/ domingo 27 de octubre de 2019

Día de los muertos


Con la paciencia oriental de nuestra raza que viste pulgas, hace juguetes de carrizo, “educa” pájaros, entrena a los periquitos para ser cirqueros y pica papel de china, entre muchas otras habilidades asombrosas...

También el mexicano se dedica con devoción a llenar de flores, recuerdos y adornos la tumba de sus seres queridos en eterno descanso. El 2 de noviembre se recuerda y celebra a los difuntos con toda la fuerza de nuestras tradiciones.

El mexicano lleva la muerte adentro desde que nace, y se acostumbra a vivirla, a retarla y a festejarla. Del solemne morado luctuoso y el chillante amarillo del cempasúchil se adornan altares y tumbas. Entre las fotografías de los ausentes, calaveritas de azúcar, panuchos, ricos panes con la tibia frente craneana. Tequila y mezcal, sotol o aguardiente, lo que le gustaba tomar, porque en la noche de difuntos vendrá el espíritu del muerto a ver sus ofrendas. No se las comerá, al otro día ahí seguirán, dulce con su nombre, le colocan sus bebidas y comidas predilectas: tamales, mole, pero su aroma le dirá que lo extrañan y lo recuerdan.

La muerte es uno de los temas de mayor importancia en nuestra cultura. En la música también suele estar presente. La vida no vale nada, aseguró José Alfredo en célebre canción que nos envalentona. Nomás tres tiros le dieron a Rosita Alvírez, como solo uno era de muerte le hicieron su corrido. Cerró sus ojitos Cleto, del gran Chava Flores que con su genial ironía nos dice que como mexicanos hay que reírnos de la huesuda. Y la ahora obligada Amor eterno, que se escucha entre lágrimas y tequila por todos los panteones de México... Muerto sentido, muerto llorado. Hay que llorar.

Presente más que nunca nuestro Cuco Sánchez, de Altamira, quien quería morir de cinco balazos en su cama de piedra y pedía que envuelto en su sarape lo enterraran. El gran Diego Rivera que plasmó en su famoso mural “Sueño de una tarde en la Alameda” a La Catrina tan elegante tomando con sus huesudas manos al niño Diego y a José Guadalupe Posada, su creador... La Llorona es nuestra leyenda preferida y Pedro Páramo la novela más retratadora de la idiosincrasia del mexicano.

A mí el tema me rebasa un poco y prefiero seguir la genial sugerencia de Germán Dehesa que ante la inminente llegada de la huesuda trataba de vivir sobre las puntitas de los pies, pues en sus delirios imaginaba que si no hacía ruido la “Catrina” (versión elegante de la muerte) no se iba a percatar de su presencia y le permitiría colarse a la vida que es en donde le gustaba estar”.

Nuestros usos y costumbres nos dan sentido de identidad y nos recuerda lo efímero de la vida, es el aquí y ahora; aunque el tic-tac del reloj diga lo contrario; hay que gozar la vida y sus placeres antes de que se nos aparezca la “hija de la jijurria” con su guadaña afilada pa' llevarnos al panteón.


Con la paciencia oriental de nuestra raza que viste pulgas, hace juguetes de carrizo, “educa” pájaros, entrena a los periquitos para ser cirqueros y pica papel de china, entre muchas otras habilidades asombrosas...

También el mexicano se dedica con devoción a llenar de flores, recuerdos y adornos la tumba de sus seres queridos en eterno descanso. El 2 de noviembre se recuerda y celebra a los difuntos con toda la fuerza de nuestras tradiciones.

El mexicano lleva la muerte adentro desde que nace, y se acostumbra a vivirla, a retarla y a festejarla. Del solemne morado luctuoso y el chillante amarillo del cempasúchil se adornan altares y tumbas. Entre las fotografías de los ausentes, calaveritas de azúcar, panuchos, ricos panes con la tibia frente craneana. Tequila y mezcal, sotol o aguardiente, lo que le gustaba tomar, porque en la noche de difuntos vendrá el espíritu del muerto a ver sus ofrendas. No se las comerá, al otro día ahí seguirán, dulce con su nombre, le colocan sus bebidas y comidas predilectas: tamales, mole, pero su aroma le dirá que lo extrañan y lo recuerdan.

La muerte es uno de los temas de mayor importancia en nuestra cultura. En la música también suele estar presente. La vida no vale nada, aseguró José Alfredo en célebre canción que nos envalentona. Nomás tres tiros le dieron a Rosita Alvírez, como solo uno era de muerte le hicieron su corrido. Cerró sus ojitos Cleto, del gran Chava Flores que con su genial ironía nos dice que como mexicanos hay que reírnos de la huesuda. Y la ahora obligada Amor eterno, que se escucha entre lágrimas y tequila por todos los panteones de México... Muerto sentido, muerto llorado. Hay que llorar.

Presente más que nunca nuestro Cuco Sánchez, de Altamira, quien quería morir de cinco balazos en su cama de piedra y pedía que envuelto en su sarape lo enterraran. El gran Diego Rivera que plasmó en su famoso mural “Sueño de una tarde en la Alameda” a La Catrina tan elegante tomando con sus huesudas manos al niño Diego y a José Guadalupe Posada, su creador... La Llorona es nuestra leyenda preferida y Pedro Páramo la novela más retratadora de la idiosincrasia del mexicano.

A mí el tema me rebasa un poco y prefiero seguir la genial sugerencia de Germán Dehesa que ante la inminente llegada de la huesuda trataba de vivir sobre las puntitas de los pies, pues en sus delirios imaginaba que si no hacía ruido la “Catrina” (versión elegante de la muerte) no se iba a percatar de su presencia y le permitiría colarse a la vida que es en donde le gustaba estar”.

Nuestros usos y costumbres nos dan sentido de identidad y nos recuerda lo efímero de la vida, es el aquí y ahora; aunque el tic-tac del reloj diga lo contrario; hay que gozar la vida y sus placeres antes de que se nos aparezca la “hija de la jijurria” con su guadaña afilada pa' llevarnos al panteón.

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