/ domingo 22 de marzo de 2020

Iridiscencias | El pintor

Tocaron la puerta... la señora de la casa salió y se encontró con un hombre cuya figura parecía recordarle... a... no sabía a quién...; quizás a un conocido de tiempos lejanos, pero no..., solo fue como un destello de duda fugaz. Su figura barbada sugería la de una persona marchita y mustia; figura cuya evocación se obstinaba en negarse.

La señora le preguntó qué se le ofrecía; el hombre parecía estar inexplicablemente perturbado. Pretendiendo ocultar su nerviosismo respondió ser pintor; pintor de cuadros, pintor de género retratista, pintor que ofrecía sus servicios para plasmar al óleo la fotografía de algún miembro de la familia. Seguidamente desplegó, con disimulada parsimonia, un par de cuadros que llevaba consigo, señalando, al mismo tiempo, la firma con que sellaba sus obras. Mostró su identificación y algunos reconocimientos expedidos por diversas academias e instituciones de arte, quienes avalaban la calidad de sus obras y certificaban la autenticidad de su autoría.

La señora quedó sorprendida ante la plasticidad de aquellas pinturas; la tonalidad de sus colores; la naturalidad de las expresiones; la sensibilidad del artista para captar y revelar el estado de ánimo de los semblantes que se evidenciaban en las pinturas. Encontraba difícil de creer que aquella desmejorada figura fuera el autor de tales cuadros.

La señora recordó que su hija —hija única—, pronto cumpliría los quince años de edad; pensó que un buen cuadro sería una excelente idea para recordar, con plasticidad y belleza, esa época de prometedoras ilusiones. Convencida del talento artístico de aquel hombre y lo pertinente del regalo, pronto acordaron en el precio y el tiempo en que se debería de entregar el trabajo; conviniendo en un pago anticipado del cincuenta por ciento, el que se entregaría en el taller o domicilio del artista. El hombre extrajo de su pantalón un arrugado papel en que, con mano temblorosa, anotó la dirección de su casa en donde tenía habilitado su taller —o bien podría considerarse lo contrario—, que por cierto se encontraba ubicado en pleno centro de la ciudad; a unas cuantas cuadras de la plaza principal.

Al día siguiente la señora, en compañía de su marido, acudió a la dirección acordada. Después de subir una escalera de desgastados escalones —escaleras que evidenciaban todo un pasado con empedrado colorido e inexplicable belleza—, llamaron a la puerta durante varios minutos. Por fin, fueron recibidos por una mujer de edad madura y desgastada. Una vez que se le explicó el motivo de su llegada, la mujer los hizo pasar a un cuarto no muy grande; cuarto que parecía cicatrizado por viejas manchas de múltiples colores; cicatrices que parecían evocar añejas y no pocos quehaceres con pretensiones artísticas. La luz en ese momento era pobre, y el ambiente húmedo y caluroso.

La desgalichada figura del pintor surgió del fondo de aquel cuarto: trémulamente, dibujando una ligera sonrisa se acercó a los recién llegados. Una vez que le fue entregada la fotografía de la futura quinceañera y habérsele pagado el importe del anticipo acordado, el artista les extendió el correspondiente recibo, no sin antes reiterarles su compromiso de terminar el cuadro para los últimos días del siguiente mes.

Poco tiempo después, en la vorágine de los preparativos del evento, la señora reparó en el retraso en la entrega del cuadro: faltaba poco menos de una semana para el festejo y no se tenía noticia alguna del pintor… ni del cuadro. Un tanto preocupada y, haciendo un obligado espacio en los preparativos del evento, se presentó en el domicilio del pintor; en esta ocasión sin la compañía de su marido.

A pesar de ser un poco tarde —en esa época del año la noche parece tener prisa para hacer su aparición—, la calle, en cuyo lugar se localizaba la casa del pintor, se encontraba aún sin ser encendidas. En las escaleras, en la puerta y hasta en las ventanas de la casa no se dibujaba ni siquiera alguna sombra que anunciara la presencia de ser alguno. Llamó en repetidas ocasiones con la aldaba de hierro... sin que se obtuviera respuesta. Pensó en la posibilidad de una ausencia incidental y transitoria... la recurrencia al lugar confirmaron que la ausencia, no era... ni incidental... ni transitoria... parecía permanente; el pintor y el cuadro... no aparecían.

El tiempo transcurrió; el episodio del cuadro y el pintor pasaron a formar parte del anecdotario en las remembranzas del festejo; tunc sanat omnia.

Varios años después —quizás siete—, madre e hija regresaban a casa después de realizar algunas compras: esta última estaba en vísperas de contraer nupcias. Transitaban por la parte alta de una acera cuya calle estaba trazada por una marcada pendiente. En el borde inferior asomaba una alargada ventana del sótano de un viejo edificio. Por instinto natural la madre bajó la mirada, pudiendo percibir, en el interior de la ventana, la presencia de un cuadro; un cuadro cuya pintura representaba sin vacilación el rostro de su hija; la sorpresa fue mayúscula, la pintura era sin duda aquella que, años atrás, había mandado hacer con aquel extraño personaje que, en aquel entonces, le parecía —con cierta ligereza—, de extraña singularidad.

Después de habérselo hecho notar a la hija —sorprendida por la razón de aquella coincidencia—, bajaron al nivel de la puerta del sótano en donde, en el umbral de la misma, se encontraron con la figura de un anciano, cuya cara parecía dibujar las cicatrices de una vida difícil y de una definición anticipada.

La madre le cuestionaba sobre el origen del cuadro que asomaba por la alargada ventana del sótano. El anciano en principio, les hizo ver que el cuadro no estaba en venta; que el cuadro había sido realizado por un amigo que por muchos años se la había pasado buscando un rostro; un rostro que le demostrara la existencia, el fruto de un muy muy temprano amor y que por las impertinencias de la vida lo llevó a no poderla conocer. Aquella obsesión le llevó a todos los rincones del vicio y locuras; a los más oscuros rincones del desamparo y soledades; solo la madre cuidó del él en sus desvaríos, muriendo, prematuramente envejecido, al día siguiente de haber terminado ese cuadro; cuadro al que se dedicó con tal frenesí que, como poseído, se pasaba los días y las noches trazando con increíble realismo cada línea que el retrato le mostraba, y que en sus soliloquios buscaba... entre los intersticios de su menoría... los recuerdos que embellecían la plasticidad de su fantasía.

Tocaron la puerta... la señora de la casa salió y se encontró con un hombre cuya figura parecía recordarle... a... no sabía a quién...; quizás a un conocido de tiempos lejanos, pero no..., solo fue como un destello de duda fugaz. Su figura barbada sugería la de una persona marchita y mustia; figura cuya evocación se obstinaba en negarse.

La señora le preguntó qué se le ofrecía; el hombre parecía estar inexplicablemente perturbado. Pretendiendo ocultar su nerviosismo respondió ser pintor; pintor de cuadros, pintor de género retratista, pintor que ofrecía sus servicios para plasmar al óleo la fotografía de algún miembro de la familia. Seguidamente desplegó, con disimulada parsimonia, un par de cuadros que llevaba consigo, señalando, al mismo tiempo, la firma con que sellaba sus obras. Mostró su identificación y algunos reconocimientos expedidos por diversas academias e instituciones de arte, quienes avalaban la calidad de sus obras y certificaban la autenticidad de su autoría.

La señora quedó sorprendida ante la plasticidad de aquellas pinturas; la tonalidad de sus colores; la naturalidad de las expresiones; la sensibilidad del artista para captar y revelar el estado de ánimo de los semblantes que se evidenciaban en las pinturas. Encontraba difícil de creer que aquella desmejorada figura fuera el autor de tales cuadros.

La señora recordó que su hija —hija única—, pronto cumpliría los quince años de edad; pensó que un buen cuadro sería una excelente idea para recordar, con plasticidad y belleza, esa época de prometedoras ilusiones. Convencida del talento artístico de aquel hombre y lo pertinente del regalo, pronto acordaron en el precio y el tiempo en que se debería de entregar el trabajo; conviniendo en un pago anticipado del cincuenta por ciento, el que se entregaría en el taller o domicilio del artista. El hombre extrajo de su pantalón un arrugado papel en que, con mano temblorosa, anotó la dirección de su casa en donde tenía habilitado su taller —o bien podría considerarse lo contrario—, que por cierto se encontraba ubicado en pleno centro de la ciudad; a unas cuantas cuadras de la plaza principal.

Al día siguiente la señora, en compañía de su marido, acudió a la dirección acordada. Después de subir una escalera de desgastados escalones —escaleras que evidenciaban todo un pasado con empedrado colorido e inexplicable belleza—, llamaron a la puerta durante varios minutos. Por fin, fueron recibidos por una mujer de edad madura y desgastada. Una vez que se le explicó el motivo de su llegada, la mujer los hizo pasar a un cuarto no muy grande; cuarto que parecía cicatrizado por viejas manchas de múltiples colores; cicatrices que parecían evocar añejas y no pocos quehaceres con pretensiones artísticas. La luz en ese momento era pobre, y el ambiente húmedo y caluroso.

La desgalichada figura del pintor surgió del fondo de aquel cuarto: trémulamente, dibujando una ligera sonrisa se acercó a los recién llegados. Una vez que le fue entregada la fotografía de la futura quinceañera y habérsele pagado el importe del anticipo acordado, el artista les extendió el correspondiente recibo, no sin antes reiterarles su compromiso de terminar el cuadro para los últimos días del siguiente mes.

Poco tiempo después, en la vorágine de los preparativos del evento, la señora reparó en el retraso en la entrega del cuadro: faltaba poco menos de una semana para el festejo y no se tenía noticia alguna del pintor… ni del cuadro. Un tanto preocupada y, haciendo un obligado espacio en los preparativos del evento, se presentó en el domicilio del pintor; en esta ocasión sin la compañía de su marido.

A pesar de ser un poco tarde —en esa época del año la noche parece tener prisa para hacer su aparición—, la calle, en cuyo lugar se localizaba la casa del pintor, se encontraba aún sin ser encendidas. En las escaleras, en la puerta y hasta en las ventanas de la casa no se dibujaba ni siquiera alguna sombra que anunciara la presencia de ser alguno. Llamó en repetidas ocasiones con la aldaba de hierro... sin que se obtuviera respuesta. Pensó en la posibilidad de una ausencia incidental y transitoria... la recurrencia al lugar confirmaron que la ausencia, no era... ni incidental... ni transitoria... parecía permanente; el pintor y el cuadro... no aparecían.

El tiempo transcurrió; el episodio del cuadro y el pintor pasaron a formar parte del anecdotario en las remembranzas del festejo; tunc sanat omnia.

Varios años después —quizás siete—, madre e hija regresaban a casa después de realizar algunas compras: esta última estaba en vísperas de contraer nupcias. Transitaban por la parte alta de una acera cuya calle estaba trazada por una marcada pendiente. En el borde inferior asomaba una alargada ventana del sótano de un viejo edificio. Por instinto natural la madre bajó la mirada, pudiendo percibir, en el interior de la ventana, la presencia de un cuadro; un cuadro cuya pintura representaba sin vacilación el rostro de su hija; la sorpresa fue mayúscula, la pintura era sin duda aquella que, años atrás, había mandado hacer con aquel extraño personaje que, en aquel entonces, le parecía —con cierta ligereza—, de extraña singularidad.

Después de habérselo hecho notar a la hija —sorprendida por la razón de aquella coincidencia—, bajaron al nivel de la puerta del sótano en donde, en el umbral de la misma, se encontraron con la figura de un anciano, cuya cara parecía dibujar las cicatrices de una vida difícil y de una definición anticipada.

La madre le cuestionaba sobre el origen del cuadro que asomaba por la alargada ventana del sótano. El anciano en principio, les hizo ver que el cuadro no estaba en venta; que el cuadro había sido realizado por un amigo que por muchos años se la había pasado buscando un rostro; un rostro que le demostrara la existencia, el fruto de un muy muy temprano amor y que por las impertinencias de la vida lo llevó a no poderla conocer. Aquella obsesión le llevó a todos los rincones del vicio y locuras; a los más oscuros rincones del desamparo y soledades; solo la madre cuidó del él en sus desvaríos, muriendo, prematuramente envejecido, al día siguiente de haber terminado ese cuadro; cuadro al que se dedicó con tal frenesí que, como poseído, se pasaba los días y las noches trazando con increíble realismo cada línea que el retrato le mostraba, y que en sus soliloquios buscaba... entre los intersticios de su menoría... los recuerdos que embellecían la plasticidad de su fantasía.

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