/ miércoles 3 de julio de 2019

Con café y a media luz | "El cristal con que se mira"

El informe de gobierno que cada Presidente de los Estados Unidos Mexicanos es un documento que describe los logros obtenidos a lo largo de un año de acuerdo a un plan nacional de trabajo en el que se estipula en cantidades y cualidades, el rumbo de nuestro país de cara a los fenómenos en los que se ve envuelto: económicos, sociales, políticos, de salud, etcétera.

Es un ejercicio en el que el mandatario, le “habla de frente” al pueblo que lo propuso como representante del poder ejecutivo de la nación y le rinde cuentas acerca de lo invertido en cada uno de los programas que conforman su estrategia gubernamental y los beneficios obtenidos por éstos y somete a juicio de los ciudadanos, la labor desempeñada durante los 365 días que le antecedieron.

En el evento que organizó el actual jefe del Estado Mexicano, Andrés Manuel López Obrador, se percibió más que un acto político, un evento social en el que se dieron cita las figuras que participaron apoyando de alguna u otra manera al tabasqueño – y otras que por gusto o por obligación se terminaron por alinear a él - quien, como está acostumbrado, aprovechó los reflectores para argumentar en mayor o menor medida los atinos y aciertos que ha realizado en este “primera etapa” de su vida como mandatario, obviando los descuidos o errores que también se suscitaron.

Y lo pongo entrecomillado porque no puedo decir que es la primera etapa de su vida presidencial, pues esta será sancionada con el informe del primer día de septiembre. Tal y como lo marca la constitución. No obstante, pudimos ver un preámbulo, un prólogo, un avance, o como usted guste llamarle, de ese acto que hemos observado todos los mexicanos al iniciar el noveno mes de cada año.

Debo reconocer, gentil amigo lector, que el originario de Macuspana, sigue poseyendo el poder de convocatoria que le ha caracterizado gracias a la maestría que tiene en el uso de la semiótica demagógica que puede interpretarse en diversos niveles y que le ha llevado a lo largo de casi veinte años a estar presente en el imaginario colectivo del mexicano común.

Si bien es cierto que el evento fue antecedido por una serie de manifestaciones en más de sesenta ciudades del país y los Estados Unidos Norteamérica, entre ellas Tampico, también es verdad que no causaron una merma considerable en los niveles de aceptación que tiene el presidente en la sociedad civil, según dijeron revistas especializadas.

Lo que llamó poderosamente mi atención es que, minutos antes de que AMLO ocupara los micrófonos, el dirigente de unión americana, Donald Trump, descartara públicamente a través de sus redes sociales, cualquier nueva intentona de aplicar impuestos arancelarios a productos mexicanos como medio de presión para frenar el flujo de migrantes del centro y sur del continente que buscan llegar a cumplir el “sueño americano”, ya que, según dijo, México “estaba haciendo lo que le correspondía en ese sentido”.

Le confieso, que no supe si ufanarme como miembro de la comunidad que somos todos o me afligí al percibir un tanto pisoteada la dignidad que impele el sentimiento patriota. Creo que ese punto en particular quedará a consideración de cada uno de nosotros.

Lo cierto es que, en mi opinión, es momento que México entero, gobierno y ciudadanía, transitemos juntos hacia la consolidación de un proyecto de país incluyente y dejemos atrás los episodios proselitistas y los argumentos propagandísticos que ya fueron un parteaguas en la conciencia del electorado y que, incluso, fueron motivo de análisis en contextos internacionales.

Porque el pequeño desajuste que se está viviendo entre la relación de ambos factores es que ni uno, ni otro elemento de esta ecuación han comprendido que ya empezó el sexenio y que hay mucho trabajo pendiente por hacer, por componer, por resarcir y la percepción de una gran parte de la población es que, hasta este momento, no se ha avanzado mucho, casi nada. Sentimiento que, por cierto, alientan las calificadoras internacionales que esta semana le dieron un nuevo golpe a la imagen que se tenía de nuestro país para invertir en él.

En otras palabras, lo que se pudo ver fue una fiesta, un evento social, un acto de campaña como al que ya estábamos acostumbrado y que, hasta este momento, nadie ha dicho cuánto costó este “convivio” para festejar el triunfo y que “vamos bien”, sería absurdo pensar que nos dirían lo contrario.

A fin de cuentas, gentil amigo lector, lo verdaderamente importante es que las palabras se vuelvan realidades, que la economía estable se sienta en los bolsillos y la prosperidad se vuelva un tangible al alcance de las manos de usted, de mí y de cualquier otro. Si no es así, en definitiva, algo estamos haciendo mal que no se puede ocultar con pachangas. Porque el anfitrión y los invitados están satisfechos, la oposición no tanto, pues como decían las abuelitas: “Nada es verdad, nada es mentira. Todo depende del cristal con que se mira. ¿No cree?

¡Hasta la próxima!

El informe de gobierno que cada Presidente de los Estados Unidos Mexicanos es un documento que describe los logros obtenidos a lo largo de un año de acuerdo a un plan nacional de trabajo en el que se estipula en cantidades y cualidades, el rumbo de nuestro país de cara a los fenómenos en los que se ve envuelto: económicos, sociales, políticos, de salud, etcétera.

Es un ejercicio en el que el mandatario, le “habla de frente” al pueblo que lo propuso como representante del poder ejecutivo de la nación y le rinde cuentas acerca de lo invertido en cada uno de los programas que conforman su estrategia gubernamental y los beneficios obtenidos por éstos y somete a juicio de los ciudadanos, la labor desempeñada durante los 365 días que le antecedieron.

En el evento que organizó el actual jefe del Estado Mexicano, Andrés Manuel López Obrador, se percibió más que un acto político, un evento social en el que se dieron cita las figuras que participaron apoyando de alguna u otra manera al tabasqueño – y otras que por gusto o por obligación se terminaron por alinear a él - quien, como está acostumbrado, aprovechó los reflectores para argumentar en mayor o menor medida los atinos y aciertos que ha realizado en este “primera etapa” de su vida como mandatario, obviando los descuidos o errores que también se suscitaron.

Y lo pongo entrecomillado porque no puedo decir que es la primera etapa de su vida presidencial, pues esta será sancionada con el informe del primer día de septiembre. Tal y como lo marca la constitución. No obstante, pudimos ver un preámbulo, un prólogo, un avance, o como usted guste llamarle, de ese acto que hemos observado todos los mexicanos al iniciar el noveno mes de cada año.

Debo reconocer, gentil amigo lector, que el originario de Macuspana, sigue poseyendo el poder de convocatoria que le ha caracterizado gracias a la maestría que tiene en el uso de la semiótica demagógica que puede interpretarse en diversos niveles y que le ha llevado a lo largo de casi veinte años a estar presente en el imaginario colectivo del mexicano común.

Si bien es cierto que el evento fue antecedido por una serie de manifestaciones en más de sesenta ciudades del país y los Estados Unidos Norteamérica, entre ellas Tampico, también es verdad que no causaron una merma considerable en los niveles de aceptación que tiene el presidente en la sociedad civil, según dijeron revistas especializadas.

Lo que llamó poderosamente mi atención es que, minutos antes de que AMLO ocupara los micrófonos, el dirigente de unión americana, Donald Trump, descartara públicamente a través de sus redes sociales, cualquier nueva intentona de aplicar impuestos arancelarios a productos mexicanos como medio de presión para frenar el flujo de migrantes del centro y sur del continente que buscan llegar a cumplir el “sueño americano”, ya que, según dijo, México “estaba haciendo lo que le correspondía en ese sentido”.

Le confieso, que no supe si ufanarme como miembro de la comunidad que somos todos o me afligí al percibir un tanto pisoteada la dignidad que impele el sentimiento patriota. Creo que ese punto en particular quedará a consideración de cada uno de nosotros.

Lo cierto es que, en mi opinión, es momento que México entero, gobierno y ciudadanía, transitemos juntos hacia la consolidación de un proyecto de país incluyente y dejemos atrás los episodios proselitistas y los argumentos propagandísticos que ya fueron un parteaguas en la conciencia del electorado y que, incluso, fueron motivo de análisis en contextos internacionales.

Porque el pequeño desajuste que se está viviendo entre la relación de ambos factores es que ni uno, ni otro elemento de esta ecuación han comprendido que ya empezó el sexenio y que hay mucho trabajo pendiente por hacer, por componer, por resarcir y la percepción de una gran parte de la población es que, hasta este momento, no se ha avanzado mucho, casi nada. Sentimiento que, por cierto, alientan las calificadoras internacionales que esta semana le dieron un nuevo golpe a la imagen que se tenía de nuestro país para invertir en él.

En otras palabras, lo que se pudo ver fue una fiesta, un evento social, un acto de campaña como al que ya estábamos acostumbrado y que, hasta este momento, nadie ha dicho cuánto costó este “convivio” para festejar el triunfo y que “vamos bien”, sería absurdo pensar que nos dirían lo contrario.

A fin de cuentas, gentil amigo lector, lo verdaderamente importante es que las palabras se vuelvan realidades, que la economía estable se sienta en los bolsillos y la prosperidad se vuelva un tangible al alcance de las manos de usted, de mí y de cualquier otro. Si no es así, en definitiva, algo estamos haciendo mal que no se puede ocultar con pachangas. Porque el anfitrión y los invitados están satisfechos, la oposición no tanto, pues como decían las abuelitas: “Nada es verdad, nada es mentira. Todo depende del cristal con que se mira. ¿No cree?

¡Hasta la próxima!