira real, que había hallado la manera de vivir extrayendo la sangre de los humanos durante cientos de años. Había ¿vivido? más de lo que aparentaba. Su edad era incalculable. La juventud de su rostro y de su cuerpo enmascaraban varios siglos de vivir con el estigma de ser una no viva.

Con ella las cruces no servían, ni tampoco las balas de plata ni las estacas. Eran solo recursos heroicos para minimizar la trascendencia y poderío de su raza poderosa, vital, que había hallado la manera de perpetuarse a lo largo de los tiempos.

-Has sido un privilegiado. Te he dado la oportunidad de poder dialogar, convivir, incluso hasta de actuar con una auténtica vampira. Has demostrado tener valor al confrontarme. Pocos lo han hecho en la historia. No beberé de tu sangre porque es vieja y además te perdono. Solo dejaré que me veas volar. Regresaré al sitio que ocupo en la noche desde tiempos inmemoriales.

Y emprendió el vuelo, agitando de forma acompasada sus alas, que reflejaban la luz de la luna. Bella y majestuosa le dijo adiós desde lo alto.

Mientras, Augusto, seguía fijamente la silueta que surcaba el cielo, la de Lorena, la mujer vampira que lo perdonó, a pesar der haber descubierto su secreto.

Era una vampira real, que había hallado la manera de vivir extrayendo la sangre de los humanos durante cientos de años. Había ¿vivido? más de lo que aparentaba. Su edad era incalculable. La juventud de su rostro y de su cuerpo enmascaraban varios siglos de vivir con el estigma de ser una no viva.

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