/ jueves 20 de mayo de 2021

Gobernanza y sostenibilidad | Tres razones por las que deberíamos pensar en los demás

Una de las principales críticas al liberalismo es la ponderación del individuo por sobre la comunidad.

Si bien, esto pudiera ser discutible, sí es verdad que una de las principales fuentes del liberalismo histórico la encontramos en Descartes, quien en el despuntar del Estado Moderno, partió la historia e hizo un antes y un después, aseverando que la principal prueba de la existencia era él mismo –el pensamiento del individuo– superando así las explicaciones teocéntricas de la existencia y de la realidad misma.

Bajo este razonamiento, el problema no es que el individuo esté en el centro de la cultura liberal, el problema es que la concepción del individuo no reconozca la necesaria interacción con otros sujetos. En otros término: el problema no es el sujeto, sino una tendencia cultural al egocentrismo.

Si bien es cierto que la conquista de los derechos humanos, es una conquista del individuo, también es cierto que esta, surge a partir de una lucha colectiva que es, desde la que el individuo adquiere sentido. Al respecto, considero que hay buenas razones para reconocer el valor de las personas que constituyen el entorno que habitamos para romper esta inercia e insularidad. Propongo tres:

Mejorar el Entorno. Desde el enfoque más pragmático, uno de los principales motivos es el mejoramiento del entorno en el que vivimos. En general, las demandas de la sociedad tienen que ver con entornos mejores y más dignos para vivir y si bien es cierto, esto requiere que los mecanismos gubernamentales funciones adecuadamente, también requiere de la cohesión de la sociedad en todos los contextos bajo la sencilla norma de la cooperación. Mejorar los entornos requiere de la participación colectiva, sin la cuál los entornos envejecen y se marginan.

Enfrentar los retos de una sociedad Cambiante. En los momentos más álgidos de la pandemia fuimos testigos de muchas historias en las que los habitantes de un edificio ayudaban a una mujer u hombre mayor a hacer sus compras o a motivarle. Esta historia se repitió en varios países, pero fue en esos donde había una cohesión que partía de la preocupación por los otros. Si en la sociedad hubiera más ejercicios de este tipo, cualquier sociedad estuviera preparada para enfrentar cualquier reto.

Crecer como personas. El sujeto egoísta y desvinculado de su sociedad como eje de las libertades, pudiera implicar un error fundacional. La naturaleza social del ser humano implica la necesidad de cooperación, de tal forma que la cooperación permite el mejoramiento del sujeto, el perfeccionamiento del individuo en colectividad. Pensar en los de más, nos puede permitir madurar y ser mejores, ingresar en un círculo virtuoso que a final, implica mejores resultados para la comunidad.

Hoy la sociedad necesita de mejores prácticas de comunicación, mayor cooperación y mayor solidaridad. La tendencia y centralidad del individuo puede condenarnos a un futuro cada vez más fragmentado y decadente, por eso hay que poner a la comunidad humana –y humanizada– en el centro de la reflexión y de toda acción social.

Una de las principales críticas al liberalismo es la ponderación del individuo por sobre la comunidad.

Si bien, esto pudiera ser discutible, sí es verdad que una de las principales fuentes del liberalismo histórico la encontramos en Descartes, quien en el despuntar del Estado Moderno, partió la historia e hizo un antes y un después, aseverando que la principal prueba de la existencia era él mismo –el pensamiento del individuo– superando así las explicaciones teocéntricas de la existencia y de la realidad misma.

Bajo este razonamiento, el problema no es que el individuo esté en el centro de la cultura liberal, el problema es que la concepción del individuo no reconozca la necesaria interacción con otros sujetos. En otros término: el problema no es el sujeto, sino una tendencia cultural al egocentrismo.

Si bien es cierto que la conquista de los derechos humanos, es una conquista del individuo, también es cierto que esta, surge a partir de una lucha colectiva que es, desde la que el individuo adquiere sentido. Al respecto, considero que hay buenas razones para reconocer el valor de las personas que constituyen el entorno que habitamos para romper esta inercia e insularidad. Propongo tres:

Mejorar el Entorno. Desde el enfoque más pragmático, uno de los principales motivos es el mejoramiento del entorno en el que vivimos. En general, las demandas de la sociedad tienen que ver con entornos mejores y más dignos para vivir y si bien es cierto, esto requiere que los mecanismos gubernamentales funciones adecuadamente, también requiere de la cohesión de la sociedad en todos los contextos bajo la sencilla norma de la cooperación. Mejorar los entornos requiere de la participación colectiva, sin la cuál los entornos envejecen y se marginan.

Enfrentar los retos de una sociedad Cambiante. En los momentos más álgidos de la pandemia fuimos testigos de muchas historias en las que los habitantes de un edificio ayudaban a una mujer u hombre mayor a hacer sus compras o a motivarle. Esta historia se repitió en varios países, pero fue en esos donde había una cohesión que partía de la preocupación por los otros. Si en la sociedad hubiera más ejercicios de este tipo, cualquier sociedad estuviera preparada para enfrentar cualquier reto.

Crecer como personas. El sujeto egoísta y desvinculado de su sociedad como eje de las libertades, pudiera implicar un error fundacional. La naturaleza social del ser humano implica la necesidad de cooperación, de tal forma que la cooperación permite el mejoramiento del sujeto, el perfeccionamiento del individuo en colectividad. Pensar en los de más, nos puede permitir madurar y ser mejores, ingresar en un círculo virtuoso que a final, implica mejores resultados para la comunidad.

Hoy la sociedad necesita de mejores prácticas de comunicación, mayor cooperación y mayor solidaridad. La tendencia y centralidad del individuo puede condenarnos a un futuro cada vez más fragmentado y decadente, por eso hay que poner a la comunidad humana –y humanizada– en el centro de la reflexión y de toda acción social.