/ lunes 13 de enero de 2020

Un México de Luto

Consternación y pesadumbre, ha ocasionado el lamentable hecho ocurrido en el norte de nuestra República Mexicana en el que un menor ingresara armado a un colegio privado y detonara dos revólveres en repetidas ocasiones acabando con la vida de su maestra, además de herir a otros compañeros para, por último, arrebatarse la existencia disparándose en la cabeza.

Instantes antes de iniciar esta calamidad, José Ángel, declaró “hoy es el día” y, así como introdujo dos armas; una de ellas calibre .25 y otra de calibre .40, también hizo lo propio con la vestimenta que usaría para llevar al cabo lo que tanto había planeado durante las últimas semanas. Un pantalón negro con tirantes y una playera blanca, tal y como vestía Eric Harris, aquel tristemente famoso “asesino de Columbine” quien cometiera una masacre en abril de 1999 en un plantel de nivel medio superior del estado de Texas en la Unión Americana.

Las imágenes corrieron en las redes sociales y, en instantes, todo nuestro país estaba enterado de la tragedia. ¿Qué era lo que pasaba por la mente del niño en los días previos a cometer la atrocidad?, ¿Cómo es que tan fácilmente tuvo acceso a dos armas de fuego sin que nadie se percatara de ello?, ¿De qué clase de información se nutría ese menor para tomar la decisión de jalar el gatillo de las pistolas?

El pasado domingo José Ángel fue despedido por sus familiares y amigos en el panteón “Jardines” de Torreón, llevándose consigo el misterio de los motivos que tuvo para proceder de semejante forma en contra de otros niños y de su mentora, dejando, además, en nuestra sociedad una serie interminable de especulaciones y un luto que difícilmente se superará en nuestro país y que será imborrable en la historia de la “comarca lagunera”.

Conforme las autoridades han avanzado en las investigaciones, se ha descubierto que José Ángel vivía en un entorno sumamente difícil y complejo para él, pues el muchachito estaba en casa de sus abuelos paternos después de haber sido “abandonado” por su progenitor el cual había decidido formar otra familia. Por otra parte, la mamá del adolescente había fallecido tiempo atrás, dejándolo en la orfandad. A pesar de lo anterior, las maestras del plantel han coincidido en que el pequeño nunca mostró un comportamiento errático o indebido, por el contrario, algunas lo consideraban hasta un chico con calificaciones sobresalientes en cada una de las asignaturas y con un futuro esperanzador.

Sin duda alguna, este hecho nos debería poner sobre aviso a todos nosotros, pues nos habla de una nueva “fragilidad” que, en gran medida, se había pasado por alto, en esta “generación de cristal”.

Si recordamos, el año anterior señalábamos a los jóvenes de estos tiempos con ese apodo – “generación de cristal” - porque habían crecido sobreprotegidos por los papás quienes suplían su ausencia al consentir todos y cada uno de los caprichos de sus vástagos, incluso solapándoles el mal comportamiento y exigiéndoles tolerancia a los demás ante cada uno de los berrinches de “sus niños”.

Maestros que eran regañados por lo padres por no haber tolerado insultos de los chamacos. Abuelos que eran “obligados” a cuidar a los nietos para que los papás se pudieran ir de fiesta. Objetos que eran apropiados por los “nenes” por el simple hecho de que estos decidían que tal o cual cosa les pertenecía sin haberse esforzado para obtenerla o sin ponerse a pensar que alguien más sí la merecía.

Niños a los que les hicieron sentirse los “reyes del mundo” con el pomposo nombre de “centenials”, esta generación, hija de los bien conocidos e intolerantes “millenials”, es identificada por el alto grado de irreverencia, falta de respeto, carencia de valores y sobreexposición a la información de cualquier índole sin el tamizaje debido por alguna figura de autoridad.

Póngase usted a pensar, gentil amigo lector, la procuraduría del estado de Coahuila, no nada más debe establecer cómo es que el niño se hizo de las armas. ¡Ya que no es robarse un pan por tener hambre!, sino además determinar cómo es que desarrolló la destreza debida para usarlas con la efectividad que, según dicen, se puede ver en los videos de las cámaras de seguridad.

¿A cuánta información impropia, indebida, equivocada y mal dirigida tuvo acceso este jovencito? Solo él lo sabe. Las indagatorias darán cuenta a la sociedad.

De igual manera, y aunque se lea agresivo o no esté usted de acuerdo conmigo, creo que debemos decir que él no es la víctima de las circunstancias como lo están catalogando en una carta que ya circula por las redes sociales y los teléfonos inteligentes a manera de mensaje. No hay que confundirnos.

El niño sí sabía lo que estaba haciendo. Conocía perfectamente las consecuencias de detonar una pistola y por eso las llevó a la escuela. Él tenía bien claro lo que estaba bien y lo que no. A los once años ya se tiene conciencia de los límites de la legalidad y de la delincuencia, por eso mismo, se disfrazó de un delincuente; de un asesino que ya había cometido una masacre en una preparatoria de los Estados Unidos de Norteamérica.

Asegurar el que José Ángel es enteramente una víctima de su propia inocencia es negarnos a la realidad que viven los demás niños en las mismas circunstancias y, si no se ponen manos a la obra, estamos en un riesgo latente de continuar atestiguando atrocidades como la recién vivida el pasado viernes.

Y la solución no solo radica en realizar “operativos mochila” por parte de los directores y maestros de todas las escuelas de cualquier nivel educativo. Los padres de familia estamos obligados a realizar “operativos” en sentimientos, información, celulares, tabletas, computadoras, cuentas sociales y hasta consolas de videojuegos, no con el fin de sobreprotegerlos, sino con el de estar atentos a ellos para orientarlos y convertirlos en hombres y mujeres de bien, con buenos sentimientos con excelentes valores morales, que sientan respeto a la vida y a los demás y que reconozcan a las figuras de autoridad.

Así y solo así empezaremos a disminuir, entre todos, los índices de la violencia que hoy nos sacuden a través de las noticias, pues ese es el verdadero reto de México. Y hasta aquí, pues como decía cierto periodista: “El tiempo apremia y el espacio se agota”.

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Con Café y a Media Luz

Agustín JIMENEZ CERVANTES

“Un México de Luto”

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Consternación y pesadumbre, ha ocasionado el lamentable hecho ocurrido en el norte de nuestra República Mexicana en el que un menor ingresara armado a un colegio privado y detonara dos revólveres en repetidas ocasiones acabando con la vida de su maestra, además de herir a otros compañeros para, por último, arrebatarse la existencia disparándose en la cabeza.

Instantes antes de iniciar esta calamidad, José Ángel, declaró “hoy es el día” y, así como introdujo dos armas; una de ellas calibre .25 y otra de calibre .40, también hizo lo propio con la vestimenta que usaría para llevar al cabo lo que tanto había planeado durante las últimas semanas. Un pantalón negro con tirantes y una playera blanca, tal y como vestía Eric Harris, aquel tristemente famoso “asesino de Columbine” quien cometiera una masacre en abril de 1999 en un plantel de nivel medio superior del estado de Texas en la Unión Americana.

Las imágenes corrieron en las redes sociales y, en instantes, todo nuestro país estaba enterado de la tragedia. ¿Qué era lo que pasaba por la mente del niño en los días previos a cometer la atrocidad?, ¿Cómo es que tan fácilmente tuvo acceso a dos armas de fuego sin que nadie se percatara de ello?, ¿De qué clase de información se nutría ese menor para tomar la decisión de jalar el gatillo de las pistolas?

El pasado domingo José Ángel fue despedido por sus familiares y amigos en el panteón “Jardines” de Torreón, llevándose consigo el misterio de los motivos que tuvo para proceder de semejante forma en contra de otros niños y de su mentora, dejando, además, en nuestra sociedad una serie interminable de especulaciones y un luto que difícilmente se superará en nuestro país y que será imborrable en la historia de la “comarca lagunera”.

Conforme las autoridades han avanzado en las investigaciones, se ha descubierto que José Ángel vivía en un entorno sumamente difícil y complejo para él, pues el muchachito estaba en casa de sus abuelos paternos después de haber sido “abandonado” por su progenitor el cual había decidido formar otra familia. Por otra parte, la mamá del adolescente había fallecido tiempo atrás, dejándolo en la orfandad. A pesar de lo anterior, las maestras del plantel han coincidido en que el pequeño nunca mostró un comportamiento errático o indebido, por el contrario, algunas lo consideraban hasta un chico con calificaciones sobresalientes en cada una de las asignaturas y con un futuro esperanzador.

Sin duda alguna, este hecho nos debería poner sobre aviso a todos nosotros, pues nos habla de una nueva “fragilidad” que, en gran medida, se había pasado por alto, en esta “generación de cristal”.

Si recordamos, el año anterior señalábamos a los jóvenes de estos tiempos con ese apodo – “generación de cristal” - porque habían crecido sobreprotegidos por los papás quienes suplían su ausencia al consentir todos y cada uno de los caprichos de sus vástagos, incluso solapándoles el mal comportamiento y exigiéndoles tolerancia a los demás ante cada uno de los berrinches de “sus niños”.

Maestros que eran regañados por lo padres por no haber tolerado insultos de los chamacos. Abuelos que eran “obligados” a cuidar a los nietos para que los papás se pudieran ir de fiesta. Objetos que eran apropiados por los “nenes” por el simple hecho de que estos decidían que tal o cual cosa les pertenecía sin haberse esforzado para obtenerla o sin ponerse a pensar que alguien más sí la merecía.

Niños a los que les hicieron sentirse los “reyes del mundo” con el pomposo nombre de “centenials”, esta generación, hija de los bien conocidos e intolerantes “millenials”, es identificada por el alto grado de irreverencia, falta de respeto, carencia de valores y sobreexposición a la información de cualquier índole sin el tamizaje debido por alguna figura de autoridad.

Póngase usted a pensar, gentil amigo lector, la procuraduría del estado de Coahuila, no nada más debe establecer cómo es que el niño se hizo de las armas. ¡Ya que no es robarse un pan por tener hambre!, sino además determinar cómo es que desarrolló la destreza debida para usarlas con la efectividad que, según dicen, se puede ver en los videos de las cámaras de seguridad.

¿A cuánta información impropia, indebida, equivocada y mal dirigida tuvo acceso este jovencito? Solo él lo sabe. Las indagatorias darán cuenta a la sociedad.

De igual manera, y aunque se lea agresivo o no esté usted de acuerdo conmigo, creo que debemos decir que él no es la víctima de las circunstancias como lo están catalogando en una carta que ya circula por las redes sociales y los teléfonos inteligentes a manera de mensaje. No hay que confundirnos.

El niño sí sabía lo que estaba haciendo. Conocía perfectamente las consecuencias de detonar una pistola y por eso las llevó a la escuela. Él tenía bien claro lo que estaba bien y lo que no. A los once años ya se tiene conciencia de los límites de la legalidad y de la delincuencia, por eso mismo, se disfrazó de un delincuente; de un asesino que ya había cometido una masacre en una preparatoria de los Estados Unidos de Norteamérica.

Asegurar el que José Ángel es enteramente una víctima de su propia inocencia es negarnos a la realidad que viven los demás niños en las mismas circunstancias y, si no se ponen manos a la obra, estamos en un riesgo latente de continuar atestiguando atrocidades como la recién vivida el pasado viernes.

Y la solución no solo radica en realizar “operativos mochila” por parte de los directores y maestros de todas las escuelas de cualquier nivel educativo. Los padres de familia estamos obligados a realizar “operativos” en sentimientos, información, celulares, tabletas, computadoras, cuentas sociales y hasta consolas de videojuegos, no con el fin de sobreprotegerlos, sino con el de estar atentos a ellos para orientarlos y convertirlos en hombres y mujeres de bien, con buenos sentimientos con excelentes valores morales, que sientan respeto a la vida y a los demás y que reconozcan a las figuras de autoridad.

Así y solo así empezaremos a disminuir, entre todos, los índices de la violencia que hoy nos sacuden a través de las noticias, pues ese es el verdadero reto de México. Y hasta aquí, pues como decía cierto periodista: “El tiempo apremia y el espacio se agota”.

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Con Café y a Media Luz

Agustín JIMENEZ CERVANTES

“Un México de Luto”

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lunes 13 de enero de 2020

Un México de Luto

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