/ miércoles 25 de julio de 2018

Tío José

José Mejía Díaz, hermano de mi madre, ya no estás para leer estás líneas; hace muchos años que ya no estás entre nosotros, pero ¿sabes algo? De mi corazón nunca te has ido.

Te recuerdo con la edad que tenías el día de tu muerte, y recuerdo tus ojos de color caramelo mirando el húmedo techo de lámina cuando tenías fija la memoria en la sempiterna zona amorosa de tus hijos quienes te abandonaron y no te vieron morir.

Tío José, nunca te escuché decir una palabrota. Fuiste de todos mis tíos el más intelectual, el que más se interesó por la lectura. Cómo te quiero aún, tío José. Me gustaría volver a abrazarte y decirte en el olor a talco y a vaporup de tu pecho que te amo, que fuiste como un padre y que lo que soy en muchos aspectos lo tomé de ti.

Te tuve desde los ocho hasta los dieciocho años de mi edad. Te disfruté tanto, tío, te aprendí bastante. La poesía de Antonio Plaza, de Díaz Mirón, de Manuel Acuña y Juan de Dios Peza la descubrí gracias a ti a los diez años. Recuerdo, como si te oyera ahora mismo, recitarme (con tus ojos vidriosos por la emoción) la cuarteta de Antonio Plaza: “El éxito no fue malo:/ vencimos a los traidores,/ y volví pisando flores/ con una pierna de palo”, aunque nunca entendí por qué te calaban estos versos de Plaza.

Tío José, al paso de los años creo en algo haber descifrado tus largos silencios. El dolor, tío, cuando tienes aún por construir un destino, puede ser un estorbo o, como apuntaba Fellini “es una pérdida de tiempo”, pero en ti, que tu futuro había sido esterilizado con la soledad y el distanciamiento de tus hijos y esposa, el dolor era una lápida moral.

Tío José, en mis hermanos Ana Bertha, Úrsula y Raúl vives también. Le ayudaste económicamente a mi madre a mantenernos. Fuiste un buen hombre que te explotaron, que se aprovecharon de tu condición de jubilado de Pemex y te hicieron firmar préstamos mientras, usando palabras de Octavio Paz, andabas “montado en el potro del alcohol” rabiando tu soledad familiar.

Cuando llegaste a nosotros, tío, lo sabes, estabas loco y mi madre te arropó, te alimentó con el amoroso amor de la hermana menor. Recuerdo que el siquiatra (no sé si viva todavía) Agustín Luna en consultas a domicilio te curó.

Tío José, te recuerdo con amor porque (al igual que mi madre que ya no vive) tú significas Tampico, mi Tampico querido…

José Mejía Díaz, hermano de mi madre, ya no estás para leer estás líneas; hace muchos años que ya no estás entre nosotros, pero ¿sabes algo? De mi corazón nunca te has ido.

Te recuerdo con la edad que tenías el día de tu muerte, y recuerdo tus ojos de color caramelo mirando el húmedo techo de lámina cuando tenías fija la memoria en la sempiterna zona amorosa de tus hijos quienes te abandonaron y no te vieron morir.

Tío José, nunca te escuché decir una palabrota. Fuiste de todos mis tíos el más intelectual, el que más se interesó por la lectura. Cómo te quiero aún, tío José. Me gustaría volver a abrazarte y decirte en el olor a talco y a vaporup de tu pecho que te amo, que fuiste como un padre y que lo que soy en muchos aspectos lo tomé de ti.

Te tuve desde los ocho hasta los dieciocho años de mi edad. Te disfruté tanto, tío, te aprendí bastante. La poesía de Antonio Plaza, de Díaz Mirón, de Manuel Acuña y Juan de Dios Peza la descubrí gracias a ti a los diez años. Recuerdo, como si te oyera ahora mismo, recitarme (con tus ojos vidriosos por la emoción) la cuarteta de Antonio Plaza: “El éxito no fue malo:/ vencimos a los traidores,/ y volví pisando flores/ con una pierna de palo”, aunque nunca entendí por qué te calaban estos versos de Plaza.

Tío José, al paso de los años creo en algo haber descifrado tus largos silencios. El dolor, tío, cuando tienes aún por construir un destino, puede ser un estorbo o, como apuntaba Fellini “es una pérdida de tiempo”, pero en ti, que tu futuro había sido esterilizado con la soledad y el distanciamiento de tus hijos y esposa, el dolor era una lápida moral.

Tío José, en mis hermanos Ana Bertha, Úrsula y Raúl vives también. Le ayudaste económicamente a mi madre a mantenernos. Fuiste un buen hombre que te explotaron, que se aprovecharon de tu condición de jubilado de Pemex y te hicieron firmar préstamos mientras, usando palabras de Octavio Paz, andabas “montado en el potro del alcohol” rabiando tu soledad familiar.

Cuando llegaste a nosotros, tío, lo sabes, estabas loco y mi madre te arropó, te alimentó con el amoroso amor de la hermana menor. Recuerdo que el siquiatra (no sé si viva todavía) Agustín Luna en consultas a domicilio te curó.

Tío José, te recuerdo con amor porque (al igual que mi madre que ya no vive) tú significas Tampico, mi Tampico querido…

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