/ sábado 27 de marzo de 2021

[Video] Las escolleras: la muralla que vio nacer una ciudad

La compañía Ferrocarril Central Mexicano obtuvo en 1888 el contrato de construcción y ésta subcontrató a su vez a la Louisiana Jetty and Lighterage Company

Nada más llegar, cambia el semblante. Las olas, la brisa, la música, el bullicio, los pescadores, las bicicletas, los mapaches y los barcos que las cruzan se conjugan en un espectáculo único, pasando de ser una mera estructura industrial al paseo más tradicional y familiar por excelencia en la zona.

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Hechas para darle vida al puerto de Tampico, las escolleras de Miramar fueron parte de un conjunto de obras que se realizaron durante el porfiriato con el objetivo de reforzar la aduana marítima en el naciente puerto, lo que ayudó a generar la riqueza de la región y generó el nacimiento de otro municipio.

Las obras iniciaron en el año de 1890 con el dragado del río Pánuco. La compañía Ferrocarril Central Mexicano obtuvo en 1888 el contrato de construcción y ésta subcontrató a su vez a la Louisiana Jetty and Lighterage Company para realizar el proyecto que llevó cinco años.

En un principio se proyectó que el rompeolas llegara a los mil 800 metros, pero terminó en mil 340 metros en una y mil 400 en la paralela. El contrato del Ferrocarril Central Mexicano preveía también la construcción de una vía férrea que originalmente se realizó para el traslado de las rocas hasta La Barra. Más tarde, la compañía ferroviaria fundó en la ribera del Pánuco sus instalaciones: los muelles La Barra y Doña Cecilia, talleres, la “casa redonda”, bodegas y un edificio fiscal.

La extensión de la vía férrea cambió el modo de ordenamiento del espacio y el territorio surgió. La infraestructura ferroviaria y portuaria sirvió de columna vertebral a una serie de espacios que llegaron a conformar un sistema que alteró la forma de la ciudad, naciendo en pocos años más Madero.

Fue de la zona de El Abra, cerca de Tamuín, desde donde se trajeron las estructuras y las piedras que conformarían las murallas para dividir el río Pánuco de las corrientes del golfo de México, trabajando en ello miles de obreros, construyéndose chozas y casas a lo largo de los 11 kilómetros de caminos establecidos por el ferrocarril entre Tampico y la escollera norte.

“Cuando las familias empezaron a acudir de forma constante, las escolleras no estaban pavimentadas y los vehículos podían transitar por arriba. Durante las décadas de 1980 y 1990 era muy normal ya irse en la noche al malecón, como le decían antes, con música, con bebidas, al ser un punto de reunión muy popular”.

Comenta Carolina Infante Pacheco, cronista de Ciudad Madero quien menciona que “durante la administración de Jaime Turrubiates, en coordinación con la Administración Portuaria Industrial (API) se hizo la restauración por primera vez pavimentado e instalando bancas y miradores”.

Así lucían las escolleras en 1900 | Archivo Mediateca INAH

A raíz de eso, agrega, “se comienza a consolidar como un paseo constante y a promocionar como atractivo, volviendo totalmente peatonal la escollera norte, con inversiones en diversas obras para hacer el paseo cada vez atractivo, tan es así que durante mucho tiempo se ponían marimbas y otros músicos los domingos”.

Sobre las piedras de estas estructuras se forjó también una historia que ha provocado la atención internacional en Miramar, de una base ovni que protege de ciclones esta zona. Aún se desconoce cómo nació, pero ahora vive en el imaginario colectivo y pareciera que cada “norte” trae nuevas historias sobre los platillos voladores que al igual que los mapaches son ya íconos de Madero.

Existe una zona donde se han depositado cenizas de personas, pero también han creado mitos y leyendas en torno a estas estructuras que se integraron como un paseo cotidiano | Vladimir Meza, El Sol de Tampico

Ahora pobladas por personajes de películas, comercios, monumentos y algunos dicen que hasta ovnis, las escolleras han dado paso a una zona emblemática del sur de Tamaulipas, traspasando las fronteras, no solo geográficas sino de la imaginación, para ser fruto de interminables historias.

“Soy vecino del mar, la brisa me da de frente, la brisa me da de frente cuando me pongo a cantar”, dónde si no en las escolleras, pudo haber imaginado esta frase el doctor Sierra Flores, ¿cuántos sueños, amores, penas y esperanzas se han despedido ahí y cuántos otros todavía no llegan?

Nada más llegar, cambia el semblante. Las olas, la brisa, la música, el bullicio, los pescadores, las bicicletas, los mapaches y los barcos que las cruzan se conjugan en un espectáculo único, pasando de ser una mera estructura industrial al paseo más tradicional y familiar por excelencia en la zona.

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Hechas para darle vida al puerto de Tampico, las escolleras de Miramar fueron parte de un conjunto de obras que se realizaron durante el porfiriato con el objetivo de reforzar la aduana marítima en el naciente puerto, lo que ayudó a generar la riqueza de la región y generó el nacimiento de otro municipio.

Las obras iniciaron en el año de 1890 con el dragado del río Pánuco. La compañía Ferrocarril Central Mexicano obtuvo en 1888 el contrato de construcción y ésta subcontrató a su vez a la Louisiana Jetty and Lighterage Company para realizar el proyecto que llevó cinco años.

En un principio se proyectó que el rompeolas llegara a los mil 800 metros, pero terminó en mil 340 metros en una y mil 400 en la paralela. El contrato del Ferrocarril Central Mexicano preveía también la construcción de una vía férrea que originalmente se realizó para el traslado de las rocas hasta La Barra. Más tarde, la compañía ferroviaria fundó en la ribera del Pánuco sus instalaciones: los muelles La Barra y Doña Cecilia, talleres, la “casa redonda”, bodegas y un edificio fiscal.

La extensión de la vía férrea cambió el modo de ordenamiento del espacio y el territorio surgió. La infraestructura ferroviaria y portuaria sirvió de columna vertebral a una serie de espacios que llegaron a conformar un sistema que alteró la forma de la ciudad, naciendo en pocos años más Madero.

Fue de la zona de El Abra, cerca de Tamuín, desde donde se trajeron las estructuras y las piedras que conformarían las murallas para dividir el río Pánuco de las corrientes del golfo de México, trabajando en ello miles de obreros, construyéndose chozas y casas a lo largo de los 11 kilómetros de caminos establecidos por el ferrocarril entre Tampico y la escollera norte.

“Cuando las familias empezaron a acudir de forma constante, las escolleras no estaban pavimentadas y los vehículos podían transitar por arriba. Durante las décadas de 1980 y 1990 era muy normal ya irse en la noche al malecón, como le decían antes, con música, con bebidas, al ser un punto de reunión muy popular”.

Comenta Carolina Infante Pacheco, cronista de Ciudad Madero quien menciona que “durante la administración de Jaime Turrubiates, en coordinación con la Administración Portuaria Industrial (API) se hizo la restauración por primera vez pavimentado e instalando bancas y miradores”.

Así lucían las escolleras en 1900 | Archivo Mediateca INAH

A raíz de eso, agrega, “se comienza a consolidar como un paseo constante y a promocionar como atractivo, volviendo totalmente peatonal la escollera norte, con inversiones en diversas obras para hacer el paseo cada vez atractivo, tan es así que durante mucho tiempo se ponían marimbas y otros músicos los domingos”.

Sobre las piedras de estas estructuras se forjó también una historia que ha provocado la atención internacional en Miramar, de una base ovni que protege de ciclones esta zona. Aún se desconoce cómo nació, pero ahora vive en el imaginario colectivo y pareciera que cada “norte” trae nuevas historias sobre los platillos voladores que al igual que los mapaches son ya íconos de Madero.

Existe una zona donde se han depositado cenizas de personas, pero también han creado mitos y leyendas en torno a estas estructuras que se integraron como un paseo cotidiano | Vladimir Meza, El Sol de Tampico

Ahora pobladas por personajes de películas, comercios, monumentos y algunos dicen que hasta ovnis, las escolleras han dado paso a una zona emblemática del sur de Tamaulipas, traspasando las fronteras, no solo geográficas sino de la imaginación, para ser fruto de interminables historias.

“Soy vecino del mar, la brisa me da de frente, la brisa me da de frente cuando me pongo a cantar”, dónde si no en las escolleras, pudo haber imaginado esta frase el doctor Sierra Flores, ¿cuántos sueños, amores, penas y esperanzas se han despedido ahí y cuántos otros todavía no llegan?

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