/ miércoles 20 de febrero de 2019

El cine en tiempos de la globalización

Cuando en 2007 el escritor Carlos Fuentes salió de ver en función privada la película Babel, con Brad Pitt y Cate Blanchett y dirigida por Alejandro González Iñárritu, el autor de Aura espetó contundente: “Babel es la primera película de la globalización.”

En el filme escrito por Guillermo Arriaga se dilucidaban cuatro historias ubicadas y habladas en igual número de países. Desde Japón, México, Estados Unidos y pasando por Irak, Babel vislumbraba una mirada tentacular o poliédrica. Aún más: global sobre el impacto de la interrelación casuística de eventos y acciones humanas.

Y es que si atendemos a la definición de globalización acorde a Scholte (1995), se verá que hay “los aspectos integradores” en la misma. Es decir, desde su prurito de efecto totalizador, la globalización tiende puentes y, por lo mismo, genera “escenarios de mayor intercomunicación entre los países”, según Sunkel (1995). El cine, en este aspecto, puntualiza su participación dentro del entorno global en dos renglones: la producción y la distribución.

Producir un filme conlleva dificultades, no sólo del tema abordado, sino financieras. Realizar un argumento para el cine es costoso, tiene la prerrogativa de que todo lo que se incluye en la producción (actores, crew, locaciones, transportes, alimentación, director, productor, posproducción, etc.) absorbe gastos. Y en ello no hay más que una opción: ejecutar un plan de rodaje controlado que verifique hasta el último recurso invertido.

De entrada habría que decir que la maquinaria mundial de hacer cine se llama Hollywood. De unos diez años atrás, el sistema de producir películas para el star sytem americano era mediante adelantos de capital sobre la distribución futura. Así, un filme reciente de una megafigura hollywoodense cubría con creces buena parte del costo del financiamiento del filme.

¿Cuál es la ventaja entonces de producir de este modo?

En términos del tema que nos ocupa, el cine (como medio de comunicación globalizante) alcanza tal penetración en los cinco continentes que resultaría ocioso descartar su influencia cultural en muchos países.

De unos diez años a la fecha, el cine -como presencia insustituible de entretenimiento- ha extendido sus fauces a la tv de paga y a las novedades que ofertan las nuevas tecnologías (tv por internet, plataformas digitales, celulares, etc.).

Mucho se ha reclamado al cine norteamericano sobre su avasallante presencia en las pantallas del orbe puesto que, prácticamente, ha desaparecido a las cinematografías locales. En nuestro país han existido esfuerzos verdaderamente titánicos por afrontar esta situación. En el 2008 se aprobaron reformas hacendarias (el artículo 227 sobre el ISR) para incentivar la participación del capital privado en la realización de películas. Esfuerzos como los de los cineastas Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu han servido enormemente para la activación de la producción del cine mexicano. En 2013, por primera vez en su historia, se produjeron 130 filmes. Y entre los estudiantes de cine y nuevos cineastas los premios Oscar obtenidos por Lubezki, Cuarón, González Iñárritu y Del Toro, respectivamente, han coadyuvado en levantar el interés por hacer también cine mexicano en las salas…

Cuando en 2007 el escritor Carlos Fuentes salió de ver en función privada la película Babel, con Brad Pitt y Cate Blanchett y dirigida por Alejandro González Iñárritu, el autor de Aura espetó contundente: “Babel es la primera película de la globalización.”

En el filme escrito por Guillermo Arriaga se dilucidaban cuatro historias ubicadas y habladas en igual número de países. Desde Japón, México, Estados Unidos y pasando por Irak, Babel vislumbraba una mirada tentacular o poliédrica. Aún más: global sobre el impacto de la interrelación casuística de eventos y acciones humanas.

Y es que si atendemos a la definición de globalización acorde a Scholte (1995), se verá que hay “los aspectos integradores” en la misma. Es decir, desde su prurito de efecto totalizador, la globalización tiende puentes y, por lo mismo, genera “escenarios de mayor intercomunicación entre los países”, según Sunkel (1995). El cine, en este aspecto, puntualiza su participación dentro del entorno global en dos renglones: la producción y la distribución.

Producir un filme conlleva dificultades, no sólo del tema abordado, sino financieras. Realizar un argumento para el cine es costoso, tiene la prerrogativa de que todo lo que se incluye en la producción (actores, crew, locaciones, transportes, alimentación, director, productor, posproducción, etc.) absorbe gastos. Y en ello no hay más que una opción: ejecutar un plan de rodaje controlado que verifique hasta el último recurso invertido.

De entrada habría que decir que la maquinaria mundial de hacer cine se llama Hollywood. De unos diez años atrás, el sistema de producir películas para el star sytem americano era mediante adelantos de capital sobre la distribución futura. Así, un filme reciente de una megafigura hollywoodense cubría con creces buena parte del costo del financiamiento del filme.

¿Cuál es la ventaja entonces de producir de este modo?

En términos del tema que nos ocupa, el cine (como medio de comunicación globalizante) alcanza tal penetración en los cinco continentes que resultaría ocioso descartar su influencia cultural en muchos países.

De unos diez años a la fecha, el cine -como presencia insustituible de entretenimiento- ha extendido sus fauces a la tv de paga y a las novedades que ofertan las nuevas tecnologías (tv por internet, plataformas digitales, celulares, etc.).

Mucho se ha reclamado al cine norteamericano sobre su avasallante presencia en las pantallas del orbe puesto que, prácticamente, ha desaparecido a las cinematografías locales. En nuestro país han existido esfuerzos verdaderamente titánicos por afrontar esta situación. En el 2008 se aprobaron reformas hacendarias (el artículo 227 sobre el ISR) para incentivar la participación del capital privado en la realización de películas. Esfuerzos como los de los cineastas Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu han servido enormemente para la activación de la producción del cine mexicano. En 2013, por primera vez en su historia, se produjeron 130 filmes. Y entre los estudiantes de cine y nuevos cineastas los premios Oscar obtenidos por Lubezki, Cuarón, González Iñárritu y Del Toro, respectivamente, han coadyuvado en levantar el interés por hacer también cine mexicano en las salas…

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