/ miércoles 2 de octubre de 2019

El filo de la cuchilla

Hace muchos años, cuando este servidor estudiaba la educación secundaria en la prevocacional número dos de Tampico “Lauro Aguirre”, escuché al maestro del taller de electricidad decir que había que saber afilar las cuchillas, herramienta imprescindible cuando se trata de pelar el cableado con el cual se armará el circuito para hacer llegar la corriente eléctrica.

Todos los chiquillos nos arremolinábamos junto al profesor para observar cómo hacía girar la piedra de afilar para sacar chispas cuando se le acercaban las hojas metálicas propiedad de los estudiantes. Debo reconocer que yo era uno de los más sorprendidos por la maestría que mostraba el hombre aquel al momento de manejar los peligrosos equipos y herramientas.

En una ocasión, uno de los más aventurados del grupo le pidió amablemente que le sacara filo a la cuchilla y el docente, así lo hizo, desde la punta de la hoja hasta un cuarto antes de llegar al mango de madera.

“¡No!” – exigió el chamaco – “¡Afílela toda!”, dijo de manera tajante y lo que había sido solicitado como un favor, se convirtió en, prácticamente, una ordenanza.

El maestro retiró la herramienta del pulidor y la observó con detenimiento por encima de los cristales de sus anteojos bifocales, al mismo tiempo, sonrió y dijo con la sabiduría que dan los años: “No se afila hasta el mango, porque quedaría muy cerca de tu mano, puedes tener un resbalón mientras trabajas y corres el riesgo de lastimarte”. El catedrático, sin soltar el objeto, guardó unos instantes de silenció y después murmuró: “Es como con las palabras”.

Yo, que estaba cerca, porque ese día me había tocado barrer el taller, rutina que era asignada por orden de lista, lo escuché. De momento no comprendí exactamente la lección que estábamos recibiendo en esos instantes. Es hasta estos días que agradezco al hombre aquel el que nos haya compartido un poco de su enorme sabiduría.

Y es que, sin duda alguna, una de las cosas que debemos cuidar todos y cada uno de los seres humanos, es el filo que le damos a las palabras, pues estas, son construidas para transmitir ideas que, por sí mismas, pueden lastimar y causar un daño irreversible y si a eso le añadimos una entonación hiriente lanzada con todo propósito, nuestros vocablos se vuelven armas mortales.

Empero, como lo narré en los primeros renglones, es necesario ser medidos, pues ¿qué pasaría si en un momento dado, las palabras con las que castigamos, prometimos, etiquetamos y ofendimos se volvieran, por alguna razón, contra nosotros?. En grave problema estaríamos metidos, pues habría que lidiar con desmentir lo que hacemos o retractar nuestros dichos pasados. Ambas cosas pondrían en entredicho nuestra ecuanimidad, transparencia y honorabilidad.

Uno de los terrenos en los que más se puede percibir esta situación es en la política mexicana, desde el “chapulineo” hasta las promesas de campaña incumplidas durante el mandato o gestión, pasando por las mentiras descaradas y los terribles silencios incómodos que terminan por evidenciar más, las faltas expresadas en el párrafo anterior.

¿Cuántas veces usted y yo hemos sido testigos de políticos que defienden a “20 uñas y 32 dientes” un determinado partido y atacan sin piedad a los demás escaparates políticos y a la vuelta de unos meses, ya cambiaron de camiseta y curiosamente están postulados para “un hueso” abrigados por sus, otrora, acérrimos rivales?. Priistas que se vuelven morenistas, perredistas que terminan de panistas y más. Cuando se les pregunta por sus declaraciones pasadas resulta que ya no se acuerdan de haberlas mencionado o aplican el argumento de que “el partido ya no predicaba los ideales con los cuales fue fundado”.

¿No vimos usted y yo a Javier Duarte prometer en cadena nacional en un prestigioso noticiario que no abandonaría el estado de Veracruz y que solo dejaba el cargo de gobernador de esa entidad para que las autoridades judiciales pudieran cumplir con la encomienda de investigarle y, de ser así, fincarle las responsabilidades que ahora le son conocidas? Resultó que, apenas finalizó la emisión, el señor y su esposa migraban a otra parte del mundo olvidando por completo el juramento realizado minutos antes.

O como el señor presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Andrés Manuel López Obrador, que etiquetó hasta el cansancio a la clase política de derecha como “la mafia del poder” y la culpó de entorpecer su carrera hacia la jefatura del Estado mexicano, para evidenciarla, invirtió sus fuerzas en destapar a los corruptos y señalarlos en los medios masivos o en los libros de su autoría y así demostrar ante “los ojos de México” que él tenía razón.

Hoy que Morena está en una supremacía absoluta, no hay mafia. Sin embargo, ahora, dentro de su propio equipo de trabajo presidencial, hay figuras corruptas que están dando mucho de qué hablar, salpicando severamente los estandartes de “cero tolerancia” a la corrupción” y de “transparencia” que tanto arengó el tabasqueño.

¿Qué hará? ¿Se mantendrá firme en su postura y sancionará a sus correligionarios y miembros cercanos de su equipo o cambiará el discurso, o peor aún, quizá, guarde silencio?

¡Hasta la próxima!

Escríbame a:

licajimenezmcc@hotmail.com

Y recuerde, para mañana ¡Despierte, no se duerma que será un gran día!

Hace muchos años, cuando este servidor estudiaba la educación secundaria en la prevocacional número dos de Tampico “Lauro Aguirre”, escuché al maestro del taller de electricidad decir que había que saber afilar las cuchillas, herramienta imprescindible cuando se trata de pelar el cableado con el cual se armará el circuito para hacer llegar la corriente eléctrica.

Todos los chiquillos nos arremolinábamos junto al profesor para observar cómo hacía girar la piedra de afilar para sacar chispas cuando se le acercaban las hojas metálicas propiedad de los estudiantes. Debo reconocer que yo era uno de los más sorprendidos por la maestría que mostraba el hombre aquel al momento de manejar los peligrosos equipos y herramientas.

En una ocasión, uno de los más aventurados del grupo le pidió amablemente que le sacara filo a la cuchilla y el docente, así lo hizo, desde la punta de la hoja hasta un cuarto antes de llegar al mango de madera.

“¡No!” – exigió el chamaco – “¡Afílela toda!”, dijo de manera tajante y lo que había sido solicitado como un favor, se convirtió en, prácticamente, una ordenanza.

El maestro retiró la herramienta del pulidor y la observó con detenimiento por encima de los cristales de sus anteojos bifocales, al mismo tiempo, sonrió y dijo con la sabiduría que dan los años: “No se afila hasta el mango, porque quedaría muy cerca de tu mano, puedes tener un resbalón mientras trabajas y corres el riesgo de lastimarte”. El catedrático, sin soltar el objeto, guardó unos instantes de silenció y después murmuró: “Es como con las palabras”.

Yo, que estaba cerca, porque ese día me había tocado barrer el taller, rutina que era asignada por orden de lista, lo escuché. De momento no comprendí exactamente la lección que estábamos recibiendo en esos instantes. Es hasta estos días que agradezco al hombre aquel el que nos haya compartido un poco de su enorme sabiduría.

Y es que, sin duda alguna, una de las cosas que debemos cuidar todos y cada uno de los seres humanos, es el filo que le damos a las palabras, pues estas, son construidas para transmitir ideas que, por sí mismas, pueden lastimar y causar un daño irreversible y si a eso le añadimos una entonación hiriente lanzada con todo propósito, nuestros vocablos se vuelven armas mortales.

Empero, como lo narré en los primeros renglones, es necesario ser medidos, pues ¿qué pasaría si en un momento dado, las palabras con las que castigamos, prometimos, etiquetamos y ofendimos se volvieran, por alguna razón, contra nosotros?. En grave problema estaríamos metidos, pues habría que lidiar con desmentir lo que hacemos o retractar nuestros dichos pasados. Ambas cosas pondrían en entredicho nuestra ecuanimidad, transparencia y honorabilidad.

Uno de los terrenos en los que más se puede percibir esta situación es en la política mexicana, desde el “chapulineo” hasta las promesas de campaña incumplidas durante el mandato o gestión, pasando por las mentiras descaradas y los terribles silencios incómodos que terminan por evidenciar más, las faltas expresadas en el párrafo anterior.

¿Cuántas veces usted y yo hemos sido testigos de políticos que defienden a “20 uñas y 32 dientes” un determinado partido y atacan sin piedad a los demás escaparates políticos y a la vuelta de unos meses, ya cambiaron de camiseta y curiosamente están postulados para “un hueso” abrigados por sus, otrora, acérrimos rivales?. Priistas que se vuelven morenistas, perredistas que terminan de panistas y más. Cuando se les pregunta por sus declaraciones pasadas resulta que ya no se acuerdan de haberlas mencionado o aplican el argumento de que “el partido ya no predicaba los ideales con los cuales fue fundado”.

¿No vimos usted y yo a Javier Duarte prometer en cadena nacional en un prestigioso noticiario que no abandonaría el estado de Veracruz y que solo dejaba el cargo de gobernador de esa entidad para que las autoridades judiciales pudieran cumplir con la encomienda de investigarle y, de ser así, fincarle las responsabilidades que ahora le son conocidas? Resultó que, apenas finalizó la emisión, el señor y su esposa migraban a otra parte del mundo olvidando por completo el juramento realizado minutos antes.

O como el señor presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Andrés Manuel López Obrador, que etiquetó hasta el cansancio a la clase política de derecha como “la mafia del poder” y la culpó de entorpecer su carrera hacia la jefatura del Estado mexicano, para evidenciarla, invirtió sus fuerzas en destapar a los corruptos y señalarlos en los medios masivos o en los libros de su autoría y así demostrar ante “los ojos de México” que él tenía razón.

Hoy que Morena está en una supremacía absoluta, no hay mafia. Sin embargo, ahora, dentro de su propio equipo de trabajo presidencial, hay figuras corruptas que están dando mucho de qué hablar, salpicando severamente los estandartes de “cero tolerancia” a la corrupción” y de “transparencia” que tanto arengó el tabasqueño.

¿Qué hará? ¿Se mantendrá firme en su postura y sancionará a sus correligionarios y miembros cercanos de su equipo o cambiará el discurso, o peor aún, quizá, guarde silencio?

¡Hasta la próxima!

Escríbame a:

licajimenezmcc@hotmail.com

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