/ domingo 10 de mayo de 2020

De repente, nuestras madres…

Hay un momento, cuando los hijos crecen, en el que preferirían que sus madres ya no fueran como hasta entonces habían acostumbrado ser.

Es el tiempo en que de pronto descubren que ellas no lo saben todo como ingenuamente creían y, peor aún, que muchas veces ignoran hasta lo más elemental. Entonces se dan cuenta que eso es inaceptable, hijos de la postmodernidad como son y cautivos como están de la tecnología de punta y de la incontinencia cibernética.

De repente los hijos deciden alejarse del calor de la perfecta compañía que un día les proporcionaron sus madres y que en su tiempo les significó crecimiento y autoestima, para inconscientemente renunciar a su cercanía y a su ternura, rechazar su regazo, antes tan privilegiado, sin pensar siquiera que es el mismo que reclamaron con vehemencia cuando fueron niños.

Hay un momento en el que creen que ellas irremediablemente empiezan a hacerse obsoletas, cursis, medievales y obsesivas. Parecería como si en el fondo quisieran que los hijos no crecieran y siguieran necesitándolas como antes y por eso les siguen llamando en diminutivo, contando a todo el mundo sus hazañas infantiles, mostrando esas fotografías de su niñez que, aunque entrañables para ellas, son mortificantes para ellos, acostumbrados a que la única persistencia aceptable de una imagen es la temporalidad de la selfie y el Instagram, por ser siempre descartables.

De pronto las madres no son ya más las heroínas audaces que un día fueron festejadas y que los hijos con orgullo presumían; las supermujeres que siempre tenían todas las respuestas, hacían los mejores hot cakes y el pollo frito; las dulces doncellas que fueron el primer amor de todo hijo y a la que pensaban desposar cuando fueran adultos, ni tampoco son ya el tierno abrazo con el que soñaban al volver de la escuela, esas benditas mujeres que suave perfumaron su infancia, a cuyo inolvidable recuerdo de vez en cuando se asoman con gratitud.

Pero llega un momento, cuando los hijos crecen, en el que a ellas se les ocurre escudriñarlo todo: las calificaciones y tareas escolares; su ropa, la música que escuchan; el celular, los video-juegos que disfrutan o el tiempo que emplean navegando en Internet. Es entonces que se convierten en inspectoras de horarios, certificadoras de los amigos y hasta pretenden obligarlos a asistir a la iglesia con ellas, incluso se atreven a ir a la escuela a hablar con sus profesores. Entonces siguiendo los experimentados consejos de psicopedagogos postmodernistas, los hijos las declaran culpables de toda esa intromisión en sus vidas, y quisieran verlas reflexionar en cómo se han vuelto anticuadas, que no los comprenden, que solo les hacen la vida imposible, que se la pasan reprochando e impidiendo el natural crecimiento de ellos, así como su autoafirmación y su independencia, pretendiendo vivir en sus hijos los sueños que no pudieron cumplir en su tiempo.

Un día, de manera insospechada, las madres dejan de ser tan fantásticas como habían sido con sus antes sorprendentes milagros, como aliviar ese raspón en la rodilla, o pasar la noche en vela cuando vino la fiebre y la tos, cosas ya no tan celebradas como antaño. Pero, por un enigma incomprensible, a las madres eso no les importará. Ellas seguirán alegres adornando este mundo con la flor siempre viva de su entrega incondicional, único misterio real del universo que nadie ha podido desentrañar, y por el cual los seres humanos son capaces de trascender. Porque ellas saben que su jardín, cuidado con tanto esmero, quedará yermo más tarde cuando los hijos decidan cultivar el propio. Pero las madres verán con gozo que todo ello valió la pena, porque corazón adentro entienden ciega y claramente que es así como Dios quiso hacerlas partícipes del don maravilloso y fascinante de la vida.

Por eso las madres representan el único paradigma verdadero que supone dar sin restricciones. Ellas son la rama frágil que un día floreció para adornar el mundo con su singular hermosura; la conjunción casi perfecta de la debilidad con la fortaleza, la sabiduría con la gracia y la pasión con el compromiso, todo lo que las define cabalmente en su naturaleza esencial, y le dan al mismo tiempo a este mundo la esperanza cierta de que, a pesar de los naturales acertijos que tiene la vida, ellas estarán ahí para invitar a sus hijos a celebrar su misterio y a reencontrar el rumbo hacia la plenitud, la que con paciencia les enseñaron un día a perseguir tenazmente.

Alguien escribió: “…reunió Dios todas las aguas y las llamó mares; reunió todas las gracias y las llamó madres”. Es cierto, quizá las madres con el devenir del tiempo sean vistas de manera distinta, porque el mundo en el que sus hijos vivirán es diferente y así tiene que ser. Pero algo indefinible y magnífico quedará en esa semilla que en ellas fue sembrada y que convertida en espiga inacabable germinará para siempre a causa de su valentía. Y por eso las madres son y seguirán siendo, como dice el poeta, “bendecidas en todas las lenguas y en todos los rincones, por todos los hombres, de toda la Tierra”.

DE REPENTE, NUESTRAS MADRES…

---

Para María y Lydia Arminda

“…la mano que mece la cuna,

es la mano que gobierna al mundo..”

William Ross Wallace

.....

Rubén Núñez de Cáceres V.

Para María y Lydia Arminda

“…la mano que mece la cuna,

es la mano que gobierna al mundo...”

William Ross Wallace

Hay un momento, cuando los hijos crecen, en el que preferirían que sus madres ya no fueran como hasta entonces habían acostumbrado ser.

Es el tiempo en que de pronto descubren que ellas no lo saben todo como ingenuamente creían y, peor aún, que muchas veces ignoran hasta lo más elemental. Entonces se dan cuenta que eso es inaceptable, hijos de la postmodernidad como son y cautivos como están de la tecnología de punta y de la incontinencia cibernética.

De repente los hijos deciden alejarse del calor de la perfecta compañía que un día les proporcionaron sus madres y que en su tiempo les significó crecimiento y autoestima, para inconscientemente renunciar a su cercanía y a su ternura, rechazar su regazo, antes tan privilegiado, sin pensar siquiera que es el mismo que reclamaron con vehemencia cuando fueron niños.

Hay un momento en el que creen que ellas irremediablemente empiezan a hacerse obsoletas, cursis, medievales y obsesivas. Parecería como si en el fondo quisieran que los hijos no crecieran y siguieran necesitándolas como antes y por eso les siguen llamando en diminutivo, contando a todo el mundo sus hazañas infantiles, mostrando esas fotografías de su niñez que, aunque entrañables para ellas, son mortificantes para ellos, acostumbrados a que la única persistencia aceptable de una imagen es la temporalidad de la selfie y el Instagram, por ser siempre descartables.

De pronto las madres no son ya más las heroínas audaces que un día fueron festejadas y que los hijos con orgullo presumían; las supermujeres que siempre tenían todas las respuestas, hacían los mejores hot cakes y el pollo frito; las dulces doncellas que fueron el primer amor de todo hijo y a la que pensaban desposar cuando fueran adultos, ni tampoco son ya el tierno abrazo con el que soñaban al volver de la escuela, esas benditas mujeres que suave perfumaron su infancia, a cuyo inolvidable recuerdo de vez en cuando se asoman con gratitud.

Pero llega un momento, cuando los hijos crecen, en el que a ellas se les ocurre escudriñarlo todo: las calificaciones y tareas escolares; su ropa, la música que escuchan; el celular, los video-juegos que disfrutan o el tiempo que emplean navegando en Internet. Es entonces que se convierten en inspectoras de horarios, certificadoras de los amigos y hasta pretenden obligarlos a asistir a la iglesia con ellas, incluso se atreven a ir a la escuela a hablar con sus profesores. Entonces siguiendo los experimentados consejos de psicopedagogos postmodernistas, los hijos las declaran culpables de toda esa intromisión en sus vidas, y quisieran verlas reflexionar en cómo se han vuelto anticuadas, que no los comprenden, que solo les hacen la vida imposible, que se la pasan reprochando e impidiendo el natural crecimiento de ellos, así como su autoafirmación y su independencia, pretendiendo vivir en sus hijos los sueños que no pudieron cumplir en su tiempo.

Un día, de manera insospechada, las madres dejan de ser tan fantásticas como habían sido con sus antes sorprendentes milagros, como aliviar ese raspón en la rodilla, o pasar la noche en vela cuando vino la fiebre y la tos, cosas ya no tan celebradas como antaño. Pero, por un enigma incomprensible, a las madres eso no les importará. Ellas seguirán alegres adornando este mundo con la flor siempre viva de su entrega incondicional, único misterio real del universo que nadie ha podido desentrañar, y por el cual los seres humanos son capaces de trascender. Porque ellas saben que su jardín, cuidado con tanto esmero, quedará yermo más tarde cuando los hijos decidan cultivar el propio. Pero las madres verán con gozo que todo ello valió la pena, porque corazón adentro entienden ciega y claramente que es así como Dios quiso hacerlas partícipes del don maravilloso y fascinante de la vida.

Por eso las madres representan el único paradigma verdadero que supone dar sin restricciones. Ellas son la rama frágil que un día floreció para adornar el mundo con su singular hermosura; la conjunción casi perfecta de la debilidad con la fortaleza, la sabiduría con la gracia y la pasión con el compromiso, todo lo que las define cabalmente en su naturaleza esencial, y le dan al mismo tiempo a este mundo la esperanza cierta de que, a pesar de los naturales acertijos que tiene la vida, ellas estarán ahí para invitar a sus hijos a celebrar su misterio y a reencontrar el rumbo hacia la plenitud, la que con paciencia les enseñaron un día a perseguir tenazmente.

Alguien escribió: “…reunió Dios todas las aguas y las llamó mares; reunió todas las gracias y las llamó madres”. Es cierto, quizá las madres con el devenir del tiempo sean vistas de manera distinta, porque el mundo en el que sus hijos vivirán es diferente y así tiene que ser. Pero algo indefinible y magnífico quedará en esa semilla que en ellas fue sembrada y que convertida en espiga inacabable germinará para siempre a causa de su valentía. Y por eso las madres son y seguirán siendo, como dice el poeta, “bendecidas en todas las lenguas y en todos los rincones, por todos los hombres, de toda la Tierra”.

DE REPENTE, NUESTRAS MADRES…

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Para María y Lydia Arminda

“…la mano que mece la cuna,

es la mano que gobierna al mundo..”

William Ross Wallace

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Rubén Núñez de Cáceres V.

Para María y Lydia Arminda

“…la mano que mece la cuna,

es la mano que gobierna al mundo...”

William Ross Wallace

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