/ domingo 19 de mayo de 2019

El maestro de cada día

¿Alguna vez hemos pensado lo que es un día en la vida de un auténtico maestro?

Ojalá que lo que de él pensamos y esperamos fuera al menos semejante a la comprensión y empatía que de su labor diaria como docente tenemos.

Porque, quizás usted no lo sabe, hay maestros que deben a veces cubrir hasta dos turnos diarios para vivir con el discreto decoro de un profesional. Sus días son casi siempre interminables como cortas son sus noches. Y todavía más, algunos tienen que trabajar en algo más, a fin de completar su sustento.

Casi todos creemos que su vida es fácil, llena de asuetos, de vacaciones prolongadas y que viven sin preocuparse por el porvenir. La mayoría de la gente piensa que no están suficientemente preparados y cuando ven que algunos luchan tal vez desaprensivamente, es verdad, por sus reivindicaciones sociales, alarmados se preguntan en manos de quién está la educación de sus hijos. Y con justificada razón.

Pero, si lo miramos bien, la vida de un maestro, el auténtico, el que está frente a su grupo y lo hace fiel y puntualmente, es casi siempre ardua y difícil. No le satisface únicamente transmitir una serie de conocimientos a los diferentes destinatarios que fueron confiados a su cuidado, sino que además procura hacerlos trascender como personas en un mundo donde por desgracia, el egoísmo y la vanidad son la piedra de toque del éxito.

Y es precisamente a este maestro que se le pide sea educador, modelo y orientador de sus alumnos. Que no los trate como números, sino como lo que son: seres humanos. Que su salón de clases sea una pequeña comunidad de aprendizaje y disciplina, así tenga 50 en el grupo. Que les enseñe a trabajar en equipo y a que sean solidarios con sus compañeros; que aprendan la ética laboral que el esfuerzo diario supone y que después les servirá en la vida; que sigan en fin, fieles a ciertos ideales que muchas veces no coinciden con los de la sociedad, preocupada más por la información que por la formación de sus integrantes.

El día de un maestro con tales aspiraciones comienza con su estar frente a su grupo, sea de niños o de jóvenes, de primaria o universidad, de escuela rica o pobre, y educarlos de tal forma que puedan entender que transitar por el camino fácil en lugar del que supone esfuerzo, sólo conduce a la decepción; que la lucha por las oportunidades es a veces escasa y por eso hay que buscarlas, y que caminar con el fatalismo a cuestas acabará por paralizar sus sueños y sus anhelos. Y es precisamente el maestro, en su tarea diaria, quien debe infundir e inculcar en sus alumnos la idea de que su misión va más allá de enseñar matemáticas, o física o biología, ya que debe también promover principios y actitudes que conviertan a sus alumnos en personas comprometidas consigo mismas y con su sociedad.

El día de un maestro así no concluye, sin embargo, con su firma de salida. Todavía tiene exámenes que corregir, alumnos que lo ven también como consejero, órdenes de sus superiores que tiene que cumplir, tareas extra que quizá tenga que revisar, papás que atender y que ante un conflicto, de ordinario darán la razón a su hijo, y, al final de todo, atender como debe a su propia familia que espera que su vocación no le separe de la responsabilidad que también tiene como persona, padre y esposo.

Pero quizá el reto mayor que debe enfrentar un maestro es el de transmitir valores. Día tras día debe insistir en que, definitivamente, es la actitud honesta la que determinará al final nuestra calidad de vida. Y a veces tiene que hacerlo a pesar de ver que en muchos hogares esto no se privilegia porque se espera cómodamente que de ello se encargue la escuela, ignorando que ésta sólo encauza y pedagogiza los valores enseñados en la casa y si los estudiantes llegan vacíos de ellos, muy poco se podrá hacer. No obstante todo eso, del maestro se espera que sea justo, paciente, comprometido, puntual, responsable y tantas otras cosas, lo que no exigimos, o al menos tan definitivamente como a otros personajes de la vida pública sean políticos, empresarios o ejecutivos notables. Porque es cierto que el maestro está en el escaparate de la vida como sacerdote que oficia los ritos de un aprendizaje integral, en el que no puede ser neutral, so pena de traicionar su respeto a la congruencia.

Nikos Kantanzakis afirma que la verdadera labor de un maestro ha de ser la de tenderse generosamente como puente para que sus alumnos lleguen a la otra orilla, y puedan de ese modo contemplar asombrados la belleza que allá se encuentra y que antes no conocían. Pero al hacerlo deben al mismo tiempo procurar que más tarde sean ellos mismos capaces de construir sus propios puentes.

Pero es sólo así, que al final del día y como culminación todos sus afanes, el maestro habrá logrado su plenitud. Porque debido a su hermosa vocación le fue permitido, como dice el pensador “poder pasar sus días con el futuro”.

…el maestro sabe que si construye con amor, aquello que construye vivirá para siempre…John W. Schlatter.


¿Alguna vez hemos pensado lo que es un día en la vida de un auténtico maestro?

Ojalá que lo que de él pensamos y esperamos fuera al menos semejante a la comprensión y empatía que de su labor diaria como docente tenemos.

Porque, quizás usted no lo sabe, hay maestros que deben a veces cubrir hasta dos turnos diarios para vivir con el discreto decoro de un profesional. Sus días son casi siempre interminables como cortas son sus noches. Y todavía más, algunos tienen que trabajar en algo más, a fin de completar su sustento.

Casi todos creemos que su vida es fácil, llena de asuetos, de vacaciones prolongadas y que viven sin preocuparse por el porvenir. La mayoría de la gente piensa que no están suficientemente preparados y cuando ven que algunos luchan tal vez desaprensivamente, es verdad, por sus reivindicaciones sociales, alarmados se preguntan en manos de quién está la educación de sus hijos. Y con justificada razón.

Pero, si lo miramos bien, la vida de un maestro, el auténtico, el que está frente a su grupo y lo hace fiel y puntualmente, es casi siempre ardua y difícil. No le satisface únicamente transmitir una serie de conocimientos a los diferentes destinatarios que fueron confiados a su cuidado, sino que además procura hacerlos trascender como personas en un mundo donde por desgracia, el egoísmo y la vanidad son la piedra de toque del éxito.

Y es precisamente a este maestro que se le pide sea educador, modelo y orientador de sus alumnos. Que no los trate como números, sino como lo que son: seres humanos. Que su salón de clases sea una pequeña comunidad de aprendizaje y disciplina, así tenga 50 en el grupo. Que les enseñe a trabajar en equipo y a que sean solidarios con sus compañeros; que aprendan la ética laboral que el esfuerzo diario supone y que después les servirá en la vida; que sigan en fin, fieles a ciertos ideales que muchas veces no coinciden con los de la sociedad, preocupada más por la información que por la formación de sus integrantes.

El día de un maestro con tales aspiraciones comienza con su estar frente a su grupo, sea de niños o de jóvenes, de primaria o universidad, de escuela rica o pobre, y educarlos de tal forma que puedan entender que transitar por el camino fácil en lugar del que supone esfuerzo, sólo conduce a la decepción; que la lucha por las oportunidades es a veces escasa y por eso hay que buscarlas, y que caminar con el fatalismo a cuestas acabará por paralizar sus sueños y sus anhelos. Y es precisamente el maestro, en su tarea diaria, quien debe infundir e inculcar en sus alumnos la idea de que su misión va más allá de enseñar matemáticas, o física o biología, ya que debe también promover principios y actitudes que conviertan a sus alumnos en personas comprometidas consigo mismas y con su sociedad.

El día de un maestro así no concluye, sin embargo, con su firma de salida. Todavía tiene exámenes que corregir, alumnos que lo ven también como consejero, órdenes de sus superiores que tiene que cumplir, tareas extra que quizá tenga que revisar, papás que atender y que ante un conflicto, de ordinario darán la razón a su hijo, y, al final de todo, atender como debe a su propia familia que espera que su vocación no le separe de la responsabilidad que también tiene como persona, padre y esposo.

Pero quizá el reto mayor que debe enfrentar un maestro es el de transmitir valores. Día tras día debe insistir en que, definitivamente, es la actitud honesta la que determinará al final nuestra calidad de vida. Y a veces tiene que hacerlo a pesar de ver que en muchos hogares esto no se privilegia porque se espera cómodamente que de ello se encargue la escuela, ignorando que ésta sólo encauza y pedagogiza los valores enseñados en la casa y si los estudiantes llegan vacíos de ellos, muy poco se podrá hacer. No obstante todo eso, del maestro se espera que sea justo, paciente, comprometido, puntual, responsable y tantas otras cosas, lo que no exigimos, o al menos tan definitivamente como a otros personajes de la vida pública sean políticos, empresarios o ejecutivos notables. Porque es cierto que el maestro está en el escaparate de la vida como sacerdote que oficia los ritos de un aprendizaje integral, en el que no puede ser neutral, so pena de traicionar su respeto a la congruencia.

Nikos Kantanzakis afirma que la verdadera labor de un maestro ha de ser la de tenderse generosamente como puente para que sus alumnos lleguen a la otra orilla, y puedan de ese modo contemplar asombrados la belleza que allá se encuentra y que antes no conocían. Pero al hacerlo deben al mismo tiempo procurar que más tarde sean ellos mismos capaces de construir sus propios puentes.

Pero es sólo así, que al final del día y como culminación todos sus afanes, el maestro habrá logrado su plenitud. Porque debido a su hermosa vocación le fue permitido, como dice el pensador “poder pasar sus días con el futuro”.

…el maestro sabe que si construye con amor, aquello que construye vivirá para siempre…John W. Schlatter.


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