/ jueves 21 de abril de 2022

Vuelan 2 mil 300 pasajeros al día desde el AIFA a un mes de su inauguración

Aún se escuchan los ruidos de sierras y golpes de martillo de los trabajos que todavía siguen realizándose al interior de la terminal aérea

A un mes de inaugurarse el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) la mayor cantidad de usuarios de las instalaciones son paseantes de la tercera edad.

Mil trabajadores cumplen hoy su primer mes de labores atendiendo en la nueva terminal aérea hasta dos mil 300 pasajeros por día. Todo, en un aeródromo cuya superficie equivale a 70 veces el Estadio Azteca y que está proyectado para recibir a 20 millones de pasajeros por año.

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Durante un recorrido el martes pasado por las instalaciones, previo a que se cumpla el primer mes de la concurrida ceremonia de inauguración –encabezada por el presidente Andrés Manuel López Obrador, su gabinete y cientos de seguidores de la Cuatroté–, la terminal luce vacía. Pasan hasta cuatro horas para que un avión haga uso de una de las dos pistas comerciales.

Aún no hay pantallas para dar seguimiento a los vuelos de salida o de llegada. La plataforma Flights –que es utilizada por el personal de seguridad para brindar información a los pasajeros– reporta 12 vuelos de salida: cuatro de la empresa Viva Aerobus, cuatro más de Volaris y la misma cantidad de Aeroméxico. Mientras son sólo once vuelos de llegada, de las mismas empresas.

Eduardo Saucedo, supervisor de Seguridad del AIFA y quien acompañó a El Sol de México durante el recorrido por la terminal, dijo que en este momento cada uno de los vuelos tienen entre 80 y 100 pasajeros, dado que en la Semana Santa se incrementó la afluencia en algunos de ellos, sobre todo los que tenían como destino Cancún.

“La dimensión, la decoración, la infraestructura y el diseño es de lo que más hace comentarios la gente. También el tiempo en el que se hizo. Me ha tocado estar cuando llegan y hay quien también está a disgusto, pero la mayoría hace comentarios positivos. Se toman fotografías y hacen grabaciones”, agrega.

El pasado 21 de marzo el vuelo de inauguración llevó 89 pasajeros a la ciudad de Villahermosa.

La estimación es que en el último mes el AIFA ha dado servicio a un total a 71 mil viajeros en las 106 posiciones de salida. Se consultó con el área de comunicación del aeropuerto los datos de usuarios hasta ahora, pero pidieron que la solicitud se hiciera a través de la Plataforma de Transparencia.

Mientras tanto, en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez los mil 270 trabajadores atendían el mismo día a 124 mil pasajeros en promedio. Tan sólo en marzo se estima que 3.8 millones de personas hicieron uso de las 107 posiciones para aviones de sus dos terminales.

TURISTEAN EN EL AEROPUERTO

Jorge y Susana fueron dos de los mil 100 pasajeros que arribaron al AIFA el pasado martes. Ellos llevaban dos horas desde su llegada a esa terminal y desconocían las alternativas para salir rumbo a la Ciudad de México, dado que aún no hay servicio de taxi porque no se ha concluido la terminal.

Ellos habían llegado procedentes de Cancún, en uno los 11 vuelos de llegada que tiene el AIFA al día.

Mientras tanto, otra pasajera llamada Jennifer se encontraba a unos pasos de ahí haciendo el trámite de documentación para tomar un vuelo de salida.

El sonido constante de las sierras que cortan la madera de la mayoría de los 200 locales comerciales que aún no abren no dejan escuchar por momentos el sonido local que anuncia la única salida de vuelo rumbo a Mérida.

Los trabajadores que laboran en la zona próxima a la terminal ingresan en busca de usar los baños, comprar un paste o un poco de agua. Lo mismo hacen los elementos de Guardia Nacional o los trabajadores del aeropuerto.

Jorge y Susana, la pareja de jóvenes capitalinos conocían poco del lugar: que el Tren Suburbano no funciona aún; que podían tomar el Metrobús, pero no la hora ni el lugar dónde tomarlo ni tampoco las alternativas para salir en los camiones o vagonetas de pasajeros. El pasaje en esas vagonetas tiene un costo de 125 pesos, pero al medio día sólo había dos salidas hacia la Terminal de Oriente (TAPO).

Ellos decidieron sentarse en una de las bancas de concreto en el piso de acceso a la terminal mientras a su lado hombres y mujeres, en su mayoría de la tercera edad, se hacen acompañar de hijos, amigos y nietos para conocer en silla de ruedas o con la ayuda de un bastón las instalaciones de una obra que consideran “se hizo en tiempo récord” y “se ve moderna y amplia”.

Alfonso Téllez es una de esas personas de más de 60 años que acudió a conocer las instalaciones del aeropuerto. Mientras se ayuda de su bastón admira los tres pisos del estacionamiento que por ahora es gratuito. Lo mismo lo hace otra pareja de adultos mayores que llegaron en auto junto a su hijo. Ellos prefieren no hacer comentarios “porque los medios no dicen lo que pensamos”.

Al ingresar a la terminal, por la puerta siete, se observa a pequeños grupos que buscan reconocer lo que vieron a través de las pantallas el día de la inauguración.

Buscan dónde tomarse una selfie, la fotografía del recuerdo. Lo mismo en la estatua que hace honor a los ingenieros militares –constructores de más de 382 mil metros cuadrados en tan sólo 29 meses–, que también en los corredores o frente algunos de los locales comerciales que en su mayoría aún están cerrados o con mantas que auguran que próximamente abrirán.

A su paso son varias personas las que siguen preguntando: “¿dónde está la señora de las tlayudas?”. Solo que a diferencia de aquel 21 de marzo, personal de la Guardia Nacional no permite que ni un vendedor ambulante entre a las instalaciones.

Apenas el sábado pasado una de las franquicias de venta de pastes, los pastelillos tradicionales de Hidalgo, abrió sus puertas en la planta baja del inmueble. Itzel Guerrero e Itzcóatl Esquivel son los jóvenes que atienden la larga fila de turistas, trabajadores y soldados.

“Son 800 pastes los que en promedio vendemos al día”, dice Itzcóatl, quien a una semana y media de empezar a trabajar en el lugar pregunta que si en el periódico habrá empleo para él, dado que tiene menos de seis meses de haber egresado de la licenciatura de Letras en la UNAM.

Una mujer y un hombre de la tercera edad dan varias vueltas en ese piso con el trapeador en mano.

Después de pasar por el punto de control de seguridad de empleados en la sala de espera se han concentrado los menos de cien pasajeros del vuelo hacia Mérida.

Los viajeros no son los únicos que esperan. También lo hace un grupo de mujeres de limpieza que se sientan al filo de una maceta para ver el despegue del avión de Aeroméxico. Ninguna de ellas advierte que en la gran viga que está en el piso superior, de los tres de la edificación, aún hay polvo, lijas y estopa de la construcción.

Los martillazos que realiza un trabajador a un costado de ellas es lo único que logra ocultar el sonido de las sierras.

“Estamos en una obra en progreso, todavía tiene mucho que abrir y muchos servicios qué ofrecer”, comenta el supervisor Eduardo Saucedo.



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A un mes de inaugurarse el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) la mayor cantidad de usuarios de las instalaciones son paseantes de la tercera edad.

Mil trabajadores cumplen hoy su primer mes de labores atendiendo en la nueva terminal aérea hasta dos mil 300 pasajeros por día. Todo, en un aeródromo cuya superficie equivale a 70 veces el Estadio Azteca y que está proyectado para recibir a 20 millones de pasajeros por año.

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Durante un recorrido el martes pasado por las instalaciones, previo a que se cumpla el primer mes de la concurrida ceremonia de inauguración –encabezada por el presidente Andrés Manuel López Obrador, su gabinete y cientos de seguidores de la Cuatroté–, la terminal luce vacía. Pasan hasta cuatro horas para que un avión haga uso de una de las dos pistas comerciales.

Aún no hay pantallas para dar seguimiento a los vuelos de salida o de llegada. La plataforma Flights –que es utilizada por el personal de seguridad para brindar información a los pasajeros– reporta 12 vuelos de salida: cuatro de la empresa Viva Aerobus, cuatro más de Volaris y la misma cantidad de Aeroméxico. Mientras son sólo once vuelos de llegada, de las mismas empresas.

Eduardo Saucedo, supervisor de Seguridad del AIFA y quien acompañó a El Sol de México durante el recorrido por la terminal, dijo que en este momento cada uno de los vuelos tienen entre 80 y 100 pasajeros, dado que en la Semana Santa se incrementó la afluencia en algunos de ellos, sobre todo los que tenían como destino Cancún.

“La dimensión, la decoración, la infraestructura y el diseño es de lo que más hace comentarios la gente. También el tiempo en el que se hizo. Me ha tocado estar cuando llegan y hay quien también está a disgusto, pero la mayoría hace comentarios positivos. Se toman fotografías y hacen grabaciones”, agrega.

El pasado 21 de marzo el vuelo de inauguración llevó 89 pasajeros a la ciudad de Villahermosa.

La estimación es que en el último mes el AIFA ha dado servicio a un total a 71 mil viajeros en las 106 posiciones de salida. Se consultó con el área de comunicación del aeropuerto los datos de usuarios hasta ahora, pero pidieron que la solicitud se hiciera a través de la Plataforma de Transparencia.

Mientras tanto, en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez los mil 270 trabajadores atendían el mismo día a 124 mil pasajeros en promedio. Tan sólo en marzo se estima que 3.8 millones de personas hicieron uso de las 107 posiciones para aviones de sus dos terminales.

TURISTEAN EN EL AEROPUERTO

Jorge y Susana fueron dos de los mil 100 pasajeros que arribaron al AIFA el pasado martes. Ellos llevaban dos horas desde su llegada a esa terminal y desconocían las alternativas para salir rumbo a la Ciudad de México, dado que aún no hay servicio de taxi porque no se ha concluido la terminal.

Ellos habían llegado procedentes de Cancún, en uno los 11 vuelos de llegada que tiene el AIFA al día.

Mientras tanto, otra pasajera llamada Jennifer se encontraba a unos pasos de ahí haciendo el trámite de documentación para tomar un vuelo de salida.

El sonido constante de las sierras que cortan la madera de la mayoría de los 200 locales comerciales que aún no abren no dejan escuchar por momentos el sonido local que anuncia la única salida de vuelo rumbo a Mérida.

Los trabajadores que laboran en la zona próxima a la terminal ingresan en busca de usar los baños, comprar un paste o un poco de agua. Lo mismo hacen los elementos de Guardia Nacional o los trabajadores del aeropuerto.

Jorge y Susana, la pareja de jóvenes capitalinos conocían poco del lugar: que el Tren Suburbano no funciona aún; que podían tomar el Metrobús, pero no la hora ni el lugar dónde tomarlo ni tampoco las alternativas para salir en los camiones o vagonetas de pasajeros. El pasaje en esas vagonetas tiene un costo de 125 pesos, pero al medio día sólo había dos salidas hacia la Terminal de Oriente (TAPO).

Ellos decidieron sentarse en una de las bancas de concreto en el piso de acceso a la terminal mientras a su lado hombres y mujeres, en su mayoría de la tercera edad, se hacen acompañar de hijos, amigos y nietos para conocer en silla de ruedas o con la ayuda de un bastón las instalaciones de una obra que consideran “se hizo en tiempo récord” y “se ve moderna y amplia”.

Alfonso Téllez es una de esas personas de más de 60 años que acudió a conocer las instalaciones del aeropuerto. Mientras se ayuda de su bastón admira los tres pisos del estacionamiento que por ahora es gratuito. Lo mismo lo hace otra pareja de adultos mayores que llegaron en auto junto a su hijo. Ellos prefieren no hacer comentarios “porque los medios no dicen lo que pensamos”.

Al ingresar a la terminal, por la puerta siete, se observa a pequeños grupos que buscan reconocer lo que vieron a través de las pantallas el día de la inauguración.

Buscan dónde tomarse una selfie, la fotografía del recuerdo. Lo mismo en la estatua que hace honor a los ingenieros militares –constructores de más de 382 mil metros cuadrados en tan sólo 29 meses–, que también en los corredores o frente algunos de los locales comerciales que en su mayoría aún están cerrados o con mantas que auguran que próximamente abrirán.

A su paso son varias personas las que siguen preguntando: “¿dónde está la señora de las tlayudas?”. Solo que a diferencia de aquel 21 de marzo, personal de la Guardia Nacional no permite que ni un vendedor ambulante entre a las instalaciones.

Apenas el sábado pasado una de las franquicias de venta de pastes, los pastelillos tradicionales de Hidalgo, abrió sus puertas en la planta baja del inmueble. Itzel Guerrero e Itzcóatl Esquivel son los jóvenes que atienden la larga fila de turistas, trabajadores y soldados.

“Son 800 pastes los que en promedio vendemos al día”, dice Itzcóatl, quien a una semana y media de empezar a trabajar en el lugar pregunta que si en el periódico habrá empleo para él, dado que tiene menos de seis meses de haber egresado de la licenciatura de Letras en la UNAM.

Una mujer y un hombre de la tercera edad dan varias vueltas en ese piso con el trapeador en mano.

Después de pasar por el punto de control de seguridad de empleados en la sala de espera se han concentrado los menos de cien pasajeros del vuelo hacia Mérida.

Los viajeros no son los únicos que esperan. También lo hace un grupo de mujeres de limpieza que se sientan al filo de una maceta para ver el despegue del avión de Aeroméxico. Ninguna de ellas advierte que en la gran viga que está en el piso superior, de los tres de la edificación, aún hay polvo, lijas y estopa de la construcción.

Los martillazos que realiza un trabajador a un costado de ellas es lo único que logra ocultar el sonido de las sierras.

“Estamos en una obra en progreso, todavía tiene mucho que abrir y muchos servicios qué ofrecer”, comenta el supervisor Eduardo Saucedo.



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