/ lunes 13 de mayo de 2019

“Porque el negocio, ¡es negocio!”

Ha llegado el quinto mes del año y, con él, el cierre del ciclo escolar para las universidades y preparatorias tanto del orden público como privado. Ello trae consigo que los docentes sean los profesionistas más perseguidos en todo el orbe, pues los estudiantes que no hicieron lo propio a lo largo de su periodo escolar recurren a estrategias sentimentales para conmover al profesor o, incluso, mermar su voluntad con el único fin de seguir ocupando un lugar dentro del aula para quemar oxígeno a costa de sus padres.

Lo malo no es precisamente lo anterior. Tal vez y sea un comportamiento que ocurre desde que la “educación moderna” apareció en la sociedad como el bálsamo reformador y orientador de las nuevas generaciones comprometidas con la reconstrucción de una aldea globalizada en la que todos formamos parte de una misma nación. Este discurso lo hemos oído un sinfín de ocasiones en diversos auditorios y con distintas voces.

Si bien es cierto que los planteles pertenecientes al sistema de educación pública ven su infraestructura o capacidad instalada constantemente superada por la evolución social y las necesidades demandadas por sus miembros que, si sus posibilidades económicas lo permiten, optan por migrar a los sistemas privados, también es verdad que estos últimos no son precisamente la panacea de la educación, pues son vistos por sus dueños como empresas destinadas a la producción de capital, de lo contrario están irremediablemente destinadas al fracaso.

Bajo ese paradigma económico, los institutos y las plantillas que los conforman –rectores, directores, coordinadores, orientadores y docentes - están obligados a tolerar y hasta a promover las conductas impropias de sus alumnos, ya sean académicas, sociales o extraescolares o de cualquier otra índole que se circunscriben dentro del ambiente de aprendizaje.

Entonces la pregunta es: ¿Qué es el alumno en realidad, para una escuela de carácter privado? ¿Es un cliente al que se le está brindando un servicio de calidad que se traducirá en una buena formación académica comparable con la de los países del primer mundo y será sustentada por un título profesional y amparada por un empleo redituable? ¿O es, acaso, una billetera que cada mes desembolsa una determinada cantidad para comprar una calificación acreditable, sin importar si aprobó exámenes, tuvo el 80% de asistencia, manifestó opiniones individuales útiles y valiosas, tuvo un trabajo por equipo o presentó un reporte final?

Curiosamente, el último cuestionamiento, es el que termina por ser “respaldado por la sinrazón” de los directivos que llegan hasta a obligar a los profesores a corromper sus principios éticos, profesionales y morales, con el fin de que aquel individuo que se apareció hasta el final del ciclo reciba los mismos beneficios, consideraciones y prebendas que aquel que estuvo atento y puntual a las instrucciones del profesor.

Como sociedad y en lo individual podemos citar varios casos, curiosamente todos de nivel superior y de escuelas privadas y, todas ellas, con un prestigio enorme y de fama considerable. Dicho sea de paso, que en una de estas anécdotas el protagonista es este que le escribe.

Y antes de continuar, si alguna autoridad escolar de una escuela “de paga” se siente aludida con este escrito, espero que, primero, ponga “manos a la obra” y revise sus valores institucionales, refrende el compromiso con los clientes, motive a sus alumnos a estudiar y cumplir, entregue buenos profesionistas a la sociedad y solo después que haya garantizado todo eso, me reclame.

La primera de ellas, me la compartió un buen amigo mío, doctorado en ciencias relativas a la tecnología y la computación quien fue llamado por su jefe de carrera para decirle que “por instrucciones de tal autoridad” se le pedía que hiciera caso omiso de las faltas de un estudiante quien es la estrella deportiva del campus en cuestión y estuvo entrenando durante todo el semestre a la misma hora de la sesión de clases.

A lo que mi camarada contestó que tal solicitud le era imposible satisfacer pues el joven carecía de los conocimientos no solo de su clase, sino de una buena cantidad de materias previas. La respuesta lo dejó helado. “Pues claro” – dijo el superior - “ese chamaco nos es más útil en la cancha que en el aula”.

Al ver que se superponía el criterio deportivo sobre el académico y que el joven estaba siendo observado como una máquina de medallas y prestigio, el docente asintió a la petición diciendo: “Está bien, lo voy a aprobar, siempre y cuando me lo pase por escrito en un oficio” Como usted supondrá, la contestación fue una negativa, ya que esto pondría en entredicho la figura del jefe académico.

Otro de los casos, es el de un maestro de intachable trayectoria de más de 40 años de servicio docente que, “de buenas a primeras”, se le pidió que accediera a los caprichos de un puñado de no más de diez alumnos quienes se destacaron por sus ausencias, incumplimiento y faltas de respeto a lo largo del periodo que está por cerrarse. Particularmente por una señorita que pretendió hacer valer su errado derecho al buscar cobijo con los más altos directivos de la escuela en cuestión.

Lo que me llamó la atención de este caso es que el que fue citado al “estrado de los acusados” era el profesor, teniendo como plenaria a los jóvenes, tal cual se tratara de un espectáculo al que ellos tuvieran el privilegio de asistir y en el que, como acto principal, verían caída la voluntad de su mentor. No obstante, olvidaron que la razón, no estaba de su lado en ese día y las circunstancias no les favorecerían.

Y, como en estas situaciones, aun se considera fallidamente que “el que paga, manda”, la coordinadora trató de convencer al profesor porque “los jovencitos” habían cubierto sus cuotas correspondientes. Lo triste fue que uno de los argumentos usados para increpar al catedrático fue que “su nombre quedaría comprometido”.

Yo me preguntó ¿Y cómo va a quedar el nombre de esa universidad cuando uno de sus mal egresados yerre en una decisión en el quehacer profesional?

Por último y, como ya abusé del espacio, someramente le comentaré que fui invitado por una universidad que presume sus relaciones internacionales, a ser parte de su cuerpo de maestros. Acudí a la cita y me entrevistó una jovencita que ocupa el cargo de administradora del recurso humano, nos saludamos, charlamos y, después de la tanda de preguntas obligadas, me hizo una que me sorprendió: “¿Cómo le haría usted, para solucionar la actitud de un joven que no quiere entrar a su clase y que no le interesa su materia, sin que éste se sienta agredido, ofendido o presionado?”.

Me le quedé viendo y le respondí con otra interrogante “Trabajas con niños chiflados, ¿verdad?” La muchacha que no esperaba esa contestación, titubeó un poco, bajó la mirada y en una voz queda y entrecortada me dijo un simple “sí”. Me puse en pie, agradecí la atención, ofrecí disculpas por el tiempo robado y me retiré de allí sin mediar más argumentos. Era obvio que la política de la empresa educativa y la de este servidor no empatizarían.

¿Qué es, entonces, para la escuela privada, el alumno que contrata sus servicios? ¿Es un prestigio cultivado a futuro cuando este profesionista muestre un título con el escudo del plantel que lo vio salir o es el ingreso inmediato del capital, sin importar cuál sea la calidad del producto terminado?

La vida da muchas vueltas y sería lamentable que uno de los dueños de estas escuelas termine en la plancha de un quirófano en la que el médico que lo intervendrá sea uno de sus egresados que reprobó la materia de anatomía en el aula, pero fue aprobado en el sistema de cómputo de la institución porque, en su momento, se le aplicó la máxima que dicta que “el negocio, es negocio”.

¡Hasta la próxima!

Y recuerde, para mañana ¡Despierte, no se duerma que será un gran día!

licajimenezmcc@hotmail.com

Ha llegado el quinto mes del año y, con él, el cierre del ciclo escolar para las universidades y preparatorias tanto del orden público como privado. Ello trae consigo que los docentes sean los profesionistas más perseguidos en todo el orbe, pues los estudiantes que no hicieron lo propio a lo largo de su periodo escolar recurren a estrategias sentimentales para conmover al profesor o, incluso, mermar su voluntad con el único fin de seguir ocupando un lugar dentro del aula para quemar oxígeno a costa de sus padres.

Lo malo no es precisamente lo anterior. Tal vez y sea un comportamiento que ocurre desde que la “educación moderna” apareció en la sociedad como el bálsamo reformador y orientador de las nuevas generaciones comprometidas con la reconstrucción de una aldea globalizada en la que todos formamos parte de una misma nación. Este discurso lo hemos oído un sinfín de ocasiones en diversos auditorios y con distintas voces.

Si bien es cierto que los planteles pertenecientes al sistema de educación pública ven su infraestructura o capacidad instalada constantemente superada por la evolución social y las necesidades demandadas por sus miembros que, si sus posibilidades económicas lo permiten, optan por migrar a los sistemas privados, también es verdad que estos últimos no son precisamente la panacea de la educación, pues son vistos por sus dueños como empresas destinadas a la producción de capital, de lo contrario están irremediablemente destinadas al fracaso.

Bajo ese paradigma económico, los institutos y las plantillas que los conforman –rectores, directores, coordinadores, orientadores y docentes - están obligados a tolerar y hasta a promover las conductas impropias de sus alumnos, ya sean académicas, sociales o extraescolares o de cualquier otra índole que se circunscriben dentro del ambiente de aprendizaje.

Entonces la pregunta es: ¿Qué es el alumno en realidad, para una escuela de carácter privado? ¿Es un cliente al que se le está brindando un servicio de calidad que se traducirá en una buena formación académica comparable con la de los países del primer mundo y será sustentada por un título profesional y amparada por un empleo redituable? ¿O es, acaso, una billetera que cada mes desembolsa una determinada cantidad para comprar una calificación acreditable, sin importar si aprobó exámenes, tuvo el 80% de asistencia, manifestó opiniones individuales útiles y valiosas, tuvo un trabajo por equipo o presentó un reporte final?

Curiosamente, el último cuestionamiento, es el que termina por ser “respaldado por la sinrazón” de los directivos que llegan hasta a obligar a los profesores a corromper sus principios éticos, profesionales y morales, con el fin de que aquel individuo que se apareció hasta el final del ciclo reciba los mismos beneficios, consideraciones y prebendas que aquel que estuvo atento y puntual a las instrucciones del profesor.

Como sociedad y en lo individual podemos citar varios casos, curiosamente todos de nivel superior y de escuelas privadas y, todas ellas, con un prestigio enorme y de fama considerable. Dicho sea de paso, que en una de estas anécdotas el protagonista es este que le escribe.

Y antes de continuar, si alguna autoridad escolar de una escuela “de paga” se siente aludida con este escrito, espero que, primero, ponga “manos a la obra” y revise sus valores institucionales, refrende el compromiso con los clientes, motive a sus alumnos a estudiar y cumplir, entregue buenos profesionistas a la sociedad y solo después que haya garantizado todo eso, me reclame.

La primera de ellas, me la compartió un buen amigo mío, doctorado en ciencias relativas a la tecnología y la computación quien fue llamado por su jefe de carrera para decirle que “por instrucciones de tal autoridad” se le pedía que hiciera caso omiso de las faltas de un estudiante quien es la estrella deportiva del campus en cuestión y estuvo entrenando durante todo el semestre a la misma hora de la sesión de clases.

A lo que mi camarada contestó que tal solicitud le era imposible satisfacer pues el joven carecía de los conocimientos no solo de su clase, sino de una buena cantidad de materias previas. La respuesta lo dejó helado. “Pues claro” – dijo el superior - “ese chamaco nos es más útil en la cancha que en el aula”.

Al ver que se superponía el criterio deportivo sobre el académico y que el joven estaba siendo observado como una máquina de medallas y prestigio, el docente asintió a la petición diciendo: “Está bien, lo voy a aprobar, siempre y cuando me lo pase por escrito en un oficio” Como usted supondrá, la contestación fue una negativa, ya que esto pondría en entredicho la figura del jefe académico.

Otro de los casos, es el de un maestro de intachable trayectoria de más de 40 años de servicio docente que, “de buenas a primeras”, se le pidió que accediera a los caprichos de un puñado de no más de diez alumnos quienes se destacaron por sus ausencias, incumplimiento y faltas de respeto a lo largo del periodo que está por cerrarse. Particularmente por una señorita que pretendió hacer valer su errado derecho al buscar cobijo con los más altos directivos de la escuela en cuestión.

Lo que me llamó la atención de este caso es que el que fue citado al “estrado de los acusados” era el profesor, teniendo como plenaria a los jóvenes, tal cual se tratara de un espectáculo al que ellos tuvieran el privilegio de asistir y en el que, como acto principal, verían caída la voluntad de su mentor. No obstante, olvidaron que la razón, no estaba de su lado en ese día y las circunstancias no les favorecerían.

Y, como en estas situaciones, aun se considera fallidamente que “el que paga, manda”, la coordinadora trató de convencer al profesor porque “los jovencitos” habían cubierto sus cuotas correspondientes. Lo triste fue que uno de los argumentos usados para increpar al catedrático fue que “su nombre quedaría comprometido”.

Yo me preguntó ¿Y cómo va a quedar el nombre de esa universidad cuando uno de sus mal egresados yerre en una decisión en el quehacer profesional?

Por último y, como ya abusé del espacio, someramente le comentaré que fui invitado por una universidad que presume sus relaciones internacionales, a ser parte de su cuerpo de maestros. Acudí a la cita y me entrevistó una jovencita que ocupa el cargo de administradora del recurso humano, nos saludamos, charlamos y, después de la tanda de preguntas obligadas, me hizo una que me sorprendió: “¿Cómo le haría usted, para solucionar la actitud de un joven que no quiere entrar a su clase y que no le interesa su materia, sin que éste se sienta agredido, ofendido o presionado?”.

Me le quedé viendo y le respondí con otra interrogante “Trabajas con niños chiflados, ¿verdad?” La muchacha que no esperaba esa contestación, titubeó un poco, bajó la mirada y en una voz queda y entrecortada me dijo un simple “sí”. Me puse en pie, agradecí la atención, ofrecí disculpas por el tiempo robado y me retiré de allí sin mediar más argumentos. Era obvio que la política de la empresa educativa y la de este servidor no empatizarían.

¿Qué es, entonces, para la escuela privada, el alumno que contrata sus servicios? ¿Es un prestigio cultivado a futuro cuando este profesionista muestre un título con el escudo del plantel que lo vio salir o es el ingreso inmediato del capital, sin importar cuál sea la calidad del producto terminado?

La vida da muchas vueltas y sería lamentable que uno de los dueños de estas escuelas termine en la plancha de un quirófano en la que el médico que lo intervendrá sea uno de sus egresados que reprobó la materia de anatomía en el aula, pero fue aprobado en el sistema de cómputo de la institución porque, en su momento, se le aplicó la máxima que dicta que “el negocio, es negocio”.

¡Hasta la próxima!

Y recuerde, para mañana ¡Despierte, no se duerma que será un gran día!

licajimenezmcc@hotmail.com

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