/ sábado 8 de diciembre de 2018

Súper bebés

Los embriones humanos manipulados por el científico chino He Jiankui, gracias a la fertilización in vitro...

Supone no sólo la creación de los primeros bebés genéticamente modificados del mundo, en este caso dos gemelas con la habilidad para resistir una posible infeccion del VIH, sino la contingencia de crear súper humanos dueños de mayor inteligencia, fuerza, velocidad, resistencia y niveles de longevidad. Todo en un laboratorio “común y a bajo precio”.

La idea del moderno Prometeo que creó la escritora Mary Shelley en el siglo diecinueve, encarnado por Victor Frankenstein, un estudiante de medicina de Londres, Inglaterra, quien junta huesos de cadáveres para crear un nuevo esqueleto, parece un juego de niños en comparación a lo que ahora vemos. Es decir, la inquietante aventura de clonar seres humanos gracias a los descubrimientos en ingeniería genética profundos y espectaculares, que permiten copiar y mejorar la capacidad de autorreproducción de seres vivientes.

El experimento de He Jiankui, científico adscrito a la Universidad de Shenzhen, ha causado “indignación” en la comunidad científica internacional y de su país, pero de ser cierto, es un paso gigantesco en el uso de una técnica que abre horizontes insospechados en la cura de enfermedades.

La regla inmutable del campo científico es “lo que puede hacerse, debe de hacerse”, y una vez que sea viable unir y combinar genes será difícil resistir a la idea de jugar a ser dioses.

¿Es deseable clonar seres humanos? ¿Es correcto tener nuestro clon (bajo supervisión médica), y convertirlo en depósito de repuestos? Los sujetos cuya sobrevivencia depende de un trasplante de riñón, hígado o sufren una enfermedad crónico-degenerativa, aprobarían la nueva técnica, seguramente más allá de consideraciones éticas y morales.

Otra cuestión ¿quiénes deciden a quién clonar y a quién no?

En el filme Los Niños de Brasil se narra la clonación múltiple de un dictador con objeto de dominar al planeta, y el gran número de repercusiones de carácter ético y moral.

Existen quienes demandan una moratoria para la clonación, pues individuos y grupos podrían emplear esta tecnología con fines perversos, se argumenta. El secuestro del carácter genético sería una nueva forma de delito, al igual que clonar seres humanos (o sus órganos), sin previo consentimiento del donante; basta el hurto de un mechón de pelo para obtener una copia fiel. Otro riesgo es la creación de un potente y letal virus de laboratorio, del cual sólo unos cuantos tuvieran el antídoto, y todo a bajo costo.

El temor omnipresente es que el ser humano se convierta en un robot manejado por quienes posean la tecnología necesaria. De ser así ¿dónde quedará el libre albedrío, los sentimientos, la creatividad? ¿Cambiará la naturaleza humana? El hombre es una criatura fácilmente moldeable. Pero ¿cuál es el límite? Está claro que una sociedad apegada a la tecnificación indiscriminada tenderá a la uniformidad, el control y el agrupamiento. Ello de acuerdo a la visión premonitoria del escritor inglés Aldous Huxley, en “Un Mundo Feliz”, donde la vida en una sociedad de estratos controlados, definidos es una posibilidad real. Esto nos lleva a la ocasión de crear modelos de seres humanos de acuerdo a determinadas necesidades. ¿No es eso una puerta abierta a las entrañas de la naturaleza humana y a los bienes intangibles que el hombre guarda como patrimonio propio, como sitio inexpugnable? ¿Por este rumbo encontrará la raza humana su autorrealizacion o será un callejón sin salida?

Es fuente de especulación que en una sociedad tipo “Mundo Feliz”, todo se reduciría a pensar lo pensable, a comprobar lo comprobable. Eso es un riesgo. Pero desde el Homínido Paleontológico hasta el hombre de los rascacielos y luces de neón, la humanidad gusta del peligro. Y no pocas veces de allí surge la verdad, la salvacion; tal vez ahí está la clave.

Los embriones humanos manipulados por el científico chino He Jiankui, gracias a la fertilización in vitro...

Supone no sólo la creación de los primeros bebés genéticamente modificados del mundo, en este caso dos gemelas con la habilidad para resistir una posible infeccion del VIH, sino la contingencia de crear súper humanos dueños de mayor inteligencia, fuerza, velocidad, resistencia y niveles de longevidad. Todo en un laboratorio “común y a bajo precio”.

La idea del moderno Prometeo que creó la escritora Mary Shelley en el siglo diecinueve, encarnado por Victor Frankenstein, un estudiante de medicina de Londres, Inglaterra, quien junta huesos de cadáveres para crear un nuevo esqueleto, parece un juego de niños en comparación a lo que ahora vemos. Es decir, la inquietante aventura de clonar seres humanos gracias a los descubrimientos en ingeniería genética profundos y espectaculares, que permiten copiar y mejorar la capacidad de autorreproducción de seres vivientes.

El experimento de He Jiankui, científico adscrito a la Universidad de Shenzhen, ha causado “indignación” en la comunidad científica internacional y de su país, pero de ser cierto, es un paso gigantesco en el uso de una técnica que abre horizontes insospechados en la cura de enfermedades.

La regla inmutable del campo científico es “lo que puede hacerse, debe de hacerse”, y una vez que sea viable unir y combinar genes será difícil resistir a la idea de jugar a ser dioses.

¿Es deseable clonar seres humanos? ¿Es correcto tener nuestro clon (bajo supervisión médica), y convertirlo en depósito de repuestos? Los sujetos cuya sobrevivencia depende de un trasplante de riñón, hígado o sufren una enfermedad crónico-degenerativa, aprobarían la nueva técnica, seguramente más allá de consideraciones éticas y morales.

Otra cuestión ¿quiénes deciden a quién clonar y a quién no?

En el filme Los Niños de Brasil se narra la clonación múltiple de un dictador con objeto de dominar al planeta, y el gran número de repercusiones de carácter ético y moral.

Existen quienes demandan una moratoria para la clonación, pues individuos y grupos podrían emplear esta tecnología con fines perversos, se argumenta. El secuestro del carácter genético sería una nueva forma de delito, al igual que clonar seres humanos (o sus órganos), sin previo consentimiento del donante; basta el hurto de un mechón de pelo para obtener una copia fiel. Otro riesgo es la creación de un potente y letal virus de laboratorio, del cual sólo unos cuantos tuvieran el antídoto, y todo a bajo costo.

El temor omnipresente es que el ser humano se convierta en un robot manejado por quienes posean la tecnología necesaria. De ser así ¿dónde quedará el libre albedrío, los sentimientos, la creatividad? ¿Cambiará la naturaleza humana? El hombre es una criatura fácilmente moldeable. Pero ¿cuál es el límite? Está claro que una sociedad apegada a la tecnificación indiscriminada tenderá a la uniformidad, el control y el agrupamiento. Ello de acuerdo a la visión premonitoria del escritor inglés Aldous Huxley, en “Un Mundo Feliz”, donde la vida en una sociedad de estratos controlados, definidos es una posibilidad real. Esto nos lleva a la ocasión de crear modelos de seres humanos de acuerdo a determinadas necesidades. ¿No es eso una puerta abierta a las entrañas de la naturaleza humana y a los bienes intangibles que el hombre guarda como patrimonio propio, como sitio inexpugnable? ¿Por este rumbo encontrará la raza humana su autorrealizacion o será un callejón sin salida?

Es fuente de especulación que en una sociedad tipo “Mundo Feliz”, todo se reduciría a pensar lo pensable, a comprobar lo comprobable. Eso es un riesgo. Pero desde el Homínido Paleontológico hasta el hombre de los rascacielos y luces de neón, la humanidad gusta del peligro. Y no pocas veces de allí surge la verdad, la salvacion; tal vez ahí está la clave.

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